Aunque organismos internacionales y firmas consultoras proyectan que la economía nacional crecerá 6 % este 2026, en las calles el optimismo no se siente. La inflación, los sueldos congelados, el colapso de los servicios públicos y la falta de crédito ahogan el consumo e impiden que los dólares del “rebote” lleguen a los bolsillos de la mayoría.

Caracas. Las gráficas macroeconómicas marcan números positivos en los despachos oficiales, pero al cruzar la puerta de la calle la narrativa es muy distinta. Firmas privadas y organismos internacionales calculan que el Producto Interno Bruto (PIB) de Venezuela cerrará 2026 con un crecimiento promedio de 6 %, una cifra que pondría al país entre los de mayor expansión en América del Sur.

Según el Fondo Monetario Internacional (FMI) de toda la región solo Guyana superará ese desempeño con un vertiginoso 22,3 %, por encima del tímido 2,3 % del promedio latinoamericano.

Sin embargo, mientras el Ejecutivo y el sector empresarial celebran el dinamismo de los índices, la ilusión se desvanece al entrar a los hogares. La presión de los precios y la brecha cambiaría entre el dólar oficial y el paralelo pulveriza el poder de compra y paraliza el consumo. En la práctica, la gran mayoría no siente ningún alivio en su día a día.

Economía venezolana
Foto: Crónica Uno

El debate del crecimiento

Para Asdrúbal Oliveros, economista y socio director de Summa Consulting, estas estimaciones hay que leerlas con lupa y prudencia. La razón principal es el hondo hueco del que se intenta salir: el hundimiento acumulado de 80 % que sufrió la economía entre 2013 y 2021.

“Tras una contracción acumulada cercana a 75 %-80 % del PIB entre 2013 y 2021, cualquier crecimiento en puntos porcentuales representa un rebote marginal en términos absolutos respecto al tamaño que llegó a tener la economía venezolana”.

Oliveros recalcó que este repunte no toca a todos por igual: se concentra fuertemente en el sector petrolero, hidrocarburos, comercio y servicios, primordialmente en grandes urbes como Caracas, Valencia, Maracaibo o Barquisimeto.

“El crecimiento es desigual y no permea aún de manera uniforme al resto del aparato productivo, la industria manufactura o el consumo masivo generalizado. Aunque hemos visto un aumento del consumo, este se focaliza en los grandes centros urbanos”, apuntó durante su intervención en la asamblea de Fedecámaras.

Añadió que para sostener ritmos de crecimiento de entre 5 % y 7 % a largo plazo, sin tropezar de nuevo, el país necesita urgentemente flexibilizar el encaje legal para reabrir el crédito bancario, garantizar seguridad jurídica y reestructurar la deuda externa.

transacciones e intercambios
Foto: Luis Morillo

Inflación de tres dígitos

Los pronósticos internacionales reiteran que, aunque las industrias muestren signos de vida, la inflación galopante y la constante depreciación actúan como un “impuesto silencioso” sobre la gente.

A la par, la escalada de precios de bienes y servicios —incluso en divisas— devora cualquier ajuste puntual en los presupuestos familiares. El resultado es el mismo: el dinero no rinde y las familias se quedan estancadas o retroceden, sin que las estimaciones macro se traduzcan en bienestar.

El FMI proyecta que la inflación venezolana cerrará 2026 en 467,9 % y bajará a 174 % en 2027. Por su parte, la firma Oikos prevé una subida de precios de entre 290 % y 300 %, mientras que Summa Consulting la sitúa en 361 %.

Sobre la diferencia de cotización entre el dólar oficial y el paralelo, los analistas estiman que la brecha podría rondar 10 % a fin de año, pero advierten que esto dependerá de si el Banco Central de Venezuela (BCV) sostiene las inyecciones de divisas a la banca y el control del gasto público.

Estancamiento laboral e informalidad

La otra traba que frena la llegada del dinero a las familias es la distorsión salarial, resentida con mayor dureza en la administración pública y en los comercios formales que dependen del bolsillo local.

A pesar de las promesas de reactivación, las remuneraciones quedan muy por debajo de lo necesario para cubrir la canasta básica, calculada en 974,48 dólares por Cedice Libertad.

Esta realidad empuja a una economía de rebusque. La gran masa trabajadora termina refugiada en el comercio informal o en empleos precarios de baja productividad, donde cualquier sacudida del mercado dinamita sus ingresos.

De este modo, los dólares que entran y la bonanza de los grandes comercios quedan atrapados en un círculo muy estrecho. El capital no gotea de forma automática hacia los sueldos ni a la calidad de vida de los trabajadores.

Guayaneses adaptan sus rutinas ante el colapso de servicios públicos
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Falla de los servicios públicos

A las carencias del mercado laboral se suman las fallas de los servicios básicos. La falta constante de electricidad, agua, combustible y transporte impone una carrera de obstáculos y costos extra para pequeños comerciantes, emprendedores y vecinos.

En lugar de destinar ingresos a mejorar sus negocios o contratar personal, las micro y pequeñas empresas deben gastar sus pocos recursos en plantas eléctricas, cisternas o traslados.

Sin crédito bancario, y golpeadas por el deterioro de los servicios públicos, las pequeñas y medianas empresas quedan atadas de manos para invertir a largo plazo, lo cual limita su capacidad para generar puestos de trabajo estables y con salarios dignos.

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