Venezolanos viven días de incertidumbre tras la captura de Nicolás Maduro. Según la psicóloga Angiseth Sequera, el estado emocional colectivo combina miedo, expectación y búsqueda de alivio. En este contexto, explicó que actividades como ir a la playa actúan como un mecanismo lógico para preservar un sentido de normalidad.
Puerto Cabello. María Antonieta Vilchez revisaba el reloj una y otra vez, a la espera de que marcara la 1:00 p. m. para iniciar lo que ella llamaba un “merecido descanso” en Puerto Cabello.
Afuera, el país estaba lejos de cualquier respiro. Ese mismo día, Nicolás Maduro había sido capturado en el marco de la Operación Absolute Resolve, una incursión militar ejecutada por fuerzas de élite de Estados Unidos en al menos siete estados del territorio venezolano.
La acción armada que dejó un centenar de muertos, de acuerdo con la versión oficial, desató incertidumbre y alerta en todo el país, con especial resonancia en Caracas y las principales ciudades, entre ellas Valencia, capital del estado Carabobo, y su área metropolitana.
En su casa, aún sin salir hacia su ansiado destino playero, Vilchez percibía la paradoja del país: tensión y rutina coexistían, alarma y normalidad compartían el mismo aire cargado de desconcierto.
Aunque no había partido todavía, ya sentía que su viaje sería un momento para respirar entre dos velocidades distintas de Venezuela: el miedo que paraliza y la vida cotidiana que, a pesar de todo, continuaba, con sus mercados, transporte y playas que funcionaban de manera parcial.
“Venimos de un 2025 demasiado atropellado. Ahora tenemos solo tres días de haber empezado el año y pasa esto. ¿Estoy nerviosa? Si, pero también quiero celebrar, eso sí, con mucha discreción”, confesó a Crónica Uno.

Soledad
María Antonieta es una visitante frecuente de Puerto Cabello, pero esta vez el viaje se sentía distinto. “El viaje por la autopista fue muy extraño. Te sentías como en una carretera fantasma. No es usual ver la Valencia-Puerto Cabello así y menos en una fecha vacacional”.
Mientras descendía hacia la costa, los supermercados de Valencia y de otros municipios de Carabobo estaban abarrotados, en un frenesí social marcado por el miedo ante la posibilidad de medidas más severas, como restricciones de movilidad o escasez de productos básicos, como había ocurrido en crisis anteriores. Algunos ciudadanos optaron por permanecer en sus casas, resguardados.

En Puerto Cabello, la situación no era muy distinta. Vilchez encontró un casco histórico que evocaba los años de pandemia, cuando el turismo local se paralizó y las calles quedaron vacías durante meses. Algunas posadas decidieron abrir sus puertas, adaptándose a la situación.
Es el caso de la Posada Casa Rosada, donde un mesero, bajo condición de anonimato, explicó: “Nosotros nos mantuvimos y prácticamente nos obligaron a trabajar”.

Cuando la noticia de los bombardeos se difundió, varios huéspedes entraron en pánico. A las 6:00 a. m. solo permanecía una familia que no pudo salir por falta de transporte.
A la largo de toda la inusual jornada, el terminal de pasajeros permaneció cerrado, un evidencia de la paralización parcial del transporte público tras los ataques.

La sonrisa no se desdibuja
En la playa turística más cercana al hotel, llamada Sonrisa, había bañistas: poco más de 50 personas que parecían ignorar lo que ocurría en el país.
Daniel Ferrer, trabajador de Ridery, una plataforma que conecta a pasajeros con conductores a través de una aplicación móvil, fue quien trasladó a Vilchez. No había ido a la playa desde julio y, aunque sentía miedo, decidió recorrer la zona.
“Son $60 lo que me estaba ganando con el viaje y son días difíciles, mi esposa se molestó conmigo por bajar, porque uno no sabe a quién se puede encontrar en el camino y más con la policía que es tan matraquera. Pero, la verdad, llegamos rápido, en 30 minutos estábamos a las puertas de la posada”,
relató.
Una vez en la playa, Ferrer describió la escena como surrealista: “En mi cabeza no cabe cómo hay gente bañándose en la playa como aislada de la realidad del país. No estamos hablando de que hay una guarimba —un término local para protestas violentas o manifestaciones callejeras— es que bombardearon la capital y se llevaron al presidente”.
Aunque se declara abiertamente opositor, considera imprudente que la gente disfrute un día de playa, en específico en fechas tan cercanas a la incursión militar estadounidense. “En un escenario así podría interpretarse como traición a la patria, porque significaría una celebración”.


