En Venezuela, con bajo índice de reciclaje, ciudadanos y empresas impulsan la economía circular ante la poca organización y voluntad gubernamental para activar protocolos oficiales. Inciativas privadas y ONG asumen un reto que debería ser responsabilidad estatal.
Valencia. Una botella de plástico vacía puede terminar en un botadero a cielo abierto o convertirse en la fibra de un trapo de limpieza. La diferencia está en quienes, a través del reciclaje, ven valor donde otros solo ven desecho. Lo que para muchos es basura, para otros representa ingreso, sustento y, en muchos casos, un compromiso con el ambiente.
En Venezuela, donde apenas entre el 5 % y el 15 % de los residuos sólidos se reciclan, según cálculos del propio Ministerio de Ecosocialismo (Minec) —que ha reconocido además la falta de datos precisos—, esa diferencia la marcan ciudadanos, comunidades y empresas que han asumido el reciclaje como respuesta a la inacción del Estado.
Sin un sistema nacional de reciclaje eficiente, en Venezuela la economía circular —como se conoce al modelo que busca reducir los residuos al mínimo mediante la reutilización, el reciclaje y la prolongación del ciclo de vida de los productos— avanza de forma fragmentada, impulsada más por la necesidad que por políticas públicas estructuradas.

Planes en verde
Mientras el Minec anuncia planes y mesas de trabajo para fortalecer esta economía circular, en las calles siguen sin verse contenedores para clasificación de residuos, y los sistemas de recolección no diferencian entre desechos orgánicos, inorgánicos o peligrosos.
La mayoría de las 28.000 toneladas de basura que se generan a diario en el país termina en más de 300 vertederos, de los cuales 60% funciona de forma irregular, según el Observatorio de Ecología Política.
En este panorama, iniciativas privadas y comunitarias se abren paso con dificultad. En Caracas, Maracaibo y Valencia, por ejemplo, han surgido puntos de acopio organizados por grupos vecinales, ONG y movimientos ecológicos que, con recursos limitados, intentan rescatar materiales reciclables y reducir el impacto ambiental.
Aunque el reciclaje ha aumentado levemente con la reactivación económica posterior a 2012 —cuando también creció la generación de residuos—, las autoridades han admitido que no existen datos precisos sobre el volumen real de materiales que se integran a la economía circular, debido a la informalidad con la que se realizan muchas de estas actividades.
De acuerdo con el Minec, en Venezuela se registra un promedio de entre 0,65 y 0,70 kilos de desechos por persona al día, aún por debajo del promedio latinoamericano, que se ubica en 0,91 kilos per cápita. Durante los años más duros del colapso económico, esa media llegó a descender hasta los 0,5 kilos por persona, reflejo directo de la contracción del consumo.
¿Solo intentos?
Como parte de los esfuerzos por mejorar la situación, el Ejecutivo nacional ha promovido la creación de mesas de trabajo sobre reciclaje, las llamadas Mesas Técnicas de Reciclaje y Aseo (Metras), como una herramienta para promover la reducción, reciclaje y reutilización de residuos, fomentando la participación comunitaria y la economía circular.
En julio de 2022, el exministro Josué Lorca anunció la creación de estas mesas y destacó su enfoque en la “organización popular” para el manejo, clasificación y disposición final de desechos sólidos.
Hasta 2024, según Lorca, unas 19.000 personas participaron activamente en prácticas de reciclaje a través de 3500 de estas mesas. En todas se promueven la conciencia ambiental y la educación como pilares fundamentales. Sin embargo, no se conocen avances concretos por experiencias o propuestas surgidas de estas instancias.
Además, el Ministerio de Ecosocialismo impulsa una serie de leyes destinadas a regular el uso de plásticos de un solo uso y otros desechables. Estas normativas buscan restringir productos contaminantes. También quieren incentivar a la empresa privada y a los grandes generadores de residuos plásticos a integrarse en cadenas de aprovechamiento sostenible.
Empresas sostenibles
En ese contexto, empresarios como Robinson Garzón y Santiago Vélez, con más de diez años en la industria del plástico, han apostado por un modelo productivo sustentable. Su emprendimiento Fino, lanzado en 2017, fabrica productos de limpieza con fibras PET recicladas, algodón natural certificado y látex biodegradable.
“Está enfocada en la higiene del hogar, pero con un concepto 100% verde”,
explicó Garzón
La idea de productos de limpieza 100% ecológicos se debe al uso de fibras PET recicladas, algodón natural con certificación Cotton USA y látex biodegradable que permite tener guantes más elásticos y duraderos.
En momentos en los que es poco lo que se recicla, es clave que el empresariado impulse iniciativas de concienciación ambiental responsable
Las fibras PET recicladas son materiales obtenidos a partir del reciclaje de botellas y envases de plástico hechos de tereftalato de polietileno (PET). Estas fibras se utilizan en la fabricación de textiles, mopas, trapos y otros productos de limpieza sostenibles. Su uso ayuda a reducir la cantidad de residuos plásticos en el medio ambiente y fomenta la economía circular.
Mucho por recorrer
Este tipo de propuestas, aunque aún minoritarias, apuntan a una transformación necesaria. “En países desarrollados, el 78% de los consumidores buscan activamente productos fabricados con materiales reciclados”, señaló Vélez.
En Latinoamérica, el porcentaje de residuos aprovechables es menor —apenas 20% en países como Argentina—, pero iniciativas como la suya empiezan a sumar más empresas a esta lógica circular.
“Aquí, en Latinoamérica, solo se recupera el 20% de los residuos reciclables en el caso puntual de Argentina, pero trabajos como el que hacemos hace que más empresas en Venezuela se sumen a esta tendencia que incluso logra cambios en las políticas públicas”, opinó Vélez.
Además de producir con materiales reciclados, han comenzado a aplicar el sistema Masterbatch. Esta modalidad mejora las propiedades del plástico, mediante pigmentos orgánicos y estabilizantes que permiten una mayor durabilidad sin comprometer la sostenibilidad del producto.
Aunque las políticas públicas aún no acompañan del todo, estos esfuerzos demuestran que es posible construir una economía circular desde abajo, incluso entre residuos, informalidad y precariedad. Porque cuando el reciclaje no es ley, se vuelve resistencia.
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