Donatella Martínez tiene 18 años y llegó hace tres a Caracas. Buscó a unos familiares en Las Mayas y cuando descubrieron que se vestía de mujer la amenazaron con matarla.

Caracas. La primera vez que salí vestida de mujer fue el último día que estuve en Las Mayas. La familia con la que vivía me dijo que ellos eran unas personas serias y respetadas, y que me podían hasta matar. En ese momento me di cuenta de que una chica trans no puede estar en el barrio.

Así comienza a narrar varios episodios de su vida Donatella Martínez, quien a los 14 años —aún vestida como un varón— decidió subirse a una gandola y salir de Guárico.

Allá usaba camisas de niño, aunque siempre trataba de adaptarlas pues me sentía niña. Por eso peleé con mi mamá y me vine. Aquí busqué a unos allegados que tenían casa en Las Mayas y me quedé con ellos. Me comportaba como un hombre para que no se dieran cuenta. A los meses se enteraron de que era transexual y comenzaron los rollos. El día que salí vestida de mujer me botaron de la casa, me dijeron que tenían una reputación de tipos serios y que los perjudicaría en el barrio, relató.

En el sector siempre estaban las miradas, las burlas y los comentarios: Allá va la loca, mira a ese mariquito. Pero no les hacía caso para no buscar problemas porque sabía que podía resultar lastimada. «Una debe cuidarse mucho porque siempre hay alguien que quiere tocarte, pedirte favores y por eso me fui del barrio, dijo.

Antes de salir de Las Mayas, Donatella había dado unas vueltas por la avenida Libertador. Quería saber cómo funcionaba el negocio del trabajo sexual. Ahí conoció a otra trans quien la ayudó a entrar a la plaza. Primero me vistió, me enseñó a caminar, a reconocer lo malo, a quién tratar y a quién no.

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Violencia callejera

Al año de estar en la calle fue abaleada por unos sujetos que se trasladaban en un carro. Como pude llegué hasta un puesto de la GNB y ahí un funcionario me dio una patada en el pecho que me terminó de desmayar. Tenía cuatro tiros en la espalda, uno me rozó la yugular.

Recordó que pidió auxilio hasta que se cansó y vencida por las heridas la ruletearon por varios hospitales. Me llevaron primero al Clínico Universitario, luego a Coche y por último al Pérez Carreño donde estuve un mes casi al borde de la muerte. Lo único que rescato de eso es que vino mi mamá de Guárico y luego de verme así me perdonó y aceptó.

Donatella, quien se resguardaba tras unos lentes oscuros al narrar su historia, por momentos se le quebraba la voz y decía que se le aguaban los ojos. Hay cosas que no digo, es muy doloroso. Pero si los padres y la sociedad entendieran que somos seres humanos, quizá fuéramos menos vulnerables, menos agredidas, no viviéramos en la calle, en la indigencia o en la prostitución.

De lo que ella prefiere no hablar con detalles fueron las veces que estuvo tres días con la maleta en la calle, por ejemplo, cuando la golpearon, cortaron, apuñalaron, extorsionaron o violaron.

Son momentos duros que una trata de no recordar. Pero ese es el día a día, como cuando pagas protección a los malandros para que nos cuiden de los policías, o le cancela una especie de peaje a otra chica para poder trabajar en la esquina. Todo aquí es un riesgo, incluso con las mismas compañeras que son violentas y están en la indigencia. Por eso trato de trabajar menos en la Libertador. Ahora me promociono más por las redes sociales.

Foto y video: Cristian Hernández


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