Pacientes crónicos llegan al J. M. de los Ríos porque compran efectivo para el pasaje o lo pagan en dólares

compran efectivo

Alejandra García, mamá de Alejandro, paciente con leucemia linfocítica 1, señaló que desde marzo no ha podido llegar a Caracas. Su hijo tenía consulta en abril, la perdió, y ahora no sabe si la de junio se caerá también. Le pidieron 500 dólares para trasladarla de Maturín a Caracas.

Caracas. La cuarentena, la restricción vial, el aislamiento social son normas básicas para prevenir la COVID-19. Pero a todas las personas no les va bien con esas medidas. De hecho, los pacientes crónicos con historia médica en el hospital de niños J. M. de los Ríos se ven doblemente afectados con esas decisiones. Se añade al drama que muchos, para poder llegar a sus consultas, deben pagar traslados en dólares o comprar efectivo para cancelar el pasaje en el transporte público.

Ahora, con la entrada de una nueva fase de la cuarentena restringida, la situación se les pone más cuesta arriba. Porque ya ni el informe médico les funciona para cruzar las barreras policiales. Ni para entrar al Metro o al Ferrocarril, pues en esos sistemas masivos todo depende del funcionario que esté destacado en la puerta, si los dejan pasar o no.

Y se ven perjudicados exponencialmente, porque una transfusión que requiera un enfermo hematooncológico, o una quimioterapia, no puede sacarse del calendario como si se tratara de una visita a una peluquería.

Ya con el inicio de la cuarentena en marzo pasado, debido al cierre de vías entre estados y un mismo municipio, se vio llorar y suplicar a los enfermos para que los dejaran pasar y así poder llegar a sus unidades para el tratamiento.  

A saber, si una persona con insuficiencia renal no se hace la diálisis, se hincha y sus riñones pueden colapsar hasta llevarlo a la muerte, pero eso no se prioriza en la cuarentena.

Un calamidad tras otra

Llegar al J. M. de los Ríos, ubicado a cuatro cuadras de la estación Bellas Artes del Metro y a dos de la avenida Urdaneta, una de las más transitadas de Caracas, ahora es un lujo para Rosa Colina, y eso que únicamente está asistiendo con su hija Cristina a una sola consulta en el servicio de Hematología.

Es una calamidad debido a que viven en la carretera La Raiza, estado Miranda, donde el transporte superficial es poco y para poder usarlo, además de madrugar con Cristina que usa andadera, deben tener mucha plata en el bolsillo. 

Cada 21 días tiene que hacer religiosamente el esfuerzo de dirigirse a Caracas. Le toca movilizarse este 24 de junio para hacerle unos exámenes de rutina a Cristina, ya que por su zona no hay laboratorios abiertos y el jueves 25 tiene que regresar para la consulta.

Para poder hacer eso compra 500.000 bolívares en efectivo a una tasa de 40 %, es decir, termina pagando 700.000 bolívares sin ganar eso como salario.

“Ese dinero lo estiramos lo más que podemos para que nos alcance para cuatro viajes a Caracas. El Metro desde el inicio de la cuarentena no nos presta la colaboración y por eso tenemos que usar mucho más las camionetas”, explicó Rosa.

En ese lapso salen hasta cuatro días seguidos: uno para hacer los exámenes de laboratorio, otro para la consulta para que le fijen a Cristina el concentrado globular que son dos. Si corren con suerte se los ponen el mismo día. De lo contrario, tienen que volver una vez más. Por eso Rosa dijo que pueden viajar hasta cuatro veces por cuestiones médicas.

Un trajín para Cristina y su familia, de bajos recursos económicos, que además lidian con la falta de agua en La Raiza y sufren los constantes apagones. De hecho, más de una vez les ha tocado salir o regresar completamente a oscuras por la falta de energía. 

Esta historia se repite en cada paciente de los servicios de Hematología, Nefrología y Oncología del J. M. de los Ríos. 

Moverse como peso pluma

Katherine Martínez, directora de la organización no gubernamental Prepara Familia, dedicada al cuidado y defensa de los derechos de los niños, niñas y adolescentes y las madres cuidadoras del J. M. de los Ríos, contó que la movilización de los pacientes es cada vez más cuesta arriba.

Recientemente, le tocó trasladar a una niña de Guárico que está en la lista de trasplante, porque presentó una recaída y el viaje salió en 130 dólares.

Pero hay un niño, Alejandro, que vive en Tembladores, estado Monagas, y el taxi que se consiguió estaba cobrando 500 dólares. Luego, contó Martínez, la mamá encontró otro en 350 dólares, pero no se pudo tramitar esta semana por el tema del cierre de vías.

“Es una situación muy difícil, pues son personas de escasos recursos económicos, no tienen suficiente para comer y cuando llegan a Caracas hay que conseguirles hasta hospedaje, porque todos los albergues están cerrados, el único en funcionamiento es la casa Ronald y no están ingresando nuevos pacientes. Pero el refugio Mi Casita cerró, al igual que Sana Inca, por eso cada vez que hay que traer a un chamo tenemos que ver la manera de ubicarlo con su representante, en caso de que no tengan familiar en Caracas”, indicó Martínez.

