La memoria artística de la zona norte pareciera solo importarles a quienes conviven con ella en los espacios que la albergan. Obras de Soto, Cruz-Diez y Reverón sufren los embates de organismos públicos que se quedaron sin presupuesto, y actualmente están en peligro por la deficiente labor de preservación.

Barcelona. Para los amantes del arte es difícil imaginar el Museo del Louvre o el Museo del Prado, patrimonios de París y Madrid respectivamente, sucumbir en el tiempo por falta de mantenimiento o algo quizás más doloroso: la ignorancia de sus responsables acerca del valor que representan estos espacios para sus ciudades. Por la desidia, están en peligro el Ateneo de Barcelona y el Museo de Anzoátegui.

Salvando las distancias, en Barcelona, estado Anzoátegui, están enclavados dos espacios que, si bien no se asemejan, por su magnitud, al Louvre o El Prado, alberga piezas con un valor incalculable, en especial si se trata de nombres como Carlos Cruz-Diez, Jesús Soto, Jacobo Borges y Armando Reverón.

El Ateneo Miguel Otero Silva y el Museo de Anzoátegui son dos instituciones hermanas que también sufren los embates de la crisis que azota a Venezuela.

Sus trabajadores parten de la tesis de que los espacios “parecen no importarles a nadie”, más cuando no gozan de un presupuesto y son ellos quienes tienen que sacar de sus bolsillos o, en el caso más extremo, pedir colaboraciones para poder comprar un poco de cloro o desinfectante y así, por lo menos, hacer la limpieza.

Tanto el ateneo como el museo están lejos de ser recintos que cumplen los requerimientos mínimos para albergar obras de arte. Filtraciones, humedad, inseguridad, déficit de personal, atraso tecnológico, falta de aire acondicionado e, incluso, algo tan básico como un extintor de incendios es lo más notorio que se encuentra una vez se ingresa en ellos.

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Los trabajadores del Ateneo de Barcelona hacen aportes para mantener la institución abierta. Foto: José Camacho

Joel Hernández, coordinador del Ateneo de Barcelona, refiere que las necesidades del espacio son tan absurdas que la falta de presupuesto los ha dejado sin siquiera poder comprar lápices. Dice que, además del aporte que hacen los trabajadores, las visitas guiadas también proveen contribuciones que ayudan a mantener sus puertas abiertas.

Las obras de arte de (Jesús) Soto, (Carlos) Cruz-Diez, (Armando) Reverón y (Jacobo) Borges nosotros las tenemos en custodia, porque en sí estas deberían estar en el Museo Anzoátegui, pero ellos están en peores condiciones que nosotros. Aquí no tenemos aire para poder mantenerlas bajo la temperatura ideal, el sistema de iluminación es precario, pero los trabajadores batallamos para poder conservarlas y evitar lo más posible su deterioro”, indica.

El Ateneo Miguel Otero Silva es una casa colonial de dos pisos que fue donada a la ciudad en 1972 por la familia Otero y desde entonces sirve como centro de arte. En su época de esplendor sus puertas abrían a las 8:00 de la mañana y cerraban a las 4:00 de la tarde. Hoy, explica Hernández, tienen que cerrar a las 12:00 del mediodía por la inseguridad y la falta de agua.

En 2006 este espacio fue sometido a varios trabajos de reparación, pero desde la fecha no se ha realizado más nada. Hemos sido víctimas del hampa y damos gracias a Dios porque los delincuentes ignoran el valor de las obras y solo se han llevado mobiliario, como computadoras. Nosotros aquí damos un cuido básico, porque carecemos de restauradores o especialistas que realicen el chequeo de las obras y hagan el mantenimiento adecuado. Hace años que quitaron el presupuesto y dicen que para el año que viene se contará con uno, agrega.

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El Ateneo Miguel Otero Silva no cuenta con las exigencias mínimas para resguardar las obras que alberga. Foto: José Camacho

Edermina Figuera es promotora cultural del Ateneo de Barcelona, sostiene que ella junto con el resto de mujeres que laboran en la institución “hacen de todo” para no dejarla morir.

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“Nosotros, si tenemos que poner un bombillo, lo hacemos; si hay que pintar, lo hacemos; pero ya no nos damos abasto. Carecemos de muchas cosas, como alumbrado, vigilancia policial, aire acondicionado. Esto en la temporada de calor es un horno y eso le hace daño a las obras”, lamenta Figuera.

