Cuatro testimonios de superación revelaron cómo el estigma, la falta de tecnología accesible y la poca formación en las escuelas aún afectan a personas con discapacidad en Venezuela. 

Puerto Ordaz. Por años, el término discapacidad ha estado cargado de prejuicios que reducen a las personas a sus limitaciones sin tomar en cuenta otras capacidades que poseen.

El concepto de inclusión también ha sido cuestionado, pues más allá de generar conciencia o impulsar campañas, en Venezuela sigue pendiente una serie de políticas públicas y avances sociales y tecnológicos que permitan una verdadera inclusión de personas con discapacidad en distintos ámbitos. Un reto que implica no solo leyes, sino cambios culturales y educativos.

Este fue parte del eje central de “Mi Vida, Mi Historia: Experiencias de Vida de Personas con Discapacidad”, un conversatorio realizado en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) Guayana, donde la psicopedagoga Jeslyca Martínez resaltó una frase: “La discapacidad no es el problema; el problema es que no sabemos cómo mirar”.

Martínez señaló que, pese a los avances en políticas educativas, persisten miedos y estereotipos que condicionan el trato hacia quienes tienen alguna discapacidad. Añadió que la inclusión no comienza en la infraestructura ni en los programas, sino en la actitud. Es decir, en la disposición personal y colectiva de reconocer a cada individuo como sujeto de derechos.

Explicó asimismo que Venezuela, aunque ha avanzado en escolaridad y participación familiar, sigue rezagada en la profesionalización laboral y en la disponibilidad de recursos accesibles para estas personas. En ese sentido, subrayó que la inclusión auténtica requiere acompañamiento, información y un compromiso social sostenido, conceptos que en este ámbito implican apoyo continuo, formación adecuada y políticas sostenibles.

“Hay que dejar de relacionar discapacidad con carencia. Hablemos de talento, de autonomía, de oportunidades”, sostuvo.

Cuatro vidas, cuatro historias

Giovanni Acosta, hoy profesional y coordinador de Gestión del Talento Humano en la UCAB Guayana, un rol vinculado a la administración del capital humano en una organización, nació sin su mano y antebrazo izquierdo. Para él, la palabra discapacidad marcó su infancia. “Para mí era una ofensa. Una etiqueta que me hacía sentir menos.”

Con el tiempo, aprendió a aceptarse. Sus padres contribuyeron a fortalecer su autoestima y a evitar que se sintiera inferior por una condición física que no limitaba sus metas.

Incluso aprendió a esquivar preguntas incómodas o cargadas de morbo mediante el humor hacia sí mismo, convertido en una especie de escudo protector, una estrategia emocional común en personas que enfrentan estigmas sociales. Giovanni no romantiza sus desafíos, pero tampoco permite que lo definan.

“Tengo una limitación física, sí. Pero tengo una capacidad infinita. Mi vida no está determinada por lo que falta, sino por lo que puedo aportar”.

Javier García, próximo a graduarse de licenciado en Comunicación Social relató su experiencia escolar, marcada por la incomprensión. “El colegio no fue un lugar seguro para mí. Me hicieron sentir como un problema”, lamentó Javier.

Sus recuerdos incluyen docentes sin formación, burlas normalizadas e instituciones que no sabían o no querían atender sus necesidades como persona con autismo, una condición del neurodesarrollo que implica diferencias en la comunicación y la interacción social. Sin embargo, reconoció que la universidad representó un giro de 180°.

“Por primera vez sentí que podía ser yo. Que no tenía que esconderme. No basta con decir ‘somos inclusivos’. Tiene que demostrarse, tiene que sentirse”, expresó.

Por su parte, Rosa Medina, quien tiene síndrome de Down, compartió su vínculo con el arte. Tiene 18 años y, desde que tenía apenas año y medio, forma parte de la Coral Infantil Integrada de Guayana. En ese espacio donde niños y jóvenes con y sin discapacidad participan en actividades artísticas conjuntas, donde se incluye a personas con condiciones especiales.

“A mí me gusta aprender cosas nuevas. Me gusta bailar, cantar, modelar. Y cuando hago eso, me siento libre”,

afirmó.

Ver con otros ojos

La historia de Nilther Martínez, docente e integrante del equipo de Inclusión Educativa del estado Bolívar, un programa dedicado a promover la participación de estudiantes con discapacidad en entornos escolares, refleja de alguna forma los avances del sistema educativo. Creció en una época en la que la inclusión prácticamente no aparecía en el vocabulario escolar.

“Hubo escuelas que me dijeron que no. No porque yo no pudiera, sino porque no sabían cómo trabajar con una estudiante con discapacidad visual”, admitió.

A pesar de las puertas que se le cerraron, logró convertirse en profesional gracias al apoyo de sus padres y de su esposo, quien se convirtió en sus otros ojos.

No obstante, advirtió que persisten problemas como la falta de tecnología accesible. Esto abarca un conjunto de herramientas diseñadas para facilitar la autonomía de personas con discapacidades sensoriales, una barrera para personas con su misma condición.

“La tecnología existe, pero aquí no es accesible. Y sin herramientas, la inclusión no es real”, alertó.

Nilther destacó que tecnologías básicas como lectores de pantalla, regletas braille o máquinas Perkins, instrumentos fundamentales para la lectura y escritura en braille, siguen siendo escasas en el país.

Barreras

Los testimonios coincidieron en que la discapacidad no es el obstáculo principal, sino las barreras sociales, económicas y formativas. En estas se incluyen prejuicios, falta de recursos y ausencia de capacitación especializada.

“La gente teme lo que no entiende”, .

expuso Giovanni Acosta

Javier, por su parte, reiteró la urgencia de capacitar a los educadores. “No podemos tener profesores que no saben cómo tratar a un estudiante con discapacidad. No es culpa de ellos, pero sí es su responsabilidad formarse.” Una formación adecuada permite adaptar estrategias pedagógicas y garantizar igualdad de oportunidades.

Otra barrera frecuente es la sobreprotección y la subestimación. Rosa, por ejemplo, comentó que a veces le impiden realizar ciertas actividades porque creen que “no puede”, una práctica que limita la autonomía y refuerza estereotipos.

Entre las soluciones planteadas durante el conversatorio, se insistió en capacitar a docentes, personal administrativo y familias sobre el trato adecuado hacia personas con discapacidad; facilitar el acceso a herramientas que permitan estudiar y trabajar con autonomía y ofrecer acompañamiento emocional.

También se deben crear oportunidades laborales reales; promover entornos que valoren talentos y escuchar las voces de quienes viven la discapacidad.

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