El agua estaba verde y se veía espesa. El fondo de la pequeña fosa de concreto no se apreciaba. Aun así, dos infantes hacían piruetas. La niña sacudía su cabello húmedo y varón escupía sin desagrado el agua que involuntariamente tragó cuando se metió de cabeza en la fuente.

Caracas. Llegaron como si nada. Con sus bolsitas guindando de los hombros, se sentaron en uno de los bancos y disimulaban que conversaban, mientras el varón (no mayor de 9 años) se despojaba de la franela, los zapatos y las medias. La niña, un poco más grande, solo se quitó los zapatos. Y al cabo de unos minutos estaban sentados en el borde de una de las cuatro fuentes de la plaza El Venezolano.

Eran las 11:00 a.m. y la fuerza del sol prometía buen tiempo. Los bancos, en su mayoría, estaban vacíos precisamente porque el cielo estaba despejado y no muchos aguantaban la inclemencia del “catire”. Pero igual la plaza estaba concurrida.

El par de muchachitos, sin importar las miradas curiosas y hasta de asco de mucha gente, se zambulleron en la fuente.

El agua estaba verde y se veía espesa. El fondo de la pequeña represa de concreto no se apreciaba. Aun así, ambos comenzaron a hacer piruetas. Ella sacudía su cabello húmedo y él escupía sin desagrado el agua que involuntariamente tragó cuando se metió de cabeza en la fuente.

Con el nado informal de los pequeños, el agua comenzó a moverse –como levantando pequeñas olas–. A ratos traspasaba el borde, generando pequeños charcos cerca de los asientos. Reían desinhibidos y vigilantes siempre de sus mudas de ropa.

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Otros dos niños, también entre siete y nueve años se acercaron y no ocultaban las ganas de querer hacer lo mismo. “Son de un urbanismo –de la Misión Vivienda– que está por aquí cerca”, dijo una de las mujeres que contemplaba la escena. “Los he visto otras veces”.

El niño, a pesar de que estaba divirtiéndose, estaba atento a todo lo que ocurría a su alrededor. Incluso le comentó a su compañera que le estaban tomando fotos. Igual veía a ratos hacia el puesto de la Guardia Nacional dispuesto en la entrada del paseo Linares. Sabía que en cualquier momento los iban a sacar de la fuente. Por eso no perdieron ni un segundo y se zambullían una y otra vez.

La plaza El Venezolano, ubicada en San Jacinto, fue declarada Monumento Histórico Nacional el 17 de octubre del año 1977.  Destaca por el Reloj de Sol construido en mármol por iniciativa de Alejandro von Humboldt, en 1802. Aunque también tiene añadidos recientes como el Obelisco rojo y negro construido en 2010, con motivo del bicentenario de la Independencia, que rompe con el aspecto colonial de la plaza.

plaza El Venezolano
Foto: Mabel Sarmiento Garmendia

Nada de eso saben los dos niños que usaban una de las cuatro fuentes como piscina. En el sitio no hay guardia patrimonial que impida este tipo de uso, no solo por ser un bien cultural, sino además porque eso implica severos riesgos sanitarios, por un lado y, por el otro, porque se trata de una fosa con instalaciones eléctricas, con bombillos y bombas de agua.

En octubre de 2018 en la plaza se hizo un trabajo de rehabilitación, que incluyó el rescate de las cuatro fuentes que presentaban filtraciones. Para diciembre de ese año relumbraban con el brillo de las luces y las decoraciones navideñas.

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Este año, dicen los quienes hacen vida en los alrededores, no se ha hecho mantenimiento a los espejos de agua. Y ese par de muchachitos le dan el uso que más se ajusta a sus necesidades. No solo se bañaron –con agua sucia eso sí–, también enjuagaron las ropas que se veían igual de curtidas.

Al cabo de media hora salieron como si nada. El varón, aún sin camisa, pero ya con su short seco, jugaba metras con otro niño a un costado de la plaza. Esta vez estaba más cerca de uno de los uniformados.

Su travesura no pasó a mayores. Nadie se inmutó, la mayoría de las personas los ignoró. De seguro el día de mañana vuelven a zambullirse. Lo harán también en otra plaza. Quizás si el parque interactivo de agua, ubicado dos cuadras más allá, en la plaza Diego Ibarra, inaugurado en 2017, estuviera en funcionamiento, este este par de pequeñines disfrutaría al máximo y no estarían sumergidos en el riesgo que implica meterse en el agua estancada de las fuentes de la plaza El Venezolano. Esos eran 1.442 metros cuadrados que habían quedado residual después de la reinauguración de la plaza Diego Ibarra en 2011 y en donde muchos niños, hasta bien entrada la tarde, gozaban en medio de los chorros que salía del piso con presión.


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