Stéphanie «la Catira» Marcelot vive para hacer labor social. El 30 de octubre de 2015 fundó Rayiluz junto con una amiga, organización que dedicaron a la asistencia de niños en comunidades vulnerables.

Caracas. Stéphanie Marcelot enfatiza con las manos: dibuja espirales en el aire cuando algo la emociona, enumera tocándose la punta de la nariz, reafirma con el puño sobre la palma. Su rango de movimiento general es a la altura del abdomen. Al hablar de lo que le apasiona, las manos crean ondas inquietas, como si quisieran demostrar que el tema la sacude hasta las entrañas. Y si el asunto tiene que ver con las múltiples actividades de labor social en las que está inmersa, Stéphanie es justo eso: entraña y corazón.

Administradora, aficionada a la fotografía y con una inclinación por ayudar a los demás que le heredó una mujer de otro tiempo y otra vida: la abuela Vita Marcelot. La historia familiar cuenta que Vita residía en Sudáfrica junto con su marido, quien era dueño de varias fincas con esclavos. Los Marcelot llamaban la atención de los otros hacendados porque a las afueras de la casa principal siempre había largas filas de personas en busca de trabajo. El motivo de aquella multitud era Vita: la mujer velaba por los esclavos en secreto, los cuidaba y procuraba apoyarlos en todo cuanto estaba a su alcance pese a las condiciones sociales que los separaban. La voz había acabado por regarse.

Fue papá Marcelot quien notó las similitudes entre su madre y su hija menor, la hija que además compartía día de nacimiento con la abuela. En 2011, Stéphanie hizo el taller de Doctor Yaso con Domingo Mondongo. Y, casi en simultáneo, se involucró como voluntaria con el equipo de Santa en las Calles, ambas iniciativas de corte comunitario cuyo centro es la atención a los más pequeños. 

(Audio. Marcelot: «No siento lástima de nadie»)

Los niños son la debilidad de Stéphanie. La experiencia adquirida a través de las organizaciones antes mencionadas le sirvió para volver a aprender cómo jugar, ser apoyo de padres con hijos hospitalizados, y desafiarse a sí misma en el trato hacia el público cuando asumió el rol de Señora Santa para donar ropa y juguetes en los barrios.

Cada diciembre de Santa en las Calles subía con su carro repleto de donativos —“hasta el punto de que no llegaba a ver por el retrovisor”— para la comunidad que hubiese sido seleccionada en esa oportunidad. Visitó Guarenas, La Dolorita (Petare), El 70 (El Valle). Tenía la costumbre de enviarles mensajes a sus amigos durante las jornadas de recolección de material y aunque estos no dudaban en colaborar, la observación de rigor era “bueno, Stéphanie, qué fino pero ve tú. Después de que se hacía la actividad me decían ‘pero por qué no me llevaste’. Yo no arrastro a nadie para hacer labor social, creo que eso es algo que te tiene que nacer”.

En esas idas y venidas, fines de semana copados con algún evento en el que era testigo y partícipe de la vocación de servicio de otros, una idea empezó a cobrar fuerza: dirigir su propia fundación de ayuda.  

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Sopa sorpresa en la comunidad de Pajaritos. Foto: Facebook Fundación Rayiluz
Luz en medio de la oscuridad

Su permanencia en Doctor Yaso fue corta pero significativa. No ha olvidado ni uno solo de los recorridos que hizo en los centros de salud y todavía conserva su atuendo de payaso de hospital. Persistían, sin embargo, las ganas de ir al siguiente nivel y en ese momento coincidió con una amiga valenciana, América Tabata, que sentía la misma inclinación. La pregunta entonces era cuál nicho respaldar en medio de un país en crisis: ¿salud, alimentación, educación? ¿todo eso junto?

En 2015 había cinco millones de hogares en pobreza de ingresos, según la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) publicada ese año por las universidades Central de Venezuela, Católica Andrés Bello y Simón Bolívar. Mientras que la escasez de alimentos en el país se estimaba entre 50 % y 80 % para los rubros básicos. Esto repercutió en aproximadamente tres millones y medio de venezolanos, quienes estaban en situación de hambre por no poder cubrir sus requerimientos diarios. En cuanto a la educación, la Encovi reveló que 56 % de los estudiantes interrumpía su formación académica entre los 15 y los 19 años de edad. Los afectados, en su mayoría, pertenecían a los estratos sociales más desfavorecidos.

El 30 de octubre de ese año Stéphanie y América fundaron Rayiluz.

El puente

La prueba piloto fue en una comunidad de Chirimena (Miranda) donde la Catira —como la llaman sus conocidos— solía pasar algunas temporadas vacacionales que le sirvieron para notar el impacto de la crisis en el sector. América y ella hicieron una campaña para recolectar útiles escolares y llevaron juguetes en una jornada que tuvo una estructura similar a la de Santa en las Calles.

