El director de Venebarómetro y consultor político afirma que la abstención no es el único problema al que se enfrentarán los candidatos de la oposición, como el intento de Gobierno de desbalancear aún más a la MUD.

Caracas. A estas alturas ya puede resultar un tanto ocioso debatir sobre la conveniencia o no de presentar candidatos a las elecciones regionales: es una decisión tomada. Y lo es desde hace mucho tiempo. Edgard Gutiérrez, director de Venebarómetro y consultor político, asegura que nunca hubo dudas al respecto, al menos en los cuadros directivos de los partidos: Sus candidatos tenían ya años preparando su participación, a partir del día siguiente a las elecciones parlamentarias de 2015. Su concurrencia a este proceso electoral ya estaba decidida y los pocos debates que vimos en el seno de algunas organizaciones —que los hubo—, ya tenían un resultado claro antes de iniciarse.

El problema con esto es de otra naturaleza:Lo que nunca se tuvo fue la capacidad de anticipación. Nunca se preparó el terreno para decir de manera unificada y por parte de todos los principales voceros: ‘aunque se instale la Constituyente, participaremos’. Esa abstención que pulula como un fantasma y que aterroriza a los candidatos, tiene buena parte de su origen en esa incapacidad. Y esa falta de motivación por parte de los votantes, esas ganas de “castigar”, en efecto, podría resultar devastadora. Pero no es lo único. 

¿Que los partidos de oposición hayan aceptado ir a elecciones regionales constituye un error o no?

—Vamos al fondo del asunto. Participar o no participar en estas elecciones, lo repetiré hasta el cansancio, no puede verse como un fin en sí mismo. No es algo absoluto. Hace tiempo, cuando este debate apenas empezaba, yo me decanté por no participar sin ningún tipo de garantías pues todo eso quedó pulverizado el 30 de julio. Tanto, que hoy prácticamente 7 de cada 10 venezolanos consideran que las elecciones en Venezuela son fraudulentas. Había que construir, entre otras cosas, un mínimo frente para lograr que estas elecciones se dieran en otras condiciones y mucho de lo que ha pasado desde el 1° de agosto es que los actores opositores han reforzado el marco estratégico que ha planteado el oficialismo. Solo me bastaría recordar que los partidos de la MUD estuvieron más ocupados en las denuncias de fraude en las primarias, que de exigir la fecha de realización de los comicios. Ni siquiera en esto que ahora conocemos como una “fase de exploración de una eventual negociación” se incluye el tema de las regionales. Eso del “vamos, como sea” tiene sus límites, sobre todo si los resultados que esperas no se materializan. Y eso no es tan difícil que pase como muchos creen.

Ya a estas alturas, el debate parece no tener mucho sentido, pues la corriente dominante es la ruta de la participación. Prácticamente hay unanimidad entre los electores de oposición a que debe concurrirse. Ya veremos cómo terminan sucediendo las cosas. Mi única reflexión es que en dictadura, los métodos de lucha cambian y lo que puede parecer obvio y normal, en regímenes de esta naturaleza a veces no lo es. Todo depende de lo que vas a hacer después y en otros terrenos. Aún no sabemos cuál será la ruta después del 16 de octubre. A eso algunos le llaman estrategia política. Hay quienes piensan que estas elecciones alteran significativamente el balance de poder, yo me cuento entre quienes piensan que no es así.

Los partidos que se negaron a presentar candidatos, ¿tenían alguna oportunidad real de participar como opción con posibilidad de triunfo?

—Es probable que no, pero habría que examinar los casos particulares. Quienes repiten esa idea casi siempre la usan para descalificar y no debaten el fondo de los argumentos presentados por quienes están en una posición contraria. La discusión siempre termina en un ad hominem: “Este no participa porque no tiene los votos”. Es algo muy similar a lo que hacen algunas personas que suelen llamar “antipolítica” a todo lo que no es parte del mainstream. Lo que termina sucediendo en el fondo es que se etiqueta de antipolítica a cualquier cosa que se parezca a una reacción o crítica a las posturas y decisiones erradas que han tenido los políticos.

