Celia Herrera, presidenta de Sotravial, explica que cuando las mujeres conducen una motocicleta se potencia el riesgo, ya que son vistas como “débiles” y esto se traduce en estadísticas de siniestralidad y en un alto índice de acoso y violencia física.
Caracas. Angélica* conduce una motocicleta automática desde hace tres meses. Su vehículo le demostró que “nada le queda pequeño”, ya que según las expectativas sociales este era un vehículo que solo conducían hombres.
Sin embargo, hace dos semanas, mientras se dirigía a su trabajo en el este de Caracas, un hombre a bordo de otra moto la hostigó para que aumentara la velocidad. Ante su negativa, le rozó su rueda trasera y Angélica cayó al pavimento.
“Realmente los motorizados me tratan mal porque ven que soy mujer. Te gritan cosas como que ‘eso te quedó grande’ o ‘dale, como si llevaras una gandola’. Aunque no son todos y hay unos que se solidarizan, la mayoría parece no tolerar nuestra presencia”,
relata.
En una ciudad donde el transporte público es deficiente y los tiempos de traslado pueden llevar horas, para las mujeres venezolanas este vehículo no solo amplía el acceso a oportunidades laborales e ingresos propios, sino que redefine su movilidad en Caracas.
Este domingo, 8 de marzo, se conmemoró el Día Internacional de la Mujer, una fecha establecida por la Organización de las Naciones Unidas, en 1975, para visibilizar la lucha de las mujeres por la igualdad de derechos.
Celia Herrera, presidenta de la Sociedad Venezolana de Ingeniería de Transporte y Vialidad (Sotravial), explica que la moto permite a la mujer controlar su ruta y su tiempo, lo cual facilita los “viajes poligonales”, que son los trayectos múltiples que realizan para cumplir con roles de cuidado como dejar a los niños y niñas en la escuela, ir al trabajo o hacer compras en un solo ciclo.

Para la experta, en un contexto de inseguridad, este vehículo funciona como una herramienta de autoprotección femenina ante el acoso callejero en las calles venezolanas.
“En espacios públicos, mientras mayor presencia femenina hay, se genera una percepción de seguridad ciudadana distinta. Para un malhechor es más complicado actuar bajo esas condiciones. Al elegir su ruta, la mujer reduce la exposición al acoso callejero que suele vivir en paradas de autobuses o unidades de transporte”.
Violencia en la vía
No obstante, Herrera advierte sobre un fenómeno que denomina el “síndrome del carro grande”, una jerarquía de poder donde quien conduce un vehículo mayor intenta imponerse sobre el más pequeño y cuando lo conduce una mujer, el riesgo se potencia.
“Se ve a la mujer como alguien con menos fortaleza para enfrentar un golpe o correr un riesgo. Esto se traduce en estadísticas de siniestralidad y, sobre todo, en un alto índice de acoso por violencia de género y agresiones físicas en la vía, una realidad que resuena en toda América Latina”.
Para las motorizadas la lucha no es solo contra el estado de las vías, añade Herrera, sino contra una cultura vial que intenta desplazarlas de un espacio. La moto no es el problema sino el control y la violencia que existe.

Un fenómeno estructural
El crecimiento del uso de motocicletas no es una moda en Venezuela ni en la región, es un cambio estructural en la movilidad urbana. Según cifras analizadas por la presidenta de Sotravia, entre 2012 y 2023 las ventas anuales de motos aumentaron 50 %, pasaron de tres millones a seis millones de unidades.
Agrega que las motocicletas representan 29 % del parque automotor regional. En este escenario, las mujeres están redefiniendo el perfil del motociclista. Mientras que en el año 2000 la participación femenina rondaba 10 %, para 2022 esa cifra superó 20 % en promedio, con picos de crecimiento que alcanzan 40 % en algunos países.
Sin embargo, la ingeniera civil asegura que el aumento de mujeres en la vía ha expuesto una brecha de género en la forma en que mueren en siniestros viales. A diferencia de los hombres, más de 90 % de los fallecidos eran conductores, en el caso de las mujeres la mayoría de los decesos ocurren por ir de acompañantes.
Entre 55 % y 66 % de las mujeres que murieron en accidentes de moto viajaban como acompañantes. Esta posición en el vehículo no es un detalle menor e implica una vulnerabilidad diferenciada por tres factores: falta de control, equipamiento inadecuado y riesgo delegado.

Barreras en la movilidad
Para Herrera, la brecha de género nace de un paradigma cultural arraigado: la idea de que conducir una moto resta “feminidad” o que es una actividad reservada exclusivamente para hombres. Aunque en Venezuela la necesidad ha forzado una mayor aceptación, en diversos sectores sociales esta creencia se mantiene como una barrera invisible.
Según la especialista, esta limitación cultural tiene consecuencias en la seguridad, ya que existe una falta de apertura institucional y social para instruir a la mujer en la conducción.
Pese a las barreras, Herrera indica que los datos revelan que la mujer, cuando asume el control de la motocicleta, lo hace con una conciencia vial superior: “Tienen un cumplimiento más riguroso de las normas de tránsito”.

“La seguridad vial con enfoque de género salva vidas, y eso no es negociable. Ignorar las necesidades y capacidades de las mujeres en la vía pública no es solo un acto de exclusión, es un factor que aumenta la letalidad en el país”, puntualiza.

