La parroquia El Junquito sufre una crítica escasez de agua desde hace un mes, con racionamientos que obligan a sus habitantes a comprar cisternas. Esta crisis, atribuida a una falla en el sistema de bombeo, impacta la salud, paraliza economías locales y contrasta con el servicio regular de parroquias vecinas.

Caracas. El aire se vuelve más fresco a medida que se asciende por la vía hacia El Junquito, al suroeste de la ciudad, pero ese mismo contraste resalta la dureza de la vida de sus habitantes. Desde hace un mes, la parroquia enfrenta un racionamiento de agua que ha transformado por completo la dinámica de los hogares.

En el kilómetro 11, Alejandra, vecina de la zona desde hace siete años, siente de cerca la crisis: en su casa conviven siete personas y, con un solo tanque de 2000 litros, el agua se administra como un recurso sagrado, por eso racionan hasta la última gota.

“Ya tenemos un mes sin agua. Aquí siempre hay problemas con este servicio, según esta vez es porque se dañó el sistema de bombeo, pero ni el Gobierno da soluciones”, lamentó durante una entrevista con Crónica Uno.

De acuerdo con los distintos consejos comunales y vecinos, la causa radica en una falla del sistema de bombeo de Vista Alegre que, hasta ahora, solo ha recibido una atención parcial por parte de las autoridades de la Hidrológica de la Región Capital, C. A. (Hidrocapital) — empresa estatal encargada de distribuir el agua potable en Caracas—.

El Observatorio Venezolano de Servicios Públicos, una organización independiente que recopila datos sobre los servicios básicos en Venezuela, reporta que apenas 27 % de los venezolanos recibe agua por tubería de manera regular, y que un 9 % solo dispone del servicio una vez al mes.

Ante esta irregularidad, varios vecinos de El Junquito recurren a almacenar agua de lluvia o a comprar cisternas cada quince días para abastecerse.

Una crisis que trastoca la salud y la economía

La escasez ha trastocado las rutinas y golpea directamente la salud familiar. La madre de Alejandra, quien tiene una colostomía —procedimiento quirúrgico que requiere el uso constante de agua para la higiene del paciente—, requiere un suministro constante de agua para su higiene personal.

La falta del servicio la obligó a mudarse a casa de su otra hija en Catia, en busca de mayor comodidad y para permitirle a Alejandra ahorrar el agua que le queda.

La misma situación se repite en otros hogares. La ausencia de agua también limita la capacidad de los vecinos para trabajar y generar ingresos. Yohana* por ejemplo, tuvo que detener por más de una semana la producción de sus palmeras artesanales. La razón es sencilla: sin agua en su casa, no puede mantener limpia la fábrica. El lugar necesita higiene constante para cumplir normas de seguridad y calidad.

Para retomar su actividad, Yohana* se ve obligada a comprar cisternas cada quince días. No obstante, ese gasto de 20 dólares por 2000 litros, admite, no siempre entra en su presupuesto mensual. La cifra es casi imposible de pagar en un país donde el salario mínimo equivale a menos de 1 dólar mensual y el acceso a divisas se ha vuelto cada vez escaso en los últimos seis meses.

“Uno trabaja para comprar cisternas porque aunque a la comunidad por la parte alta sí le llega, aquí en la casa no. Entonces muchas veces los vecinos que tienen otras tomas me pasan la manguera”,

dijo.

Esta realidad coincide con los reportes de Monitor Ciudad, organización dedicada a monitorear los servicios públicos. De acuerdo con sus datos, la compra de cisternas se ha convertido en una alternativa habitual para 60 % de los caraqueños. Este gasto que golpea fuertemente la economía familiar.

Promesas que se diluyen

La rutina de los habitantes de El Junquito está marcada por la intermitencia del servicio,caracterizada por cortes frecuentes y periodos prolongados sin agua. Aunque los vecinos de la urbanización El Panorama, en el kilómetro 11, deberían recibir agua tres días a la semana, la realidad es otra: apenas llega una vez cada 15 días, y eso si el sistema de bombeo no presenta nuevas fallas.

Pese a los anuncios de “soluciones contundentes”, la situación sigue sin mejorar. En agosto de 2023, la alcaldesa del Municipio Libertador, Carmen Meléndez, prometió la sustitución de una tubería en La Yaguara —conducto que transporta agua desde la planta de tratamiento hasta varias parroquias— que, según afirmó en la red social X, beneficiaría a más de 73.000 familias de Antímano y El Junquito. Sin embargo, los resultados hasta ahora han sido decepcionantes.

Más recientemente, el ministro de Atención de las Aguas, Carlos Mast Yustiz, encabezó una asamblea con los vecinos para definir una Agenda Concreta de Acción (ACA) —plan oficial para mejorar el servicio de agua en la zona— destinada a optimizar el servicio. Aun así, los residentes no perciben cambios.

Milagros*, habitante del kilómetro 8, confirma que, pese a las supuestas reparaciones e instalación de nuevas tuberías, el suministro sigue siendo irregular y las promesas oficiales no llegan al grifo de su casa.

 “Antes el agua llegaba todos los fines de semana, incluso días entre semana. Pero últimamente duramos hasta dos meses sin agua”, detalló.

Servicio regular

Mientras en El Junquito la escasez es evidente, a pocos kilómetros la situación es completamente distinta. Maritza, residente de la parroquia Antímano, afirma que el servicio funciona con normalidad desde hace varios meses.

“Aquí llega toda la semana, dos días por las 24 horas. Hace unos meses tuvimos unos problemas, pero se solucionaron. De hecho, la mesa técnica del agua mantiene una comunicación constante con las autoridades para resolver cualquier eventualidad”,

sostuvo.

Este contraste refleja la desigualdad en el acceso a los servicios básicos en Caracas. Diferencia marcada entre parroquias cercanas donde el servicio es regular y zonas más alejadas donde la escasez persiste. Aunque parroquias cercanas como Carapita y Antímano cuentan con un suministro relativamente estable, los más de 15 kilómetros de El Junquito siguen padeciendo la escasez.

El 18 de septiembre pasado se informó, a través de los grupos comunitarios, que la avería en el sistema de bombeo de Vista Alegre había sido reparada en un 70 %. Sin embargo, esa promesa no se ha cumplido.

A ello se suma un nuevo plan de racionamiento por kilómetro —estrategia que distribuye agua según tramos de la parroquia, con horarios específicos— que amenaza con agravar la situación.

 “Ahora es más rudo el racionamiento porque lo van a habilitar por días y es mentira que en dos días se surten todas las comunidades de un kilómetro”, añadió un vecino.

Un mes después del inicio de la avería, los grifos de El Junquito siguen secos. En las calles quedan los rastros de los tobos y mangueras que cada vecino utiliza en su lucha diaria, imágenes que muestran la rutina de quienes deben almacenar y transportar agua para sobrevivir.

Los tanques vacíos son el testimonio mudo de una esperanza que se esfumó, y las promesas oficiales corrieron la misma suerte, evaporadas en el viento frío que baja de la montaña.

(*) La información de esta nota incluye aportes de fuentes que solicitaron anonimato por motivos de seguridad. Crónica Uno garantiza la protección de su identidad.

Lea también:

La falta de mantenimiento de árboles aumenta el riesgo de caídas y apagones en Caracas