Entre el estruendo del progreso y la pérdida, la película retrata la paradoja del obrero que construye el futuro mientras su mundo se reduce a cenizas. Un drama contemplativo sobre la dignidad frente a la tragedia.

Caracas. Más allá del aspaviento mediático por películas como Pecadores, Una batalla tras otra o Frankenstein, existe una obra de presencia casi silenciosa, sin mayor revuelo en comentarios o promoción, salvo por las recomendaciones de aquellos que miran más allá de los titulares constantes.

Sueños de trenes es una de esas películas contemplativas sobre la vida. Narra la historia de Robert Grainier (Joel Edgerton), un obrero en los albores del siglo XX que se aleja de su hogar por largas temporadas; es uno de los tantos hombres que construyen las vías férreas que llevarán a otros hacia confines lejanos.

En casa queda su esposa, Gladys (Felicity Jones), a cargo de su pequeña hija y de una vivienda en medio del bosque, rodeada por una naturaleza tan cautivadora como amenazante. Ella enfrenta los días duros con entereza, siempre con el anhelo de que su esposo decida no ausentarse más y emprendan juntos labores que no fracturen la dinámica familiar debido a la distancia.

El filme es dirigido por Clint Bentley, quien también firma el guion junto con Greg Kwedar. Ambos son, además, los escritores de otro título que este año pasó inadvertido en la cartelera, pero que posee una potencia similar en los dramas humanos: Las vidas de Sing Sing. Sueños de trenes resulta ser una obra sobre la rudeza de la existencia y la observación de cambios sobre los que no se tiene control, pero también sobre la esperanza y la entereza.

Sueños de trenes
Con fotografía de Adolpho Veloso, Sueños de trenes maneja los contrastes de lo maravilloso y peligroso

La rutina del protagonista da un vuelco cuando un incendio arrasa su hogar. El regreso a casa se transforma cuando avista, desde lejos, el humo que anuncia la tragedia. Es allí donde Robert Grainier inicia su viaje más profundo.

La película es, ante todo, una paradoja: expuesto a los árboles caídos, a la dinamita y a la violencia en territorios sin ley —así como al remordimiento por lo que pudo haber hecho—, el hombre ve su mundo desmoronarse cuando su lugar seguro es reducido a cenizas.

Hay una carga alegórica fundamental en escenas clave. Mirar hacia arriba con el temor de que caiga una rama es un acto que también implica mirar a lo superior, expectante ante qué más puede sobrevenir en medio de la desdicha. Se presenta así al obrero que construye las vías de un mundo nuevo: una promesa de futuro que es para los demás, pues su propio universo es otro. Es la eterna espera de recuperar lo que fue, mientras comprende que la modernidad no puede prometerle lo que más ama. La inquietud de intervenir el orden natural resuena en las repercusiones que sufren quienes se exponen en la primera línea.

Sueños de trenes
La dinámica de la vida, entre la apacible vivencia del hogar y la ausencia que se anuncia

La boyante tecnología lo acelera todo, pero, a la vez, una vida queda suspendida. Todos esos sentimientos y la contemplación del dolor son trabajados por el realizador como un artesano de las emociones; uno que no solo respeta el duelo de su protagonista, sino que aprovecha la ventaja de conocer lo venidero para honrarlo con la hidalguía de quien sigue adelante sin rencores ante la adversidad. Es una dignidad no exenta de sufrimiento, una experiencia que evoca incluso al Job del Antiguo Testamento.

Disponible en Netflix, el largometraje está basado en una novela de Denis Johnson. Tiene cuatro nominaciones al Oscar, entre ellas Mejor Película. Ofrece también un elemento enriquecedor en su narrativa: el poder de expresar la compañía mediante la sutileza del silencio. Sin conversaciones extensas ni innecesarias, en el camino del protagonista aparecen personajes secundarios para, simplemente, estar en el momento debido; como señales de una divinidad expresada en la humanidad del apoyo necesario y en las palabras que invitan a compartir el misterio del camino.

Lea también:

La memoria es un caracol: El conuco eterno de Luis Mariano Rivera