Los seis trabajadores del ateneo sueñan con que el espacio cumpla las exigencias mínimas para ser un museo y aspiran a que, si se concreta la asignación de un presupuesto, además de exhibir obras, puedan darle vida y evitar que el tiempo y la falta de mantenimiento acaben con el espacio.

Un tesoro a punto de fallecer

Ya el lugar donde está enclavado el Museo Anzoátegui (Musan) es un tesoro en sí de la Barcelona colonial. La casa, según un folleto que se reparte a los visitantes, tiene más de 300 años, desde que el primer teniente gobernador del territorio, don Pedro de Mesones, la fundó en 1671.

Poco más de tres siglos después, filtraciones, humedad, desgaste de las paredes debido al alto nivel freático y poco mantenimiento dan la bienvenida a un espacio que, antes de convertirse en “Casa de las Bellas Artes”, albergó en sus alcobas a personajes como José Antonio Páez, Antonio Guzmán Blanco y Cipriano Castro.

Al igual que el ateneo y la Biblioteca Pública Central de Barcelona, el Musan tampoco cuenta con un presupuesto que le permita hacer frente al deterioro producto del paso del tiempo.

Gricelda Araguache, encargada del museo, sostiene que la primera víctima de la falta de mantenimiento ha sido la sala principal, la cual decidieron cerrar, pues no está en condiciones para exposiciones permanentes.

El depósito no está en condiciones. Tenemos las obras acomodadas, pero no como deberían estar o como indica la norma. El nivel freático de la casa y la humedad son perennes. No contamos con deshumidificadores para controlar este aspecto, y las obras sufren por ello. Nosotros estamos desasistidos por todos lados”, señala.

Araguache afirma que la institución guarda en sus espacios la colección más grande de imaginería colonial de los siglos XVII y XVIII talladas en madera policromada, 152 piezas donadas por el escritor Alfredo Armas Alfonzo, con las que en 1969 se inauguró el recinto como museo y que hoy, debido a la escasez de presupuesto, se encuentran recibiendo humedad, polvo y expuestas en un espacio no superior a cinco metros de largo por tres de ancho.

Ocho personas, cuatro obreros y cuatro administrativos somos los que laboramos aquí y hacemos de todo. Esta institución guarda el patrimonio cultural del estado. Hay una colección etnográfica que muestra la evolución de Barcelona desde la época colonial hasta la actualidad, y todo eso está en peligro”, advierte.

Pese a estar a escasos 20 metros de la sede de la Alcaldía de Barcelona, el recinto no ha escapado a los embates de la delincuencia. Araguache relata que en la última incursión del hampa, la sala audiovisual fue desmantelada y se llevaron seis computadores con toda la información del museo.

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Ustedes afirman que carecen de presupuesto y muchas cosas, como trabajadores. ¿Qué sienten al ver que son marginados y estas piezas sufren porque a los responsables de garantizar su preservación parece no importarles?

—Impotencia y tristeza. Cómo es posible que a una institución tan importante como esta, que guarda la historia de la ciudad, no se le preste la atención necesaria. A todos nos duele cómo esto se deteriora sin que le preocupe a nadie. Esto requiere urgentemente de una inversión. Esto no es de un partido u otro, es del pueblo.

La necesidad más imperativa que requiere solución es la restauración total del techo. El comején ha devorado gran parte de la estructura de adobe y bahareque que sirve de cobijo. En 2006 se hizo un trabajo en el techo del traspatio de la vieja casona, pero el comején hizo de las suyas y se está cayendo.

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El comején ha devorado gran parte de la estructura. Foto: José Camacho

Aquí vino la gente de Sevigea (Instituto de Vivienda), estuvo evaluando y nos preguntaron cuál era la necesidad puntual y dijimos que el techo. Se piensa mudar estos espacios a una vieja casona que se está restaurando en la calle Bolívar de Barcelona, pero esos trabajos están paralizados”, señala.

En ambas instituciones el clamor es el mismo, invitan a las autoridades a meterle el pecho a la cultura. Son conscientes de que en el país hay necesidades primarias, pero indican que si el Gobierno nacional tiene dinero para hacer plazas (como la que construyen en la avenida 5 de Julio de Barcelona), debería también existir recursos para preservar la memoria cultural de la ciudad.


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