¿Cuál es el escenario o los escenarios que quedarían planteados si la oposición no participa en las regionales?

—Aún falta agua por correr debajo del puente. En este momento como dije, la posición dominante es participar, pero quedan tres semanas más de “tormento” en las que pueden ocurrir —y seguramente ocurrirán— más desafíos para la oposición y su participación en el proceso de las regionales.

Luce bastante obvio que el régimen intentará sacar aún más de balance a la MUD. ¿Habrá más inhabilitaciones? ¿Finalmente se exigirá el reconocimiento por parte de los candidatos a la ANC? Todo eso está en la mesa. Algo que quizá hay que plantearse con seriedad y tener capacidad de anticipación, es que muy cerca del 15-O y visto un eventual resultado adverso para el oficialismo, se decida suspender el proceso electoral seguramente por cualquier razón achacada a un ataque imperial, al billete de 100 bolívares o cualquier nueva teoría conspirativa. Ahí quedas exactamente igual a como estabas antes de empezar: sin elecciones, con un régimen que coarta tus libertades y una mega crisis socioeconómica; pero esta vez —en el corto plazo— con menos capacidad de articular protestas de calle o manifestaciones.

¿Qué escenarios o recursos te quedan? pues anclarte más en la estrategia de la presión internacional, mientras aplicas resistencia en lo nacional. Eventualmente, la protesta, tarde o temprano —si las circunstancias se mantienen— volverá. Estructuralmente nada ha cambiado y las mismas razones que provocaron la explosión de abril-julio se mantienen. Quizá lo que cambien sean los actores. Ya veremos.

El rechazo a las regionales, ¿es más ruido de Twitter que realidad palpable?

—Es un ruido que yo no despreciaría ni subestimaría a priori. Es una consecuencia de la crisis de coherencia comunicacional de la oposición. Eso no es un invento. Ese descontento está ahí y lo que convendría hacer es no ignorarlo ni descalificarlo. En el mundo político, siempre se argumenta que “Twitter no es Venezuela” y que no hay que hacerle caso a los “guerreros del teclado”, pero lo curioso es que casi siempre están pendientes de cuántos likes, retuits y views generan sus contenidos.

Lo primero que diría es que antes de descalificar, hay que leer, dimensionar e interpretar esos mensajes. Por supuesto que hay bots y trolls, pero en las redes la inmensa mayoría es gente de verdad que expresa sus opiniones. De acuerdo con cifras del Venebarómetro en 2017, en Venezuela 43 % del electorado dice ser usuario de Twitter: esas son casi nueve millones de personas, mientras 59 % dice que es usuario de Facebook (casi 12 millones de personas). Entonces, por supuesto que hay gente que está ahí que necesitas para lograr tu meta (ganar las elecciones) y no para patearla. Esa abstención que hoy le quita el sueño a los political insiders también tiene una causa: el repetido desprecio por sus electores propios. Bien valdría que en las comunicaciones orientadas a lograr mayor participación, en vez de regañar se buscara generar empatía. 

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—Depende del estado del cual hablemos. Esta no es una elección nacional aunque tiene implicaciones políticas de esa magnitud. A comienzos de este año, previo al estallido de abril, los sondeos nacionales —que no sirven para pronosticar resultados por estado— indicaban que había una ventaja de 29 puntos de los candidatos opositores sobre los candidatos del oficialismo y hoy ese spread es de 24; aunque en la región de Los Llanos la situación era favorable a comienzos de año para los opositores y hoy ha cambiado a favor del oficialismo. Que esta distancia nacional se haya recortado, como dije antes, no significa mucho en términos estadales y pudiera incluso decirse que fue lo mismo que pasó entre junio y octubre de 2015 para las parlamentarias: la brecha se redujo, pero igual la oposición ganó con claridad. 

