Comerciantes expropiados del centro no vieron ni un centavo de la indemnización

20180424 Negocios expropiados en el centro

19 locales de piñaterías, ubicados en San Jacinto, fueron cerrados sin previo aviso. Cerca de 400 empleados quedaron cesantes por mucho tiempo. Muy pocos lograron levantarse y en lo que por décadas fueron las casas de las piñatas, se levanta con firmeza un cascarón vacío. Solo parapetearon las fachadas.

Caracas. Comerciantes expropiados hace nueve meses por la Alcaldía de Caracas quedaron «por fuera como la guayabera». El gobierno de Érika Farías no les pagó ni medio. Unos se fueron del país y otros, haciendo de tripas corazones, se levantaron. Ahora pagan alquileres en dólares y tratan de sobrellevar la crisis provocada por la hiperinflación.

El 24 de abril de 2018, 19 negocios bajaron sus santamarías, dejando cesantes a cerca de 400 trabajadores. La notificación les llegó el 20 de ese mismo mes, y en la misma se leía que “todas aquellas personas que se crean con derecho de propiedad sobre siete inmuebles ubicados entre las avenidas Sur, esquina de San Jacinto a Traposo, con Pasaje Linares de la avenida Universidad, en las adyacencias de la plaza El Venezolano… fueron declarados expropiados por causa de utilidad pública o social y ocupación temporal”.

La medida no tuvo aviso previo. No hubo espacio para la negociación. Nos dieron 24 horas. Nos dijeron que tenían los camiones para sacar la mercancía y los depósitos para llevarlas. Le comenté a mi esposo que saliéramos. Tengo dos hijos y no me iba a exponer tanto. Afuera del local teníamos 40 integrantes de los llamados colectivos, dijo una de las afectadas, que por medidas de seguridad pidió reserva de su identidad. “No solo por eso, sino porque uno se está levantando poco a poco y uno no sabe”.

Ella y su esposo lograron salir al paso. Sacaron todos los productos de piñatería y artículos para cumpleaños. Alquilaron un espacio mucho más pequeño, y siguieron con el negocio de la familia.

Yo tenía 20 años con mi esposo con las piñatas, pero esta era una tienda que vendía ramas y montes que tenía más de 70 años. Era un comercio familiar y nos lo expropiaron, no pagaron nada, no ofrecieron nada y ahí están esos espacios sin uso, comentó.

Con ánimo y mirando poco a poco el pasado, lo recuerda como una mala jugada de la que pronto saldrán.

Desde donde está, ve parte de la cuadrícula del Paseo Linares. Las casas de la manzana que exhibían piñatas coloridas, bombas y era frecuentada por payasos y por toda la sociedad caraqueña, hoy son un cascarón vacío.

Solo las fachadas fueron remodeladas y se les restituyeron algunos aires coloniales. Resaltaron sus balcones y, para las festividades navideñas, las dos cuadras de empedrado vistieron un juego de luces ambientando los espacios, que sirvieron de escenario a quienes todas las tardes se acercaban para hacerse selfies.

Más allá de eso, no hay mayor avance en la remodelación. Puertas adentro —pedazos de madera pintados de blanco— hay escombros. No hay siquiera un techo corrido que proteja toda la manzana que fue expropiada, a excepción de Café Páramo.

Un toldo de la GNB dispuesto en un lateral de la plaza San Jacinto con avenida Universidad está “cuidando” los espacios. El único movimiento de obreros se ve donde alguna vez funcionó el restaurante La Atarraya, un negocio con más de 60 años de historia y de referencia culinaria en el centro de la ciudad. 31 empelados quedaron en el aire luego de su cierre.

En medio de todo lo que se desataba en ese momento, muchos de los expropiados entendían la importancia patrimonial, lo que no los convencía era el fin. Nunca estuvo claro, no han hecho nada ahí. Siempre se dijo que era para mejorar la cuadra. Pero sabemos que eso está lleno de árabes, ellos son los que en ocasiones entran y salen de los negocios. También la gente de Páramo Café. Se rumoreó que extenderían ese comercio. De hecho, lo levantaron en el antiguo hotel León de Oro, también parte del patrimonio municipal, comentó Giovanni —se le reserva el nombre completo— también afectado por la medida, y quien pudo alquilar un local por los alrededores pagado en dólares.

Aquí tratamos de sostenernos, pero no es fácil, uno se siente rodeado, está muy cerca el oficialismo, están allá afuera, aquí llegan sus concentraciones y marchas. Esos días son difíciles, no sabemos si abrir o cerrar. Nosotros pagamos 5000 dólares por el arrendamiento, pero otros se tuvieron que ir del país. Quedaríamos unos seis comerciantes, señaló.

Lo que dijo Giovanni lo comentó también Sonia Lantigua. Su local de tres pisos, abarrotado de cuanto artículo de piñatería podía existir, se convirtió en escombros en menos de una semana. Sacó todo lo que pudo en camiones. Hubo mercancía pequeña que durante el desalojo se le perdió y dañó.

Ella y su esposo, Daniel García, estuvieron atentos a lo que la Alcaldía disponía. Les ofrecieron unos locales en los sótanos de Parque Central y en algunas “tomas” del centro.

Ninguno apto para comenzar a trabajar. Y para no dejar en el abismo el negocio familiar, decidieron alquilar un local en La Marrón. Les cobraron un depósito de 4000 dólares —monto que ahora se está revisando— mientras el comercio se sostiene día a día, “y librando que no haya problemas aquí en el centro. La semana pasada no abrí dos días seguidos y eso no es bueno en medio de esta crisis”.

Ninguno de los expropiados aceptó irse a los sótanos de Parque Central. Mucho menos a las invasiones. Tampoco avalaron que expropiaran a los comerciantes de las Torres de El Silencio para que los instalaran.

“Nos dijeron que si queríamos, nos fuéramos. Que resolviéramos y eso fue lo que hicimos los que nos quedamos”, indicó.

El espacio en el que estuvieron por años los negocios de piñatería se inserta dentro del Conjunto Urbano de San Francisco, declarado Bien de Interés Cultural en la Gaceta 36.762 del 11 de agosto de 1999. Sin embargo, hoy en día no hay nada en concreto que le devuelva la utilidad pública. Quienes salieron, conservan la esperanza de regresar.


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