El doblete sísmico no solo derrumbó paredes: arrebató la rutina de Enmanuel, un adolescente con autismo que desde el 24 de junio vive en una carpa junto a su familia. Su madre, Maryori, lo contiene en el estacionamiento del edificio, donde se instaló un refugio improvisado, mientras aguarda reparaciones que no llegan, con medicamentos vencidos y la incertidumbre de una nueva operación.
Caracas. Han pasado 64 días desde que Maryori Goeti bajó las escaleras con lo que tenía puesto. Tiene 39 años y, desde la tarde del doblete sísmico, su reloj no marca horas sino el eco de los pasos en el cemento, el rumor de las familias que entran y salen, y la respiración entrecortada de su hijo Enmanuel, que repite una y otra vez: “mamá, mamá, pis boom”.
Maryori pasa las horas entre una silla de plástico azul y el interior de una carpa, en el estacionamiento de su edificio, un espacio que los vecinos han bautizado como refugio Fuerza y Razón.
Desde allí observa el ir y venir de las familias, con el cansancio grabado en el rostro. El doblete sísmico provocó daños estructurales en los apartamentos del sexto al segundo piso del edificio al que llamaban hogar. Ante el peligro, el día de los temblores, los residentes bajaron a la intemperie con lo poco que pudieron rescatar. Desde entonces ahí permanecen, como si el tiempo se hubiera detenido.
A su lado está Enmanuel, de 14 años, diagnosticado con autismo moderado e hidrocefalia congénita. La pérdida de su entorno habitual desencadenó una fractura en su comportamiento: el sueño se le niega en ciclos erráticos, la irritabilidad asoma por oleadas, y repite una misma frase sin cesar. Sus dedos recorren, una y otra vez, el vidrio astillado de la tableta que no ha soltado desde aquella tarde del temblor, el 24 de junio pasado.
“No quiero terminar el resto del año en un refugio. Para Enmanuel ha sido muy difícil este cambio de rutina y justo cuando pasó esto yo estaba en planes para ver si requiere una nueva operación”, cuenta Maryori a Crónica Uno mientras intenta calmarlo.

En el estacionamiento, la jornada comienza muy temprano con la colaboración de todos los damnificados para preparar los alimentos o aguardar la ayuda de alguna organización civil. No hay paredes ni silencio. El calor se acumula bajo las lonas al mediodía, y el eco de las conversaciones no cesa durante la noche.
Cinco vidas, una carpa
Para manejar las crisis del adolescente, Maryori solo cuenta con los medicamentos que le recetó hace 15 días la neuróloga del Hospital Pérez Carreño y la paciencia para contenerlo en un espacio de apenas dos metros cuadrados.
La carpa no alberga únicamente a Maryori y Enmanuel. En ese mismo lugar descansan cinco personas: ella y sus cuatro hijos, de 14, 16, 18 y 22 años. Las colchonetas ocupan casi toda la superficie de lona y dejan poco espacio para guardar bolsos, y la ausencia de divisiones dificulta tanto la convivencia diaria como el descanso de la familia.
Alrededor se han instalado otras seis familias, cada una en su propia carpa. Con las tormentas recientes, el agua se filtró y empapó los colchones. Para resguardarse de la lluvia y el frío, los vecinos tuvieron que colocar lonas plásticas adicionales sobre las carpas.

En el refugio Fuerza y Razón, los servicios públicos son limitados. El suministro de agua por tubería no es constante. Cuando llega, los residentes llenan pipotes y botellones para que el agua rinda durante los días de escasez.
Para las necesidades fisiológicas usan baños portátiles donados por organizaciones civiles. Para el aseo, improvisaron un área en la planta baja del edificio, aunque esta se encuentra dentro del perímetro de riesgo estructural.
“Vivir así es muy difícil. Todos los días le pido a Dios que Enmanuel no se me enferme, porque si agarra una gripe o le da fiebre todo se complica, él convulsiona. Por eso solicitamos la ayuda del Estado para que vengan a inspeccionar el edificio, determinen si podemos volver a vivir allí y se hagan las reparaciones pertinentes”,
señala Maryori.
Según estimaciones de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), cerca de 16.000 personas tuvieron que buscar un lugar alternativo donde vivir tras los daños en sus hogares.
El organismo reporta que no todas las familias han conseguido alojamiento. Además, parte de los afectados aún duerme en la calle o en los alrededores de las estructuras dañadas.
Maternidad entre la angustia
Yohana*, de 20 años, sostiene de la mano a su hija de 4 años y carga en brazos a su niño de 2 mientras espera en la fila para recibir donaciones de alimentos no perecederos. Está en el refugio Fuerza y Razón, en el kilómetro 4 de El Junquito. Tiene ocho meses de gestación y, desde el 24 de junio, vive con sus dos hijos, su pareja y su suegra.
Durante las primeras semanas tras el temblor, presentó mareos y fuertes dolores abdominales. Al acudir al médico, le indicaron que los síntomas estaban relacionados con la situación de estrés y la pérdida de su vivienda. Aunque no ha interrumpido sus controles prenatales, teme que las tensiones diarias y las condiciones del refugio adelanten el parto.
Andrea es una de las 36.700 mujeres embarazadas que, según Naciones Unidas, quedaron en medio del terremoto. Pero la estadística se vuelve urgente cuando se desglosa: 4.000 de ellas darán a luz en el próximo mes. Eso son 130 bebés que nacerán cada día en condiciones de riesgo, lejos de la seguridad de un hogar.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) reporta que muchas gestantes, cuidadores y niños viven en refugios temporales con acceso limitado a atención médica prenatal, alimentación nutritiva, agua potable y saneamiento.
Asimismo, señala que los altos niveles de estrés y ansiedad durante el embarazo inciden directamente en el desarrollo cerebral y el sistema inmunitario del feto, además de aumentar el riesgo de partos prematuros o pérdidas espontáneas.
Trabajar, cuidar y resistir
En el refugio Fuerza y Razón el día arranca temprano: quienes tienen empleo o trabajan por cuenta propia salen a sus jornadas para asegurar el sustento diario, mientras otros se quedan a cargo del campamento, la limpieza de las áreas comunes y la vigilancia de las pertenencias.
Rosa* se queda al cuidado de sus dos hijos y de dos sobrinos pequeños, mientras su esposo trabaja en una empresa del Estado. En el estacionamiento, los hermanos mayores asumen la supervisión de los niños, buscan agua o hacen fila cuando llegan entregas de insumos básicos.
Durante la visita de Crónica Uno al lugar, un grupo de voluntarios realizó una jornada con actividades recreativas y atención psicológica para los niños del refugio. Sentados en círculo, los más pequeños pintaron y participaron en dinámicas lúdicas destinadas a manejar el impacto emocional.
“Ver a los niños distraerse y sonreír ayuda, porque ellos absorben toda la angustia de los grandes. Uno sale a trabajar o se queda aquí resolviendo la comida, pero la cabeza siempre está pensando en cómo vamos a salir de esta situación”, relata Rosa mientras observa la actividad desde la entrada de su carpa.

Entre tanto, Maryori aguarda en su silla azul. El edificio sigue en pie, pero su hogar ya no está allí. La vida de Enmanuel cabe en dos metros de lona. Todo lo que construyeron se redujo a escombros, pero aún les queda la esperanza.
(*) La información de esta nota incluye aportes de fuentes que solicitaron anonimato por motivos de seguridad. Crónica Uno garantiza la protección de su identidad.
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