Regalar juguetes, para Stéphanie, es fijar en los niños el recuerdo de una infancia feliz, esa fue la razón de que esta dinámica tuviera cierta relevancia en los primeros pasos de Rayiluz. La realidad venezolana, no obstante, demandaba otras cosas. No se trataba solo de dar el juguete o conseguir los implementos para estudiar, había niños con desnutrición, faltaban comedores, el acceso a servicios de salud también era escaso. Tenían que replantearse su objetivo: ¿cómo iban a subirle las plaquetas a un país con tantas heridas? No podían hacerlo solas y, por suerte, estaba claro que no eran las únicas intentándolo.

Foto: Stéphanie Marcelot

Stéphanie se convirtió en un puente. Los comentarios sobre sus viajes a las comunidades comenzaron a circular en las redes internas de otros voluntarios. Amigos y conocidos dentro y fuera de Venezuela la llamaban para entregarle donativos de todo tipo: cajas de donas, litros de leche, yogurts, ropa, medicinas, incluso dinero, aunque con este último la organización tiene sus reservas: «Yo no acepto dinero», dice Stéphanie. «Me parece una responsabilidad muy grande, no, yo te acepto ropa, zapatos, apoyo proyectos, pero dinero no».

Lo otro que no admite son las falsas promesas. Si se compromete con una causa, la cumple: «No hay nada peor que alguien te diga que va a verte y no llegue nunca. Y creo que, entre otras cosas, los sectores populares están muy golpeados por eso. Ha habido muchas promesas incumplidas«.

En uno de sus viajes a Chirimena se sumó Francisco Soares, de Regala Una Sonrisa, quien había escuchado de ella y su fundación por referencias de terceros. Y luego, durante el lanzamiento de la plataforma Uriji, conoció a Katiuska Camargo, quien entonces era coordinadora de dirigentes comunitarios de la ONG Haciendo Ciudad —hoy está al frente de su propia ONG: Uniendo Voluntades—. Ambos se volvieron aliados de Rayiluz. Francisco mediante las terapias colectivas con el yoga de la risa y el equipo de Haciendo Ciudad con su estructura de formación en la que respaldan a comunidades para que sean cocreadoras de espacios públicos recuperados. 

Las conexiones crecieron: Cascos azules, Espacio Anna Frank, Es Otro Enfoque, Alimenta la Solidaridad y otras organizaciones trabajaron de manera conjunta o incluyeron a Rayiluz en sus actividades de coexistencia. La Fundación también diversificó su rango de acción: idearon las sopas sorpresa para llevar recreación y alimento a los barrios, mantuvieron sus jornadas de recolección de donativos, coordinaron jornadas de atención integral, entre otros.

Las habilidades de Stéphanie para armar planes de apoyo logístico también dieron frutos y Rayiluz fue un pilar fundamental en la captación de insumos y traslados en los eventos de varias organizaciones. La Fundación de las dos amigas tuvo presencia en poblaciones de Canaposare (estado Carabobo), Higuerote (Miranda), Todasana (Vargas) e incluso en los estados Mérida y Monagas.

La complejidad del país, pese a todo, obligaría a afrontar otros cambios.

La pausa
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Mesuca. Foto: Stéphanie Marcelot

Stéphanie vive en Caracas, América está en Valencia. De algún modo, cada una comenzó a enfocar sus recursos y energías en la ciudad natal cuando los estragos de la inflación limitaron el alcance del bolsillo. Stéphanie, a su vez, tuvo que lidiar con el robo de su vehículo en un contexto donde el transporte público está a 80 % de su capacidad.

Hubo una interrupción importante: estaba dando demasiado.

«Lo que yo hago no busca una retribución, lo hago porque quiero, porque me gusta dar, pero después del robo de mi carro y con la inflación tuve que ponerme un parao’. Tener una Fundación no es sencillo, es algo que toma mucho tiempo y si no encuentras la manera de que pueda sustentarse por sí solo, a la larga te perjudicas: yo también como«, se ríe.

Con América tan lejos, la Fundación andaba solo en una rueda. La distancia y el reposo le abrieron otras puertas a la Catira. Comenzó a pensar en la fotografía como un oficio y a disfrutar del trabajo comunitario, ya no como organizadora sino en el papel de asistente, esto le sirvió para considerar la reestructuración de Rayiluz con miras a perfilar un mejor proyecto a futuro.

Cabe acotar que no pisó el freno a fondo. Aunque su fundación está en hiatus, todavía es casi seguro encontrarla en una comunidad estirándole el brazo a un grupo de niños curiosos y pidiéndoles que pellizquen la piel para que vean que es «una persona, un ser humano como ellos y no solo una ‘sifrina'».

Las cifras de impacto en alimentación, salud y educación aún son negativas, pero la motivación continúa. La herencia de la abuela Marcelot es difícil de resistir, en especial si involucra la sonrisa de un niño.

Se necesitan puentes para sortear los abismos, y Stéphanie es de los primeros.

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Échale Color Barrio La Cruz. Foto: Stéphanie Marcelot.

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