No hay trato especial para los niños que sacan su primera cédula en el Saime

Coleados, amigos, fallas de luz y en el sistema hacen que la experiencia de sacar la primera cédula esté lejos de ser agradable. Los pequeños ven cómo otros pasan por encima de ellos, a pesar de haber madrugado para estar entre los primeros puestos.

San Cristóbal. Llegar a los 9 años de edad es sinónimo de muchas cosas: se está dejando la niñez atrás, para llegar a la pubertad y así hasta la transición a la adolescencia. Muchos niños se emocionan porque a esa edad podrán tramitar su documento de identidad, es decir, la cédula.

La alegría en sus rostros cuando llegan a las oficinas del Saime es de expectativa, pues es la primera vez en la que ellos solos deben hacer esa “diligencia”. Con sus padres orientándolos se disponen a hacer la cola desde muy temprano. Bajo el frío de la madrugada, los niños aguardan a que sean las 8 de la mañana para ingresar a la sala de espera.

Unos desayunados y otros no, pasan de a uno cuando el funcionario les da la orden. Ingresan en fila india. Sin embargo, es allí cuando empieza el juego realmente.

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Pese a ser pequeños, no hay consideración con ellos. Algunos son despachados de inmediato, pues no llevan la partida de nacimiento original o nacieron en otro estado que no fuera el Táchira. “No entiendo. Es un sistema, la cédula es la misma para todos y perdimos la madrugada porque mi hijo nació en Caracas”, dijo una madre mientras apresuraba el paso para tomar el bus que estaba dejando unos pasajeros.

Los pases VIP no solo son en las estaciones de servicio, pues hijos de amigos, funcionarios y de algunos que pagan pasan por encima de los pequeños, los cuales, en algunas ocasiones, están despiertos desde las dos de la mañana.

No es posible que esta gente salga de una vez. Llegan recién levantados y se van al rato. Yo vengo de El Piñal [zona sur del estado] y el niño está levantado desde las 3:00 a. m. Hasta ellos sufren de la discriminación, dice Alirio Cuesta, mientras bebe un sorbo de café, pues el sueño lo está dominando.

Apagones

Otra de las angustias son los cortes de luz. Si llegan a suspender el servicio eléctrico, deben esperar al martes o jueves, que son los días de atención para los pequeños. Si el sistema falla, también deben aguardar, pues todos los servicios fluctúan y no se cuenta con una planta eléctrica para apoyarse mientras el corte esté en proceso.

Uno a uno van saliendo y los padres, preocupados por la larga espera, los reciben preguntándoles cómo les fue. Otros salen para decirles a sus acompañantes que tienen hambre o bien que se quieren ir. “Mami, vamos a San Antonio, ya no puedo más”, le dice un pequeño agotado a su madre, quien le responde que aguante un poco más, que ya está adentro.

Ya cerca del mediodía, los padres se angustian, el retardo no tiene razón de ser si hay luz y sistema. Sin embargo, uno de los padres que entró a llevarle algo para comer a su hijo comenta a los otros que la cola no avanza porque una de las computadoras al calentarse se apaga. Hay niños con carpetas en mano “echándole aire” al CPU para que no se recaliente.

Cuando salen, ya sus rostros no son de alegría por lo nuevo, sino de cansancio, de molestia porque vieron cómo otros niños entraban pasando por encima de ellos. Porque no entienden cómo los grandes pueden faltarles el respeto.


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