José Miguel Ferrer tiene 22 años de edad y 17 viviendo en Caracas. Aunque nació en un pueblito a 15 minutos de San Cristóbal, se siente más caraqueño que tachirense. Esto no es un impedimento para seguir respetando y queriendo sus raíces culturares de Táchira. En el aniversario 453 de Caracas, Crónica.Uno cuenta su historia.

Caracas. En uno de los cientos de autobuses que salieron en el año 2003 de San Cristóbal del Táchira hacia Caracas estaban Nubia y su hijo de seis años de edad, José Miguel. El viaje no era de visita. Estaban a 14 horas y media de empezar una nueva vida en la ciudad. En la maleta, llevaban la ropa que entró, y en el corazón, las ganas de conseguir mejores oportunidades. 

No era una migración por necesidad. En Táchira estaban económicamente estables. Vivían en Palmira, un pueblito del municipio Guásimos, a 15 minutos de San Cristóbal. Nubia era visitadora médica y estaba por terminar la carrera de Publicidad y Mercadeo, pero quería ampliar sus posibilidades profesionales. Sentía que le podía ir mejor. Ya se había separado del papá de José Miguel, así que decidió vivir en Caracas.

Y entonces llegaron a la ciudad donde recae todo. Se instalaron en la casa de su hermana, Tibisay, en la avenida Sucre de Catia, al oeste de Caracas. Diecisiete años después, José Miguel recuerda que cuando comenzó su vida en la capital, se dio cuenta de que la dinámica era muy distinta. Era una ciudad fragmentada por zonas, y cada lugar tenía una comunicación particular. Hubo un choque entre la calma a la que estaba acostumbrado en Palmira y el caos caraqueño.

Catia era como un puente. Venezolanos que vivían en Táchira, Mérida y Trujillo también empezaron sus vidas en esta zona popular. Entonces, la niñez de José Miguel se desarrolló en un ambiente en el que se mantenían muchos referentes de su vida en San Cristóbal: la música, los familiares y el acento.

En un principio no se me quitaba el acento. Luego lo asimilé como una parte muy importante de mi identidad, expresó José Miguel. De pequeño, el acento denotaba un cambio en el trato de los caraqueños hacia él. El gocho, le decían cuando lo escuchaban hablar. Con el paso de los años, ya es más difícil que hable con el «cantadito» particular de los tachirenses. Mantiene algunas palabras como toche y buseta.

Nubia comenzó a trabajar y a José Miguel le tocó empezar a aprender a moverse solo. Tuvo que conocer la ciudad, saber cómo se mueve, sus dinámicas. Saber que era peligrosa, pero entender qué lugar y personas en verdad representaban el riesgo. Fueron años de adaptación.

De esos días recuerda cuando caminaba por la avenida Morán, que atraviesa parte de la parroquia San Juan y Sucre, para practicar fútbol en la Cota 905. Veía personas en situación de calle cuando iba a pie a su colegio, o cuando casi lo roban en la camionetica. Son experiencias que, en ese momento, no temía porque que no entendía bien por qué ocurrían.

José Miguel se siente más caraqueño que tachirense. Eso no significa que no mantenga y valore sus raíces culturales. Pero es que, todos sus códigos de relación y todo lo que reconoce como sitio de vivencia es en Caracas. Siente que puede viajar a San Cristóbal por tres meses y, después, se aburre. No se ve haciendo vida allá. Está acostumbrado al caos citadino.

De Táchira tengo mis raíces, mi familia. De Caracas, mi crecimiento. En definitiva, una armonía, dijo.

Ya está por terminar la carrera de Letras en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Uno de los regalos más lindo que también le dio la ciudad. Es amante de la lectura y de la escritura, especialmente de narrativas. Ahora vive en Terrazas de Guaicoco, en el municipio Sucre. Durante los primeros semestres experimentó el amargo sabor del Metro de Caracas. Salía de Antímano a las 7:00 p. m. y llegaba a Palo Verde a las 9:00 p. m.

Caminó Caracas de noche. Descubrió que en la sensación de peligro puede haber un equilibrio entre saber en dónde vive sin ahogarse en el temor. José Miguel sabe que hay sitios peligrosos, sí, pero que igualmente la vida sigue existiendo en ese lugar.

La inseguridad tocó su puerta varias veces. La que recuerda con más pánico fue una tarde de febrero de 2020. Decidió ir a tomarse cerveza con unos amigos en El Paraíso, entre risas y un buen rato, se pasó el tiempo hasta las 10:30 p. m. Se despidieron en la entrada del negocio y cada quien tomó su rumbo. José Miguel quedó en llevar a una amiga hasta su casa.

En eso, los interceptó una camioneta blanca. Los individuos les dijeron que eran funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc). Les quitaron sus teléfonos y la cartera. Los mandaron a montarse en el carro y ahí les dieron vueltas por al menos hora y media mientras les hacían preguntas sobre la ocupación de sus padres, dónde vivían, dónde estudiaban. Después, los dejaron botados en la calle. Por suerte, no les hicieron daño.

Quizás eso me pasó por sentirme excesivamente confiado en una ciudad en la que uno tiene que reconocerse en el peligro, lamentó.

En contraste, los momentos buenos han sido muchos. Su momento favorito es manejar por la Cota Mil escuchando música y ver la ciudad de largo a largo. Notar que Caracas tiene desniveles muy extraños, pero al mismo tiempo se compenetra. Ver el amanecer, ver el atardecer.  A Caracas la mantengo en la nostalgia porque vive este mal momento, recalcó José Miguel.

Amigos, estudios, anécdotas, amores, sueños y temores. Todo eso se lo dio Caracas a José Miguel. Una ciudad que lo adoptó, y que él adoptó como suya, así que le dedica Radio Capital de La Vida Boheme en este aniversario 453.

Foto: Fabiana Rondón.


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