Siempre se puede inferir que en estados como Portuguesa, Cojedes, Delta Amacuro, Trujillo y Guárico la competencia será mucho más reñida que en los estados más grandes como en Zulia, Miranda, Carabobo, Lara o Táchira. Es obvio que la oposición parte con ventaja en la mayoría de los estados. Por ejemplo, en el Zulia, Guanipa —antes de la primaria que lo convirtió en el candidato oficial de la MUD—, aventajaba a Arias por 27 puntos; pero luego hay que aplicar factores como la asimetría comunicacional, la abstención, la movilización, los candidatos que dividen —así sea un 1 %— que no hacen que esto luzca tan fácil como parece. Hay que decirlo hasta el cansancio: las encuestas no ganan elecciones. Ahí también hay un error comunicacional de principiantes, la gerencia de las expectativas.

He visto como irresponsablemente se habla de 18 ó 20 gobernaciones seguras para la MUD. Así que cualquier cosa que no sea ese número puede ser vista como una derrota, cuando lo hay que decir es que se dará la lucha en todos los estados sin perspectivas grandilocuentes. Si lo logras, muy bien.

Ahora bien, falta el punto de fondo: la posibilidad de fraude, tal y como y ocurrió el 30J. Eso alteraría ese eventual mapa regional y pondría la discusión en otras coordenadas.

Sobre la “gerencia de expectativas”: el discurso usual de los líderes de la oposición tiende a vender la idea de momentos decisivos, cambios drásticos, la hora más oscura que ya comenzará a clarear… ¿Es inevitable en política plantear las cosas de esa manera para generar entusiasmo? ¿Seguimos dependiendo de lo emocional?

—No conozco la primera campaña que tenga un candidato que diga que vaya a perder; pero siempre puedes entusiasmar a los tuyos sin decir que vas a arrasar. Por el contrario, cuando estableces esa narrativa lo que haces es darle argumentos a tus partidarios para que se desmovilicen porque “su voto no hace falta” y siempre, siempre, todos los votos hacen falta. En el famoso plebiscito del 16J a alguien se le ocurrió la magnífica idea de vender que irían 11 millones de personas y cuando se dijo que participaron 7,6 millones, muchos se decepcionaron: esa es la receta perfecta para convertir una victoria en derrota.

Fíjate que en 2015 se fue más comedido y cuando se supo que era mayoría calificada, el efecto fue demoledor. En este contexto particular con condiciones tan extraordinarias, lo que debería imperar es una comunicación que implante un marco narrativo diferente, diciendo por ejemplo: “cada voto cuenta” 

Tal como lo hacía Chávez, ahora Maduro se perfila como la figura de la campaña por las gobernaciones, como el “portaaviones”. En ese sentido es muy evidente que Maduro no es Chávez, ¿esta estrategia perjudica o favorece a los candidatos del oficialismo?

—Lo único que podría decir es que me encantaría que Maduro lo hiciera. Sería de gran ayuda… 

¿El submarino Maduro?

Solo hay una figura más impopular que Maduro en la política venezolana: Diosdado Cabello. Y ya eso es decir bastante. Maduro tiene el terrible privilegio de contar con el rechazo de las dos terceras partes del electorado. En lo único que puede ayudar a sus candidatos es con los propios electores del chavismo, que no son suficientes para ganar en la mayoría de los estados.

¿De aquí al 15 de octubre el peor enemigo de la oposición es la abstención?

—La abstención es un desafío relevante, pero no el único. Lo primero que debería entenderse es que las elecciones de gobernador nunca han movido a la gente como sí lo hacen las presidenciales y eso ya plantea una no concurrencia estructural. También otro reto es el intentar cerrar de verdad sus heridas internas, que las hay y en algunos casos, profundas. No es solo hacer esas ruedas de prensa en las que se dice “unidad, unidad, unidad”, porque en algunos casos inmediatamente viene el “síndrome de los brazos caídos” para que el que otro pierda. Algo similar a lo que ocurrió en Zulia en diciembre de 2012 cuando Rosales le sacó la alfombra a Pablo Pérez y Arias fue gobernador. Acá cabe preguntarse cómo jugará Un Nuevo Tiempo en esta ocasión cuando su única plaza segura la perdieron en las primarias. ¿Hay tiempo suficiente para eso? No lo sé. Otro desafío clave es, de hecho para mí el más importante, anticiparse al fraude y eso supone un esfuerzo organizativo incluso mayor al hecho el 6 de diciembre de 2015.

