La escasez de agua y la crisis económica aumentó el flujo de clientes en el taller de reparación y restauración de plástico, que alcanzó a la tercera generación de Gelvin González.  

Maracaibo. Hace más de 35 años que el taller de los González comenzó en el oeste de la capital del estado Zulia. Los moldes de figuras navideñas para adornar las calles de la avenida Bella Vista durante la Feria de la Chinita y la Navidad, fueron los primeros trabajos que Gelvin González hizo y que le permitieron convertirse en referencia en el trabajo con materiales plásticos y molduras con fibra de vidrio.

Hace tres años Gelvin falleció por complicaciones con la diabetes, pero dejó un legado entre los suyos marcado por su honestidad y trabajo bien hecho. Su ingenio le permitió no solo sustentar a su familia, sino trascender a través de ellos honrando su memoria. Así lo refiere Alexander Finol, de 36 años, quien agradeció que su suegro le haya enseñado este oficio, al que define como un arte cargado de bendiciones.

Herencia familiar

Mientras lijaba un tanque de agua con un pequeño esmeril, Alexander recuerda los inicios de su suegro.

“Esto era antes una especie de bohío de lata, cuatro palos y un techo. Aquí se hicieron los moldes de las primeras figuras navideñas de Maracaibo con fibra de vidrio y hasta caballitos para el parque Grano de Oro”.

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Al taller de los González llegan mas de 30 personas al día para reparar motos, carros, neveras y tanques de agua/Crónica.Uno

Por la bondad de González, él pudo aprender el arte de la reparación, porque en medio de la pandemia cerró la empresa donde trabajaba.

“Me dijo que me viniera para acá a trabajar con él. Yo tengo tres hijos, así que sin pensarlo aproveché la oportunidad. Poco a poco fui aprendiendo, con empeño y sigo en el negocio familiar junto a mi cuñado y mi hijo”.

“Aquí hacemos de todo”

Los trabajos que se hacen hoy en el pequeño taller ubicado en sector Cuatricentenario son muy diferentes a los inicios. La crisis de agua en la capital zuliana abrió paso a la reparación de tanques ante el inconstante flujo del servicio por tubería.

“La falta de agua hizo que la gente comenzara a traer sus tanques a reparar porque es más barato repararlo que comprar uno nuevo. Entonces comenzamos a trabajar con plástico. Hoy es la mayor demanda que tenemos”, explica.

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Alexander derrite trozos de plástico de otros tanques que tiene de repuesto para sellar fracturas y huecos de los que le piden reparar/Crónica.Uno

También el auge de las motos y los lamentables choques que hay a diario, hacen que cada vez llegue más gente a reparar sus motos o parachoques de vehículos.

“Aquí llegan con los parachoques destrozados, nosotros, con plástico fundido del mismo material, resina y malla restauramos la pieza y quedan como nuevas; es un trabajo garantizado”, dice Alexander mientras se toma un descanso.

El arte de la reparación

La minuciosidad es una cualidad esencial, según Alexander, para lograr un trabajo de calidad. Explica que para la reparación de los tanques se debe trabajar lijando y luego fundiendo el mismo plástico con un cautín artesanal que mantiene al rojo vivo en una especie de reverbero. Los trabajos tienen un año de garantía.

“La reparación se hace por dentro y por fuera. Aplicamos la resina epóxica para sellar los poros, luego se mezcla la resina con talco industrial y se hace una pasta, una masilla que se une a un catalizador que hace que se ponga dura y se lo aplicamos al tanque. Si el daño es muy grave, usamos una tela de fibra para sellar por completo”, explica.  

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El trabajo es garantizado y se hace de manera completamente artesanal, con materiales de calidad/Crónica.Uno

Cuando a las comunidades de la parroquia Francisco Eugenio Bustamante les llega el servicio de agua por tubería, reciben hasta 15 tanques en esos días para reparar en el taller.

“Antes, si a una persona se le dañaba un tanque compraba otro, ahora prefieren reparar porque es más barato. Un tanque plástico, dependiendo de la capacidad, cuesta entre 260 y 280 dólares y nosotros lo reparamos en 15 dólares, si el trabajo es mínimo y el máximo en 20 dólares, porque lo más caro es la resina”, explica Alexander.

Dos trabajos para sobrevivir

Actualmente Alexander recuperó su trabajo anterior y ahora alterna su rutina. “Finalmente volví a mi empresa y como trabajo por turnos, cuando me toca allá no vengo para acá y así tengo los dos empleos. Igual el taller se abre porque queda mi cuñado Geralvin y mi hijo mayor Fabián, que también aprendió a trabajar el plástico”, indica.

Llega al taller de restauración de plástico a las 8:00 a. m. y cierra a las 3:00 p.m. “porque como este trabajo implica estar pegado en el fogón, después de almuerzo se siente mucho la fatiga laboral y metido dentro de los tanques con el humo y los olores, no es fácil”, explica.

En la empresa cumple guardias de 24 horas, pero eso no lo detiene porque luego de su jornada llega a casa, se cambia y se integra a su familia en el taller.

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Las extensas horas de trabajo son para el padre de familia una bendición que aprovecha para hacerle frente a la crisis económica/Crónica.Uno

“Ese es mi ritmo de trabajo, aquí gano más, pero en la empresa tengo otros beneficios y así bandeo la situación. Solo descansamos los domingos, se los dedicamos al servicio del Señor, porque somos cristianos, pero el lunes estamos activos de nuevo”, cuenta entre risas.

Un legado que permanece

Dar forma y reparar piezas, y ayudar al que lo necesite, aunque no tenga con qué pagar es parte del legado que sembró el señor Gelvin y Alexander repite que siempre estará agradecido por ser parte de ello.  

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El ingenio forma parte del taller de restauración de plástico de los González y se cultiva día a día entre trabajo, hermandad y legado/Crónica.Uno

“Nosotros sabemos cómo es la realidad porque también la vivimos, por eso no le negamos ayuda a nadie. A veces llegan padres de familia o ancianas que no tienen para pagar la reparación, así que tal y como nos enseñó mi suegro, nosotros hacemos lo mismo. Hay gente que nos paga con arepas, o lo que pueda. Este es un trabajo muy bonito, es una bendición, por eso sigo aquí”, sentencia.

Fabián, el hijo mayor de Alexander, se prepara académicamente como ingeniero mecánico, pero ya aprendió el oficio junto a su padre y su tío para ser la tercera generación que con ingenio y disciplina, continúe con el legado de su abuelo. 

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