Entre los bañistas algunos dormían por su embriaguez en la costa y otros ignoraban la realidad, deliberadamente. Un grupo de policías municipales custodiaba la entrada entre risas y charlas cotidianas, reflejando la tensión y la normalidad coexistiendo de manera paradójica.
No todos pensaban como Ferrer. Para la psicóloga Angiseth Sequera, algunas de las críticas dirigidas hacia quienes acuden a la playa pueden entenderse como un reproche indirecto a su conducta, una expresión de desaprobación que evita la confrontación abierta.
La experta subrayó, además, que tras los acontecimientos del pasado 3 de enero, el estado emocional colectivo en Venezuela ha transitado por una marcada fluctuación, un fenómeno complejo que, advirtió, no admite generalizaciones. “Solamente se puede apreciar desde el venezolano promedio”, puntualizó.
Según su análisis, este vaivén anímico no se limita a la alternancia entre emociones básicas como la alegría y la tristeza, sino que se ve profundamente permeado por la ansiedad. Un sentimiento este último que, en su opinión, caracteriza el paisaje emocional actual para una parte considerable de la sociedad.

Válvula de escape
Al día siguiente, Vilchez decidió tomar un día de sol y, para su sorpresa, la playa triplicó el número de bañistas. Dos días después, el 6 de enero, la presidenta encargada Delcy Rodríguez decretó siete días de duelo nacional, una medida que busca honrar a las víctimas de los ataques y mantener un estado de recogimiento oficial.
El martes, 10 de enero, Verónica Padilla viajó con amigos a Puerto Cabello, a playa La Rosa, a casi nueve kilómetros de Sonrisa. Su salida, prevista para el 3 de enero, había sido impedida por los ataques.
Tres alcabalas en la autopista fueron lo único que rompía con la normalidad del trayecto. Estos puestos, instalados por las autoridades, se duplicaron durante las primeras semanas de enero para verificar documentos y reforzar la seguridad en el contexto de la crisis nacional.
“No quiero que me revisen el teléfono. No porque tenga algo malo, sino porque me parece una invasión a mi privacidad”, dijo Padilla, quien notó que justo después de la garita de entrada instalaron un improvisado cartel en el que se prohibía escuchar música por luto nacional.

La música, sin embargo, siguió sonando en la playa. “Era a un volumen bajo, pero lo suficiente para escucharlo, pero tampoco tan fuerte como para impedirte hablar y oír risas a lo lejos”. Padilla veía las pequeñas cornetas en cada toldo.
Normalidad aparente
Para Padilla, el panorama era una “falsa normalidad”. La incoherencia entre duelo y diversión refleja la fluctuación emocional que describe Sequera: ansiedad que muta a expectación.
“Piensas en cómo debes responder ante cada situación porque, mira como ocurrió todo. ¿Cómo incorporo esta situación que en realidad está pasando a nivel social. Cada quien lo va a procesar en el tiempo individual y va a reaccionar de acuerdo a sus propias habilidades como individuo”, alegó la experta.
De allí que Verónica definiera el ambiente como “muy raro”: un silencio cargado en el que, sin que el tema se nombrara, todos aguardaban la posibilidad de que algo más ocurriera. “No es algo malo”, matizó. “Es un tema de cambios importantes para el país y cómo nos afecta”.

Con el paso de los días, la playa se llenó: el 17 de enero, más de 300 bañistas ocupaban Sonrisa. Concepción, vendedora de empanadas, relató que solo una vez la policía obligó a desalojar la playa a las 10:00 p. m.
“La gente se queda hasta el amanecer bebiendo sus cervecitas, pero los demás días ni rastro del famoso luto”,
ironizó.
Yosvel Muñoz, vendedor de conservas de coco, resumió el ánimo general: “La gente no le está parando a lo que está ocurriendo, aquí todos estamos felices, porque se viene una vaina buena. Ya lo vimos todo, en unos meses la gente va a comenzar a comprar y si la gente invierte nosotros ganamos, todos ganamos”.
Punto de inflexión colectivo
Sequera no centra su análisis en por qué las personas buscan recreación, sino en que estas conductas amortiguan la realidad.
Parte de la población estaba deseosa de un evento como el del 3 de enero: emoción, estupor y celebración coexistiendo con miedo. “Pero es ambivalente”, precisó.

Dougleidys Carrión, quien alquila toldos en Sonrisa, confirma que en enero pasado sus ventas superaron las de 2025.
Aun así, Sequera recuerda que la clave es la empatía, sobre todo al considerar que durante los hechos del 3 de enero murieron civiles y militares, lo que marcó un punto de inflexión en la percepción colectiva de seguridad en el país.
Por ello, invitó, desde su experiencia profesional, a analizar los acontecimientos en toda su complejidad. “Hay gente que vivió eventos traumáticos a raíz del 3 de enero, pero también por lo que representa la transición que vive el país”.


Celebración, resguardo o rabia en protestas pro-Maduro son acciones válidas que, de ningún modo, deben invalidarse entre sí, concluye la psicóloga.
Al final, la playa, con su sol y sus risas, no era solo un lugar de escape: era un espejo de Venezuela misma. Un país donde la incertidumbre convive con la rutina, donde el miedo se entrelaza con la celebración, y donde cada gesto, desde tomar un helado hasta mirar el mar, refleja la compleja manera en que los ciudadanos procesan los hechos extraordinarios que los sacuden.

María Antonieta, Padilla, Ferrer y los cientos de bañistas no solo buscaban un respiro; buscaban sentir que, incluso en medio del caos, todavía era posible elegir la vida, la normalidad y la esperanza, aunque solo fuera por unas horas.
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