Sin embargo, los peores enemigos siguen siendo los mismos de siempre. La falta de unidad más allá de lo electoral y el exceso de electoralismo. Eso se podrá ver con más claridad el 16 de octubre o bien, si el chavismo sale con sus consabidos trucos en estos días que faltan.

¿El diálogo y la manipulación que se hace en torno a ese proceso, constituye un factor que impulsa a la abstención?

—Todo lo que contribuya a enredar a la oposición será ganancia para el oficialismo. Eso es un principio estratégico fundamental de este tablero. Sin embargo, salvo que ocurra algo bastante desagradable e inesperado de acá al 15 de octubre, no parece haber evidencia que sustente que ese factor está elevando la abstención. Lo que yo sí intentaría —en el plano táctico es minimizar e inclusive evitar al máximo posible que se hable sobre el diálogo. Y Miraflores hará exactamente lo contrario. Veremos cuánta disciplina habrá en el mensaje opositor.

¿Qué lectura se le podría dar a una elevada abstención? ¿No demostraría eso, dadas las circunstancias del país y la historia reciente, inmadurez política y exceso de emocionalidad?

—Hoy la abstención ronda aproximadamente entre 45 y 50 % de la población electoral. Quizá pueda disminuir en las próximas semanas, pero eso dependerá de la campaña y de la capacidad de motivar a la gente. No veo en este momento un clima como el vivido en 2015 —porque evidentemente las circunstancias y el contexto son totalmente distintos—, en el que se logró plebiscitar la elección y por eso se contó con una participación elevada que estuvo cerca del 70 % de concurrencia. Un 50 % de abstención no sería muy distinto a lo que la historia de los procesos electorales regionales marca en Venezuela y en este momento no veo que ninguno de los dos actores puedan mover el mismo o mayor caudal electoral al que movilizaron cada uno por separado en diciembre de 2015. Pero acá de lo que se trata no es principalmente de mover más gente a nivel nacional, sino de ganar más gobernaciones. Todo eso claro está, si el CNE dice lo que de verdad suceda en las urnas.

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Ha mencionado varias veces el factor fraude en las regionales. Hasta ahora el único fraude del que se ha tenido evidencia clara es el que se hizo a sí mismo el Gobierno con la elección de la ANC. ¿No se puede confiar en la capacidad de los partidos de oposición en estas lides?

—Orgánica y electoralmente, la oposición es más fuerte en unos estados que otros y esa fortaleza también viene significada por las brechas que es capaz de obtener de acuerdo con su caudal electoral: mientras haya más diferencias a tu favor, es más difícil que te hagan fraude. Es por eso que no se puede comparar el músculo organizativo que se tiene en Miranda o Carabobo con el que se tiene en Portuguesa o en Cojedes. Y dentro de los propios estados no es lo mismo el manejo de los centros urbanos que la periferia más rural.

Es ahí cuando cobra sentido el mayor despliegue de tu padrón electoral y no solo eso, sino que sean capaces de resistir a todas las adversidades y desmanes que ya sabíamos que existen pero que ahora —y sobre todo post 30J— se magnificarán. No estoy en capacidad de decirte si están todos en todas partes, pero lo mínimo para lo que se debe estar preparado es para una elección —si es que Maduro no decide suspenderla para volver a mover el tablero o bien evitarse una nueva catástrofe electoral—, que será la más sucia que hayamos conocido en los últimos tiempos: todos los antecedentes recientes así lo corroboran. El CNE ya perdió el poco pudor que le quedaba.

Foto: Cortesía



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