Oriundo de Táchira, de familia amante de la música, casado con una arpista internacional. Ese es Guiomar, profesor de corno, y quien desde hace 9 años se dedica a contemplar y a cultivar la naturaleza sin mezquindad alguna. Su propósito es compartirla y hacerla perdurable en el tiempo.

Caracas. Guiomar Hernández desde que tiene uso de razón quiso ser músico. No obstante, en el Táchira, donde nació, era una ilusión que muy pocos padres podían costear.

La fuerza por un proyecto de vida lo hizo todo posible. Ingresó en diciembre de 1973 a la Banda Filarmónica Experimental Amable Alfonso Sánchez y formó parte de la Banda Oficial de Conciertos del Táchira, desde octubre de 1976.

Sin duda alguna, daba los primeros pasos que lo convertirían, luego, en uno de los profesores de corno más renombrados del Sistema del maestro José Antonio Abreu.

Fue justo por el año 1976 cuando comenzó a calar la idea de Abreu de hacer pedagogía con la música: este se empeñó en formar profesores en las cátedras de flauta, clarinete y corno que recorrían el país, desde oriente hasta occidente, para instruir al futuro musical venezolano. Organizaban talleres y clases magistrales.

En una de esas visitas del maestro Abreu al Táchira, Guiomar Hernández lo conoció.

Entre La Victoria y la Colonia Tovar recreó un pedacito de su tierra natal: Táchira.

Me invitó a reunirnos, pero en ese entonces era muy difícil ir Caracas. Ese encuentro fue una experiencia abrumadora, emocionante. Estaba invitado por el maestro.

Pasaron muchas cosas por la mente de Hernández, pero las ganas pudieron más y al cabo de varios días ya estaba radicado en Caracas.

Una vez en la capital, el camino fue más ligero porque con los estudios y el empeño pasó a ser integrante de la Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar, del Octeto Académico de Caracas y de la Sinfonietta Caracas, entre otras agrupaciones.

Alzó vuelo

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En su camino, que llegó a cruzar las fronteras, conoció a la arpista de talla internacional Marisela González y así, dos músicos de cabecera, iniciaron un tour personal.

Hernández hace buen uso de su gentilicio andino, pues cuenta con modestia los triunfos alcanzados. “Reconocimientos hay muchos y la satisfacción de ver a los alumnos convertidos en músicos exitosos es algo que engrandece”.

No lleva clavados en la frente esos trofeos, medallas o premios. Es un hombre sencillo. En su casa no hay nada que exhiba los alcances de su carrera, a no ser cuadernos de partituras que de vez en cuando se dejan ver en una mesa, o el arpa de su esposa, que se aprecia desde una ventana de habitación.

Ahora está entregado en cuerpo y alma a un proyecto de vida, que lo único que tiene ligado al corno es el viento.

Administra una posada entre La Victoria y la Colonia Tovar. Es su negocio, pero más allá de la rentabilidad económica que le produce, es algo que —según dice— lo transporta a su Táchira natal y lo mantiene conectado a la familia. El viento, el aire libre, lo atraparon, y entre el verde de las montañas y el sonido de los pájaros, piensa reconstruir los años fuera del hogar.

Construí esta casa precisamente para tener esos encuentros con mi esposa y mis dos hijos, para vivir a plenitud. Las constantes giras fuera del país nos roban momentos de familia. Siempre quise regresar a mi pueblo y encontré este pedazo de tierra, con buen clima, una montaña espectacular que te da paz y tranquilidad.

Fue después que vino la actividad comercial. Desde hace 9 años tiene nueve cuartos, unas cabañas, que alquila a grupos de trabajo, a estudiantes, a organizaciones que buscan retiros naturales, a cursos deportivos y a aprendices de músicos que buscan el contacto con la naturaleza.

Él mismo atiende al público. Desde la entrada los espera con una sonrisa de oreja a oreja. Sirve los platos, todos de corte casero, está pendiente del agua, de la luz, de toda la estadía.

“Aquí es esplendoroso todo. Me encantan estos amaneceres. Es un refugio, desde que me jubilé, esto ha sido reconfortante”.

Más allá del negocio, en ocasiones, él y su esposa organizan talleres en los espacios, pero las limitaciones del transporte han espaciado esos encuentros. Ahora su pasión es la atención al público.

Giomar Hernández, una muestra de Gente Buena, participó con el Octeto Académico de Caracas, una de las agrupaciones con mayor jerarquía en el continente americano, en más de 120 presentaciones internacionales, en festivales y teatros de todo el mundo.

Con su agrupación grabó siete discos compactos y hoy en día son vistos como los músicos de viento que hicieron representaciones únicas de temas populares de Latinoamérica.

Un perro guardián lo acompaña en sus recorridos por la montaña.

Fotos: Mabel Sarmiento Garmendia

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