El Junquito enfrenta meses sin agua por tuberías, en una crisis que afecta principalmente a comunidades ubicadas entre los kilómetros 6 y 16, de esa parroquia del oeste de Caracas. Por la prolongada falla en el suministro, vecinos deben almacenar agua de lluvia o pagar cisternas mientras exigen soluciones inmediatas.
Caracas. En la parroquia El Junquito, al oeste de Caracas, los residentes ya perdieron la cuenta de los días sin agua. Cansados de esperar, los vecinos del kilómetro 8 decidieron salir a la calle con tobos vacíos y pancartas improvisadas para exigir un servicio que consideran esencial: “¡Queremos agua, no somos camellos!”, corearon frente a la mirada atenta de funcionarios de cuerpos de seguridad.
La mayoría de las comunidades de la zona acumula más de tres meses sin suministro por tuberías. Antes, el agua llegaba una vez por semana; ahora, apenas un día al mes y con tan poca presión que no alcanza para llenar los tanques.
De acuerdo con los manifestantes, por la prolongada falla en el suministro, las familias se ven obligadas a pagar cisternas, compartir agua entre vecinos o almacenar la que cae cuando llueve.
“Tuvimos que salir a las calles porque dicen que ya están solucionando, pero ya tenemos tres meses sin agua y las autoridades no dan respuesta. Esta es la única manera de ver si nos toman en cuenta. Aquí hay personas que no tenemos para comprar cisternas o con adultos mayores”, denunció a Crónica Uno Milagros*, residente del sector Santa Ana en el kilómetro 8, durante una manifestación el domingo, 5 de octubre.
Como ella, decenas de residentes de la zona insisten en que el problema se repite en varios sectores del municipio Libertador. Lo que antes era una falla puntual, hoy forma parte de la rutina: padecer una sequía perenne en una ciudad donde abrir el grifo se volvió un acto de suerte.
Problema crónico
Según un informe del Observatorio Venezolano de Conflictividad Social (OVCS), en 2024 se registraron 249 manifestaciones. De estas 151 estuvieron relacionadas con los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales, lo que representó 61 % del total.
La precariedad en los servicios fundamentales es una demanda urgente de los habitantes de la parroquia, relató Milagros.
Las exigencias incluyen, además de una mejora en el suministro de agua potable, una solución definitiva a los constantes cortes de electricidad y el deterioro general de la vialidad.

Esta situación, adujo, ha generado un creciente malestar que se expresa a diario en las diversas agrupaciones de WhatsApp, donde convergen residentes y comerciantes. En estos foros digitales, la queja es unánime: los ciudadanos no solo denuncian las molestias cotidianas, sino también los gastos extras que deben asumir para paliar las deficiencias del servicio.
Pese a la presión vecinal sostenida durante meses, los afectados aseguraron en la protesta que sus reclamos no han encontrado eco en los consejos comunales, a quienes acusan de inacción ante un problema que, lejos de resolverse, se agrava.
Sobrevivir por tobos
En el sector Bicentenario, ubicado en el kilómetro 7, unas 600 familias se las ingenian a diario para cocinar, limpiar el hogar y asearse. En El Junquito las zonas están separadas por tramos kilométricos, un rasgo característico de esta parroquia montañosa, donde las casas se levantan junto a la carretera. La escasez de agua lleva ya tres meses.
La precaria normalidad se impone con cada suministro. Cuando llega el agua, los vecinos, forzados a una logística de tobitos, llenan las aceras con pipotes de todos los colores, en una carrera contra el tiempo para almacenar un recurso que debería ser constante.
Dayana, otra vecina afectada, aseveró que en el sector donde vive la Hidrológica de la Región Capital, C. A. (Hidrocapital)—la empresa estatal encargada del agua en Caracas, Miranda y La Guaira— envía agua por tuberías apenas una vez al mes, una situación que se ha vuelto insostenible para los habitantes.
“El consejo comunal en el primer mes dijo que estaba roto el tubo matriz, luego que hay que esperar el cronograma y lo último que las bombas se habían dañado. Nos han mandado cisternas por la junta comunal solo cinco veces, pero solo podemos llenar tres tobos de agua. Esta situación es inhumana”,
detalló.
La respuesta de las autoridades ha sido insuficiente. Dayana contó que durante una de las protestas, el supervisor de Hidrocapital prometió una pronta solución. Abrieron una llave y el agua llegó, pero apenas duró tres horas y salió con barro y mal olor.
