Melania Martínez va de lunes a viernes al mercado municipal de Maturín a buscar alimento para ella y su esposo entre los desechos. Otras 10 personas se «benefician» del basurero del mercado. Esa no es la única plaza. En gran parte de Maturín los montones de basura atraen a personas que hurgan entre las bolsas para comer.

Maturín. Son las cinco de la mañana y Melania se despierta para caminar desde su casa, en Viboral, hasta el mercado municipal de Maturín. Son unos 10,9 kilómetros. Debe procurar la comida del día. Se debate entre pedir a los comerciantes o hurgar entre los restos de basura que se acumulan en el estacionamiento del mercado.

Melania Martínez tiene 53 años de edad y vive con su esposo, que padece tuberculosis. Sus hijos los abandonaron, por lo que toda la responsabilidad de la casa recae sobre sus hombros.

Sin un trabajo y “aguantando hambre” son los motivos que lanzaron a Melania (desde hace tres años y medio) a las calles para buscar “como sea” la comida diaria.

No me dan trabajo por cómo ando vestida. Aquí en el mercado ya todos saben que vengo a buscar comida en la basura, por eso tampoco me reciben en ningún puesto. Y yo tengo que buscar que comer para mi esposo y para mí. A veces consigo yuca y auyama en buenas condiciones.

Melania se avergüenza de acudir a los basureros a buscar comida. En oportunidades duerme en las aceras mientras espera que descarguen los desechos en el basurero, que para ella es una “bendición”, pero para los vecinos del sector es un dolor de cabeza.

Su rutina es la misma de lunes a viernes. Los fines de semana no acude al basurero porque debe atender a su esposo.

Los viernes son los días más difíciles porque tengo que buscar comida para todo el fin de semana. Yo no vengo para acá ni el sábado ni el domingo porque es mucho riesgo. Esto queda solo después del mediodía.

Melania esconde la tristeza bajo su gorra. Dice que hace tres años el dinero le alcanzaba para comer e incluso junto con su esposo tenían un sembradío de verduras, pero la crisis del país y el desempleo arrasaron con todo.

Antes aquí en Venezuela todo era barato, ahorita todo es caro. El Gobierno da unos bonos pero eso no alcanza para nada. Me siento muy triste y estropeada al pensar que tengo que venir todo los días para acá. Hacer eso me da pena, pero qué más se va a hacer. Tenemos que comer.

Con ella, unas 10 personas más llegan al basurero del mercado. Esa no es la única plaza. En gran parte de Maturín los montones de basura atraen a gente que hurga entre las bolsas buscando alimento.

“Nosotros venimos a este basurero de aquí del mercado nuevo, al mediodía esto se pone full, porque es más seguro. Pero hay otro grupo que se va al mercado viejo. Allá uno corre más peligro, porque eso es abierto y en plena calle”.

Para Juan Oliveros, la realidad no es distinta. Se denomina “un recolector de basura humano”. Su conuco dejó de ser prospero por la falta de recursos para sembrar. No tiene trabajo y aunque menciona haber buscado empleo, dice que ya a estas alturas nadie quiere contratarlo.

De sus 50 años de vida al menos siete los ha dedicado a pedir y buscar comida en la basura. Era obrero de la alcaldía, pero la “mala paga” lo obligó a buscar otras alternativas. En una bolsa roja carga con lo que consigue en la basura, mayormente verduras.

Yo no pensé estar en esta situación. A veces conseguimos verduras buenas y aprovechamos. Hasta ahora nada de lo que comemos nos ha caído mal.

melania
Foto: Cortesía

El gobierno de Nicolás Maduro asegura que ofrece protección al pueblo con productos subsidiados y bonos a través del carnet de la Patria, para atender a los que denominan “heridos de la guerra”. Sin embargo, Melania relata que la bolsa de comida ha llegado a su casa solo dos veces y los bonos le alcanzan para comer una semana.

“Los pocos bonos que me llegan no me alcanzan para nada, para la comida de una semana cuando mucho. Mi vecina me hace el favor de cobrarlos porque ella tiene computadora”.

Desempleados, expuestos a los cientos de peligros de la calle y a ser “botados” por los directivos del mercado, siguen acudiendo al basurero. Convierten esta práctica en una carrera contra el hambre.

Aumento de patologías gastrointestinales

De acuerdo con la nutricionista Jennifer Corales, comer alimentos descompuestos desencadena un proceso infeccioso gastrointestinal, debido a que los desechos están expuestos en un espacio contaminado. Esto ha generado que las infecciones gastrointestinales aumentaran 40 % en Monagas, situación que, según lo expuesto por la especialista, no era común.

Comer de la basura un alimento que ya es desecho trae consigo riesgos palpables. Procesos infecciosos y hasta septicemia. He atendido casos de indigentes, pero también de personas que en su momento fueron de clase media, los cuales he tenido que remitir a psicólogos. Desde el punto de vista psicosocial, son personas que hace cinco años tenían los recursos para mantenerse y hoy no lo pueden hacer por los bajos salarios.

Corales destaca que la desnutrición en Monagas se ubica en 70 %. En su consulta, de 10 personas atendidas, al menos tres tienen problemas de desnutrición.

Nosotros no tenemos estadísticas desde hace muchos años. Lo que hacemos son aproximaciones, pero los entes encargados no han hecho más estadísticas, o por lo menos nosotros no tenemos acceso a ellas. Los números que manejamos son de acuerdo con los pacientes que atendemos en nuestras consultas. Y por supuesto que la desnutrición ha venido en ascenso.

Marlene Rodríguez, coordinadora del programa social Conciencia Ciudadana, afirmó que el índice de pobreza en Monagas se ubica en 45 % de una población de 1.020.200 habitantes, es decir, de 10 hogares monaguenses en al menos siete hay una alimentación precaria. Las familias comen una sola vez al día.

“La pobreza en Monagas ha aumentado en 5 % en comparación al 2019. La cifra  que manejábamos era de 40 %. Y cuando hablamos de pobreza nos referimos a que en los hogares venezolanos, en general, no se cuenta con las condiciones mínimas ni para adquirir los productos de la cesta básica. Lo que ha llevado al monaguense a tener una vida precaria», puntualizó Rodríguez.


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