Comerciantes de El Junquito retoman actividades para intentar sostener la economía local tras los sismos del 24 de junio. Ante la lenta respuesta oficial, la comunidad asume la remoción de escombros para reactivar con urgencia al golpeado sector turístico.

Caracas. Transcurridos 19 días desde el doble terremoto del 24 de junio pasado, el motor económico y turístico de El Junquito no depende de los planes del Estado, sino de las manos de su propia gente.

Entre las ruinas de lo que solían ser populares locales de cachapas y cochino frito, los comerciantes y vecinos han tenido que asumir con recursos propios la remoción de escombros, el rescate de sobrevivientes y la alimentación de los damnificados.

Ante una respuesta institucional que la comunidad califica como lenta e insuficiente, la autogestión y la fe son las únicas herramientas que mantienen al pueblo en pie.

El casco central de El Junquito se transformó en montañas de escombros y estructuras colapsadas. Algunos locales de venta de cochino frito o cachapas quedaron destruidos. A esto se suma la pérdida de viviendas en los sectores cercanos, lo que afecta tanto el sustento de las familias como el flujo de visitantes.

A pesar de este panorama adverso, José Gregorio Hernández es uno de los comerciantes que decidió volver a levantar su santamaría. Trabaja diariamente con el firme propósito de asegurar el sustento de su hogar y resguardar los empleos de quienes dependen directamente de su negocio.

​”Seguimos en pie de lucha aquí trabajando, porque es el pueblo que nos vio crecer. Tenemos fe de que todos juntos nos levantaremos. Tengo varios empleados que también dependen de los ingresos de este negocio, al igual que yo, es como mi única fuente de ingreso”, afirmó Hernández a Crónica Uno. ​

Hernández explicó que la permanencia de la actividad comercial está ligada al apoyo mutuo entre los vecinos y a los pocos turistas que aún suben a la parroquia. Añadió​ que muchas personas que traen donaciones a las zonas afectadas aprovechan el paso para hacer compras, lo cual beneficia al sector. Por ello, hizo un llamado a que sigan apoyando a los comerciantes de El Junquito y creyendo en su potencial turístico.

Salvamento vecinal y desatención oficial

Al igual que ocurrió en el estado La Guaira, tras los sismos, los habitantes de la parroquia fueron los primeros en salir a ayudar a los ciudadanos atrapados en lo que una vez fueron sus casas y sitios de trabajo.

Durante las primeras 48 horas, la comunidad no recibió ningún tipo de asistencia por parte del Estado. Ante esto las labores de salvamento dependieron exclusivamente de la organización local.

Entre los sobrevivientes de la catástrofe se encuentra Yusmerli Capote. La mujer, de 35 años, quedó atrapada bajo los escombros durante aproximadamente una hora junto a su hijo, Josmel Quintero, de 13 años. Ambos lograron salir con vida gracias a la rápida acción de sus propios vecinos.

Actualmente, Yusmerli se refugia en casa de su madre y exige a las autoridades gubernamentales que se trasladen al pueblo para realizar una evaluación técnica de los suelos. Esta inspección es necesaria para que la zona pueda volver a funcionar de manera segura.

​”Realmente deseo que nos ayuden de verdad. Yo actualmente vivo en Carayaca con mi mamá, pero sí quiero que las autoridades se aboquen a este pueblo porque nosotros dependemos de los comercios de aquí y que no solo vengan a tomar fotos”,

dijo.

Un Estado insuficiente

La presencia institucional sigue siendo escasa. De hecho, la remoción de escombros se ejecuta con maquinaria alquilada por el propio sector comercial. Las autoridades enviaron inicialmente dos equipos pesados, pero solo trabajaron durante un día antes de ser retirados del lugar sin retornar.

Ni de la alcaldía y ni voceros del cuadrante de paz han dado declaraciones oficiales sobre el retiro de la maquinaria, al menos hasta el cierre de este reporte. Ante esta situación, son los mismos empleados de los locales y las personas damnificadas quienes sacan las pertenencias y materiales de abajo de las estructuras caídas.

El lunes pasado, comisiones de Protección Civil y la alcaldía realizaron una inspección técnica en el sector. El balance determinó que más de cinco comercios recibieron una etiqueta roja, lo que significa que deben ser demolidos.

Otros locales fueron marcados con etiqueta amarilla; sin embargo, estos últimos requieren una nueva revisión, ya que su estabilidad estructural depende de otras viviendas.

Durante la cobertura de Crónica Uno realizada en el lugar el pasado jueves, 9 de julio, se constató la llegada de una comisión de China. Esa delegación trasladó maquinaria para apoyar en la remoción de escombros y realizó una breve inspección del terreno.

Carmen Angarita, también sobreviviente del doble terremoto, aseguró que ​quienes perdieron sus hogares no se encuentran en refugios oficiales. La mayoría están alojados en casas de familiares o de vecinos que les dieron acogida en otras áreas de la parroquia.

Angarita añadió que, ante la falta de presupuesto y apoyo gubernamental para el personal obrero, los comerciantes se organizan para cocinarle y garantizar la alimentación a los trabajadores que ayudan en las labores de limpieza.

«La comunidad se organizó para asistir a los damnificados con comida, techo y vestido, pero ha faltado que las autoridades inicien unas verdaderas labores de limpieza y, sobre todo, que revisen las infraestructuras para determinar cuáles son rescatables y cuáles no”,

contó.

La fe en la reconstrucción

Jonathan Jerez, dueño de la panadería que colapsó el 24 de junio pasado a causa de los sismos, aseveró que ninguno de sus empleados resultó lesionado debido a que todos lograron salir a tiempo del establecimiento.

​”Tengo que agradecerle a Dios porque solamente hubo pérdidas materiales. Son pérdidas difíciles de recuperar en el contexto económico actual del país, pero estoy confiado en Dios que podré reconstruir de nuevo el local, aunque sé que necesito apoyo”, admitió.

Más de dos semanas después del desastre, los habitantes y comerciantes de El Junquito intentan retomar sus rutinas entre los escombros y la incertidumbre de nuevos deslizamientos.

La recuperación de la zona turística no es solo una meta económica. Para miles de personas representa el sustento diario de cientos de familias que viven del comercio informal, la hostelería y los servicios. Su reactivación significa empleo, ingresos y estabilidad para quienes han hecho de la actividad turística su principal medio de vida.

En lo que esperan por evaluaciones técnicas definitivas y por la ayuda estatal para demoler las estructuras en riesgo. Bajo esa tensa espera, mantienen sus puertas abiertas y sus negocios activos; una resistencia silenciosa que busca demostrarle al país que el pueblo sigue en pie y que necesita, hoy más que nunca, el retorno de los visitantes para consolidar su reconstrucción.

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