Dayana añadió que, por su estado, el agua solo servía para bajar el baño, siendo inútil para cocinar o bañarse.
“Necesitamos respuestas urgentes. Estamos abandonados porque tenemos problemas de agua, de luz y de vialidad, pero eso también es culpa de las personas porque cuando ha venido la alcaldesa dicen que todo está bien”, cuestionó Dayana.
Lluvia de irregularidades
La desesperación ha llevado a los vecinos a buscar alternativas. Alejandra*, otra habitante de El Junquito, expuso que la última vez que el servicio llegó a su vivienda duró apenas cinco minutos.
Ese tiempo apenas le alcanzó para llenar el pipote de la cocina y el del baño. Desde septiembre, se ha visto obligada a recoger agua de lluvia para lavar y asearse.
“Hidrocapital habla de que el agua nos llegará al tocarnos el ciclo. Eso es una burla porque vemos cómo en La Yaguara o Antímano tienen el suministro mientras nosotros estamos secos. Muchos vecinos hemos recogido el agua de lluvia para cocinar y asearse, buscando contraer alguna enfermedad”,
dijo.
El Observatorio Venezolano de Servicios Públicos, una organización independiente que monitorea la calidad de los servicios en el país, reveló que solo 27 % de la población venezolana recibe agua por tuberías de forma regular. Mientras que un 9 % dispone del servicio apenas una vez al mes.
En las terrazas de la parroquia, una silenciosa postal de la escasez se ha hecho común: una línea de envases plásticos se alinea sobre las barandillas, puestos como improvisadas antenas a la espera de captar la única fuente que no les falla: el agua de la lluvia.

La irregularidad del servicio es un problema de años, aseguraron los vecinos. Las autoridades, alegaron, no respetan el ciclo de llenado y el agua no llega a todos.
“Tenemos que convertirnos en camellos porque el agua no llega. Durante estos tres meses sin el suministro solo nos enviaron una cisterna de la Alcaldía a principio del mes de septiembre y no todos pudieron llenar. La poquita agua que se agarró la reciclamos, corriendo el riesgo de agarrar una enfermedad”, agregó Yalitza*, vecina del kilómetro 10.
Zonas afectadas
Desde hace tres meses, diversas comunidades entre los kilómetros 6 y 16 se han visto afectadas por el racionamiento de agua. Ese tramo abarca sectores como El Táchira, Lomas de Oro, Bicentenario, Los Molinos, Cultura, Los Haticos, El Cafetal, Panorama, Luis Hurtado, Monte Alto e Iberoamericano.
En todo este tiempo, voceros de los consejos comunales han atribuido la escasez a una una falla del sistema de bombeo de Vista Alegre, una estación clave que impulsa el agua desde el suroeste de Caracas hacia las zonas altas de la ciudad. Hasta la fecha, la avería solo ha recibido atención parcial por parte de Hidrocapital.
Recientemente, la empresa estatal anunció que la avería había sido resuelta en un 70 %. Sin embargo, cinco días después el ministro de Aguas —la cartera gubernamental encargada de la gestión hídrica en Venezuela— informó en un video que la bomba volvió a presentar fallas.
El suministro, advirtió, continuaría siendo intermitente mientras se reanudaban los trabajos. A esto se suma un nuevo plan de racionamiento por kilómetro —una estrategia implementada desde hace más de 10 años que busca distribuir el agua por tramos de la parroquia, con horarios específicos— que amenaza con agravar aún más la situación.
“Esto es una odisea de verdad y siempre vivimos en desesperación porque el agua siempre es importante para mantener limpia la casa, cocinar, lavar, es decir, para todo. Uno ve en la vía principal, La Yaguara, cómo se bota el agua. Pero sí lo dejan a uno por cuatro meses sin el servicio”,
indicó José, conocido vecino del sector.
José, quien también es comerciante en la zona, adelantó que la comunidad se ha organizado para hacer protestas pacíficas. Estas incluirán el cierre de la vía principal. “Ya esta sequía no la aguantamos más, requerimos soluciones”.
Entre pipotes, quejas reclamos y promesas incumplidas, el reclamo por el agua revela algo más profundo que una tubería dañada: la erosión de la confianza en las instituciones, en las soluciones oficiales y en la idea misma de que un servicio público debe ser eso, público.
En cada protesta, los gritos de los vecinos no solo piden agua; también piden ser escuchados.
(*) La información de esta nota incluye aportes de fuentes que solicitaron anonimato por motivos de seguridad. Crónica Uno garantiza la protección de su identidad.
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