En la urbanización Simón Bolívar, en Catia, 16 familias que tuvieron que desalojar sus apartamentos se declararon en emergencia. El bloque donde vivían sufrió daños severos que podrían causar un colapso inminente.

Caracas. “El miedo es volver sin saber si con otra réplica el edificio se nos viene encima”. Desde que ocurrió el doblete sísmico el 24 de junio, Zaida Mabel Salazar vive en una constante incertidumbre. El bloque uno de la urbanización Simón Bolívar, en El Cuartel de Catia, donde se ubica su apartamento, fue uno de los que sufrió daños en su planta baja.

Aunque su vivienda está en el piso tres y las columnas principales están intactas, la fragilidad de las bases inferiores la obligó a abandonar el hogar donde construyó su vida durante 32 años.

Su testimonio extrapola la realidad de toda una comunidad que actualmente duerme en carpas o bajo el techo de amigos, o parientes, ante el temor de un colapso inminente.

En la urbanización Simón Bolívar, antigua ciudad Tablita, las secuelas de los terremotos son evidentes apenas cruzar el umbral de la entrada. En las cuatro bases de la planta baja las grietas, fisuras, escaleras cuarteadas y fracturas que amenazan con colapsar mantienen en zozobra a 16 familias que tuvieron que desalojar sus inmuebles.

Mientras los días transcurren aumenta la incertidumbre. A las puertas del conjunto residencial los habitantes se han declarado en emergencia. En pancartas claman por ayuda para obtener una solución.

Resistencia vecinal

Tras 12 días de la tragedia, la comunidad tiene opiniones encontradas: los vecinos de las plantas inferiores exigen una demolición y reubicación definitiva, mientras que los de los pisos altos se movilizan por cuenta propia con un presupuesto para reparar las bases afectadas.

En lo que todos coinciden es en la urgencia de un estudio de suelo definitivo que determine si el bloque es recuperable o quedará reducido a escombros.

Inaugurada en la década de los años 60 sobre el antiguo hato Chupa Chupa, la urbanización Simón Bolívar, conocida como Ciudad Tablitas, se ubica entre las avenidas Simón Bolívar y El Cuartel de Catia. Este complejo de la parroquia Sucre, está conformado por varias torres numeradas que disponen, en promedio, de ocho apartamentos cada una.

Sin embargo, a causa de los movimientos telúricos el colapso de los servicios internos y el daño estructural severo convirtieron al bloque uno en un edificio inhabitable. Yadira Guillén, una de las residentes del sector, contó que el impacto de los sismos reventó los tanques de agua y gran parte de la red de tuberías.

“Los apartamentos de la planta baja quedaron inservibles, y aunque en los pisos superiores las grietas son menores, quienes entran corren peligro. Este bloque está que se hunde”,

aseguró Yadira.

Una comisión integrada por cuatro ingenieros de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y la Universidad Metropolitana, junto con personal de Protección Civil, inspeccionó ambas torres días después de los terremotos.

En el informe los expertos concluyeron que el peligro es grave. Tanto así que prohibieron la circulación por el área y advirtieron sobre la vulnerabilidad de las escaleras, las cuales podrían derrumbarse por el peso de varias personas a la vez.

Proteger lo propio

Algunos residentes se las ingenian para sacar sus pertenencias. Se turnan de uno en uno para cargar camas, enseres, ropa y algunos muebles. En un recorrido, el equipo de Crónica Uno constató la vulnerabilidad estructural de la edificación.

Tanto en la planta baja como en el primer piso, las paredes exhiben profundas fisuras que comprometen columnas y mampostería. Los muros externos colapsaron de tal manera que dejaron expuestas las estructuras internas y provocaron la pérdida de algunas de las vigas de contención.

Las columnas sufrieron fracturas y grietas. Fotos Cronica.Uno

A diferencia de los destrozos en la planta baja, la realidad en los niveles superiores del bloque uno es otra.

Luis Nieto vive en el piso dos y su hogar quedó casi intacto. Las habitaciones y el baño no sufrieron el impacto devastador de los primeros pisos. Los daños visibles en los cuartos se limitan a algunas fisuras en las paredes que no comprometen la seguridad del edificio.

Aunque su hogar quedó en mejores condiciones que otros, Luis tuvo que evacuar por prevención. Ahora vive con un primo, mientras que su madre se aloja en casa de su hermana.

La catástrofe alteró por la rutina de Luis; sin embargo, el temor a los saqueos y el arraigo a su barrio lo obligan a regresar cada día al bloque para custodiar el inmueble y sus pertenencias.

“Nos cambió la vida, ahora estamos regaditos pero cerca. Por eso estamos buscando la ayuda de un ingeniero estructural que evalúe el caso y nos dé seguridad sobre la estabilidad del edificio. Queremos una certeza y si hay algo que arreglar estamos dispuestos a hacerlo”.

Autogestión

Al subir al piso tres Zaida Mabel Salazar abre las puertas de su hogar para mostrar que la estructura se mantiene en pie. Las paredes tienen marcas menores y algunas grietas, pero el espacio está habitable.

Mientras hace un recorrido por la sala y la cocina, Zaida señala algunas fracturas de otro temblor ocurrido hace tres años. No obstante, nada la preparó para lo que viviría el 24 de junio pasado. “Sentí que algo se me venía encima y empezaron a temblar las ventanas”.

Para Zaida los estragos dejados por la tragedia están tan marcados entre los niveles del bloque que “pareciera que fuera otro edificio”. Reconoce que los apartamentos de la planta baja sufrieron daños severos, pero no comparte la postura de algunos vecinos que exigen la demolición total para recibir una vivienda nueva.

Para ella desalojar no es una opción. Consciente de que el Estado tiene prioridades de atención en otras zonas afectadas del país como La Guaira o Chacao, optó por la organización vecinal.

“Hace cuatro días un grupo de ingenieros nos armó un presupuesto de $15.500 para la reparación de las zapatas y el refuerzo de las cuatro bases principales para estabilizar el edificio. El documento lo presentamos ante las instituciones del Estado. Ahora esperamos una respuesta”.

A la expectativa de una resolución o de la apertura de créditos públicos, Zaida y Luis se mantienen firmes en su decisión de salvar la estructura que les brindó cobijo durante las últimas tres décadas.

Lea también:

“Nos dan teteros preparados, pero apenas podemos lavar los envases”, refugiada en el Parque del Oeste