Incluso, destacó la defensora, hay una casa hogar en el 23 de Enero, que administra un grupo que estuvo ligado al gobierno, donde estaban albergados cinco niños con cáncer, dos de ellos del J. M., pero también tiene problemas con los suministros de insumos y alimentos.

Alejandra García, mamá de Alejandro, señaló que desde marzo no ha podido llegar a Caracas. Su hijo con leucemia linfocítica 1 tenía consulta en abril, la perdió, y ahora no sabe si la de junio se caerá también.

“Desde Tembladores, que está a una hora de Monagas, no hay paso. En el estado hay 28 casos de COVID-19 y están cerrados todos los accesos. Además, necesitamos el salvoconducto que hay que tramitar en Monagas, pero yo no puedo pagar un transporte para allá para gestionar dos permisos, por los que, además –rumoran aquí–, están pidiendo un millón de bolívares por cada uno”, indicó.

García depende de los bonos y de la ayuda que le puede dar su mamá, quien tiene ingresos solo de la pensión más bonos. Así que su alimentación es rica pero en deficiencias proteicas: “Es que ni el beneficio de la caja lo tenemos seguido, es una sorpresa cuando llega. Afortunadamente, no estamos críticos con el agua  y la luz, pero esto es una tragedia, y más con mi hijo que ni siquiera puedo llevarlo al médico”.

Cuando logra llegar a Caracas se queda por lo menos una semana para hacerle los exámenes a su hijo. Por ahora ha podido resolver en Tembladores, y cuando tiene los resultados de los estudios pide un teléfono inteligente prestado y se los pasa a la doctora del servicio.  

Así como Alejandro, hay otro paciente en Barinas que espera por el apoyo de Prepara Familia. “Pero no es solo la movilidad, también son los exámenes. Son niños que están presentando recaídas, son hematooncológicos, que tienen que venir a hacerse una transfusión y a los donantes –todo el traslado que se está logrando es por la colaboración de terceros y no del hospital– individuales les ha costado mucho en estos momentos dar dinero, porque cada quien está resolviendo sus problemas”, señaló Martínez.

Contó Martínez que tienen madres que desde septiembre del año pasado reciben ayudas de parte de una entidad bancaria privada, otras de colaboradores independientes: “Así tengo como a 60 mamás que reciben dos o tres salarios mínimos, y por lo menos tienen algo para mantenerse y eso las ayuda cuando no pueden estar en los albergues donde por lo menos contaban con la comida”.

Para esta semana, dijo, será difícil traer a alguien, porque hay cierres de vías hasta en las parroquias. De hecho, comentó el caso de una paciente con su hijo también en diálisis que no podía pasar hasta la Unidad Juan Pablo II en la avenida Nueva Granada. Cuando lo logró y llegó al centro las enfermeras no habían podido hacerlo.

“Todos los días son muchos los problemas con la cuarentena y una enfermedad de ese tipo no es fácil. Si ellos dejan de dializarse, se hinchan y pueden hasta morir, no pueden faltar a sus diálisis. Igual pasa con una quimioterapia, puedes dejar de ponérsela por una semana, pero no más. Ahorita estamos que no sabemos qué va a pasar al final de esta semana, entonces esos escenarios son terribles. Siento que si no hay un cambio urgente, van a haber más niños y adultos muertos por patología crónicas que por COVID-19. Esto es urgente, tiene que haber una política pública, son enfermedades que no se pueden postergar”, añadió. 

Por ahora, la Cruz Roja asumió el transporte de los pacientes en diálisis ubicados en Caracas, cerca de siete niños y adolescentes.

Para el otro grupo que necesita moverse: los de Hematología y Oncología, se está haciendo un cronograma con los doctores, para que Prepara Familia pueda canalizar los taxis y, por ejemplo, traer en un carro a varios niños de una misma zona para aprovechar el recurso donado.

De Hematología son como 80 en el servicio ambulatorio. Por los momentos están atendiendo entre 15 y 30 semanales: “Y han ido bajando por la misma situación descrita anteriormente. Además, desde el 18 de mayo tenemos cinco casos de COVID-19 que deberían estar en El Algodonal, pero nos dicen que allá están colapsados. Entonces por esa situación no hay visitas,  ni las mamás pueden pasar, y eso afecta el suministro de comida y agua. Que suspendan las vistas en Italia no hay problemas, porque el hospital da la comida, pero en Venezuela corre por cuenta de los familiares, así como llevar las muestras para los laboratorios privados, sacar la ropa sucia, todo eso aumenta la crisis humanitaria”.

Y si ya es cuesta arriba moverse de una región a otra, también lo es el costo de los estudios de rutina para este tipo de patología, como las tomografías, y adquisición de insumos como válvulas y catéteres, que no los hay en el J. M. de los Ríos. 

Martínez citó el caso de Belén, una paciente con discapacidad, que necesita una válvula de presión alta cuyo costo ronda los 1500 dólares, y aunque hay una probable donación de 650 dólares, es un derecho que no está siendo garantizado por el hospital, sobre el cual pesan además medidas cautelares emanadas de la CIDH para proteger a los pacientes de 13 servicios médicos del J. M. de los Ríos, centro en el que incluso los doctores están recibiendo donativos de medicina para paliar sus enfermedades de base, pues con sus sueldos no es posible costear un tratamiento.


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