Muchachas viajan desde otros estados del país porque llega a sus oídos que en esta ciudad minera del estado Bolívar van a ganar mucho dinero. Así le pasó a Carolina, de 26 años, quien es de Valencia.

Tumeremo/Bolívar. El hotel donde vive Carolina —nombre ficticio para proteger su identidad— da miedo. Es una casa muy antigua, bastante grande, que acondicionaron para que las prostitutas pasaran la noche con sus clientes.

En las mañanas las sábanas blancas están afuera de las habitaciones porque las meten en la lavadora, el olor a suavizante lo delata. Es solitario, por eso genera desconfianza en quienes entran y no conocen el lugar, aunque los dueños, al observar la presencia de extraños, salen con una mirada intimidante a preguntar qué necesitan.

Queda en una esquina de Tumeremo, municipio Sifontes del estado Bolívar, justo al lado de un bar forrado con papel muy oscuro. De día, Carolina y sus amigas se sientan en la acera de enfrente, enseñando sus piernas y senos para captar algún cliente. Ninguna pasa de 26 años.

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En este hotel vive Carolina, con varias prostitutas más

Sus ojos estaban pintados con sombra azul y no combinaban con la camiseta roja, que usaba con una mini falda de blue jean. El intenso calor de mediodía la llevó a recogerse el cabello negro en una cola y se aligeró el paso con unas sandalias bajas para andar por las calles.

Carolina, con 26 años, tiene ocho meses trabajando en Tumeremo. Antes era empleada en una zapatería de Valencia, estado Carabobo, pero como la plata no le alcanzaba buscó otra alternativa. Se enteró de que en esta zona minera se movía el dinero y se mudó.

Su familia no sabe que es prostituta. Ante los ojos de su mamá se desempeña como cocinera en las minas y con eso puede mantener a su hija, de siete años, quien vive con su abuela en El Tigre, estado Anzoátegui. El resto de sus compañeras dijeron lo mismo a sus parientes, ya que ninguna es de la zona.

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Según testimonios, prostitutas han sido amenazadas por antisociales por no tener relaciones sexuales sin protección

“Le dije que me iba con una amiga a las minas de Tumeremo a cocinar. Pero prefiero quedarme en la ciudad porque en las minas no hay señal y así puedo llamar todos los días a mi mamá para que no sospeche”, dijo riendo con sus otras amigas, que escuchaban su testimonio.

Pasó varios días en los yacimientos pero le dio paludismo —epidemia que azota el estado Bolívar según la Sociedad Venezolana de Salud Pública Red Defendamos la Epidemiología— y estuvo muy mal. En vista de esto optó por no ir más aunque allí se haga más dinero.

Oficio que se paga caro

Ese hotel de rejas blancas, con aspecto de pensión, es su casa. Paga 8.000 bolívares por la noche y ahí también atiende a sus clientes, a quienes les cobra 10.000 bolívares por un rato y 30.000 cuando quieren amanecer con ella(s).

“He pasado cuatro días sin trabajo, a veces el movimiento no es tan bueno como dentro de las minas. Los fines de semana se mueven más, aunque cuando pasó la masacre [en la cual asesinaron a 17 mineros] fue duro porque no teníamos trabajo”, hablaba rápidamente y luego volteaba la cara tapándose con las manos, creyendo que le tomarían una foto.

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Las muchachas se sientan durante el día frente al hotel para captar clientes

Una mujer morena y de contextura gruesa es quien las cuida. Tiene años dedicándose a eso, según Carolina, sin cobrarles nada. Al ver que las muchachas se reían nerviosamente mientras hablaban con los reporteros de Crónica.Uno, se acercó intimidante, a ver qué sucedía. Como no percibió peligro siguió su camino, después de que las chicas la presentaran.

La joven explicó que aunque gana mucho dinero también lo gasta. A diario puede invertir 15.000 bolívares entre hotel y comidas: “Un plato aquí es carísimo. Si me demoro una noche en pagar la habitación la dueña puede ser comprensiva, porque sabe que no siempre tenemos días buenos”.

Aunque tiene varias amigas, está sola y corre el riesgo de ser agredida por algún antisocial como el resto de las chicas. Detalló que hay sujetos que entran al hotel, drogados o borrachos, exigiendo tener sexo sin preservativo.

“A muchas de aquí las han intentado hasta matar porque no aceptan hacerlo sin condón aunque les paguen más”, soltó, poniendo un poco serias sus emociones, único momento en el cual dejó de reír.

Muchachas en peligro

Un minero —quien prefirió resguardar su identidad— sostuvo que en los yacimientos a veces maltratan a las prostitutas. Agregó que hay funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) que las obligan a acostarse con ellos sin pagar. “Si uno se antoja de alguna de ellas, deben acceder”.

Trabajadores y habitantes manifestaron, extraoficialmente, que la prostitución es un oficio muy común entre jovencitas que no son del estado Bolívar.

“Hay muchas de Valencia, de Acarigua, Maracaibo o Caracas. Y he visto de Colombia y Brasil. Si un extranjero se enamora de una de ellas, le paga 15 gramas de oro para que duerma con él por dos semanas, o el tiempo que esté en la mina”, destacó el minero.

En las minas suelen encontrarse en las «corrutelas», unos bares improvisados con tablas de madera, y algunos tienen cuartos para que atiendan a sus clientes.

Lisbeth Guevara, quien realmente es cocinera, las ha visto. Describió que casi todas son chamitas y provienen de otros estados del país: “Dicen que cuando la cosa está dura se van a montar en sus tacones. Hay muchas que tienen buen cuerpo, se reconocen a simple vista y sabes que no son cocineras de verdad. Si la mina está buena sacan dinero, sino deben esperar”.

Un habitante de Tumeremo añadió que además de que se apoderaron de todos los hoteles, pueden verse en bares o en esquinas: “Son como tres tendencias que se dan aquí, en los hoteles, en bares o sino se paran en la calle”.

Fotos: Cheché Díaz


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