La película de Mariana Rondón y Marité Ugas está basada en la novela La hija de la española. La trama sigue a Adelaida, una mujer en duelo que, tras ser desalojada de su hogar, se ve forzada a usurpar una identidad para sobrevivir en una Venezuela hostil.
Caracas. Adelaida está de luto. No le importa lo que está a su alrededor. Su madre acaba de morir y las calles de Caracas son un hervidero. Es el año 2027 y las protestas son cada vez más hostiles en contra del gobierno.
Así comienza Aún es de noche en Caracas, la película protagonizada por Natalia Reyes; una obra con una clara intención de denuncia sobre la tragedia venezolana, especialmente de los años de mayor convulsión.
Cuando parece que no hay mayor vacío, la realidad de Adelaida se vuelve añicos cuando su apartamento es invadido por un grupo liderado por La Mariscala (Sheila Monterola), ferviente seguidora del oficialismo que administra la entrega de alimentos de las cajas Clap.
El personaje es desalojado por la fuerza. Todavía más deriva en una vida que no encuentra razón. Sin casa busca refugio en una vecina amiga, a quien encuentra muerta. Decide entonces usurpar su identidad.
Dirigida por Mariana Rondón y Marité Ugas, la obra es de esos largometrajes que buscan desde la ficción registrar la convulsión venezolana del siglo XXI.

Disponible en Netflix, la obra posee una estética casi que emula los escenarios post apocalípticos, una vida sin color porque la realidad no está a la altura de las aspiraciones, Aún es de noche en Caracas acierta en un planteamiento sin aceras libres de probidad. Además, vale acotar el acierto de las realizadoras en presentar estructuras opresivas, como ocurrió con la maravilla de Pelo malo (2013) o más recientemente Zafari (2025).
Es cierto que la película se basa en los estereotipos. ¿Pero qué película no lo hace? El cine de Hollywood está repleto de ellos, un detalle que pasa inadvertido en los comentarios de películas sobre mafias, pandillas y narcotraficantes de Nueva York, Los Ángeles o Boston. Ahora bien, cuando existen en el cine hecho por venezolanos, suele haber un especial subrayado a esta categorización.
Es una reacción natural al sentirse encasillado en una dicotomía limitada, pero también una advertencia: nosotros mismos podemos caer en lecturas superficiales ante realidades tan complejas. Entonces, hay que saltar adelante para no ser confundido con un juez improvisado. Es un tema en el que nadie puede lanzar la primera piedra.
Sobre la caracterización de la protagonista y La Mariscala, hay que ser cauteloso. Porque hay quienes ponen a Adelaida como una figura incólume, pero no le calza. Pues así como el personaje de Sheila Monterola genera rechazo por tomar un apartamento a la fuerza, no hay que olvidar que Adelaida no tiene reparo en lanzar un cadáver por la ventana y también, a su manera, buscar una supervivencia en un espacio que no es el suyo.
Y es ahí dónde está una intención de complejizar las reacciones humanas en tiempos hostiles. Se diluyen las líneas morales. Y las autoras quieren presentar al final a ambas como víctimas de un sistema.

A diferencia del protagonista de Simón, que genera mayor empatía por ser víctima en todo momento y mantenerse firme ante la adversidad, en Aún es de noche en Caracas Adelaida decepciona cuando estábamos preparados para empatizar con ella.
Y eso no está mal, porque la adversidad no siempre es respondida de manera pulcra por todos, y la ficción es un espacio para presentar esos universos de la complejidad humana, como hizo Venecos de John Robertson, una película que también generó controversia por el retrato retorcido de la diáspora.
Sin embargo, el cortocircuito de Aún es de noche en Caracas es el poco desarrollo de matices. Pues la película, al querer enunciar todo aspecto de la situación venezolana, se olvida del viaje de sus personajes para concentrarse en la exclamación de su denuncia. Por eso incluso los secundarios no son más que elementos para revelar detalles que no siempre enaltecen la trama.
Basada en la novela La hija de la española, de Karina Sainz Borgo, Aún es de noche en Caracas se pierde en mostrar a sus personajes en una dinámica poco resuelta entre el conflicto interno de la protagonista y el entorno ensordecedor.
Sin embargo, con dos de las autoras más prolíficas del cine nacional, la película no deja de generar curiosidad en un público que puede conectar con el devenir de Adelaida, pero que también puede sentir que queda a medias en ese viaje en soledad devastadora.

