Francisco Javier García Cacique, junto con otros venezolanos, hizo una huelga de hambre en el Centro de Reclusión Antiterrorista de El Salvador mientras estuvieron privados de libertad. En varias oportunidades lo trasladaron a “la isla”, una celda oscura donde lo golpearon funcionarios encapuchados.
Aragua. No puede dormir. Las noches son difíciles para Francisco Javier García Cacique, luego de estar 124 días en el Centro de Reclusión Antiterrorista (Cecot) en El Salvador. Hace casi tres semanas regresó a su casa en Maracay, estado Aragua.
“Mentalmente no me siento bien, no es fácil. Todavía me queda el recuerdo de lo que viví. Quiero arreglar mi vida”, cuenta el joven, de oficio barbero.
Francisco, de 24 años de edad, emigró a Estados Unidos con la intención de ayudar a su familia. Sin embargo, lo detuvieron y lo trasladaron al Cecot luego de que lo involucraran con el Tren de Aragua por sus tatuajes y lugar de origen. No tenía antecedentes penales, tampoco había pruebas en su contra.

“Fue un viaje como de tres horas para llegar a El Salvador. Nosotros empezamos a dudar cuando vimos que los guardias en el avión no eran venezolanos. Pensábamos que íbamos a hacer escala en Honduras, pero nunca nos dejaron subir las ventanas”.
Al llegar al país centroamericano los insultos y maltratos fueron constantes por parte de los funcionarios policiales, quienes los trasladaron hacia la cárcel de máxima seguridad.
“Para montarnos en los autobuses nos dieron golpes y patadas. Cuando llegamos al Cecot escuchamos gritos de los otros venezolanos presos. En ese momento sentí algo feo, mi corazón latía muy rápido, estaba en shock”.
Luego de su liberación –el 19 de julio –, tras el canje de 10 norteamericanos presos en Venezuela por el grupo de migrantes que estaban en El Salvador, Francisco se encuentra en su casa, ubicada en el municipio Giaradot. Aún se adapta luego de estar fuera del país durante siete años.
Su objetivo actual es montar una barbería para ayudar a su madre y a sus cuatro hermanos menores. No piensa migrar otra vez.

Agresiones físicas y psicológicas
Francisco llegó a El Salvador el 16 de marzo junto con un grupo de venezolanos provenientes de Estados Unidos. El presidente norteamericano, Donald Trump, invocó la Ley de Enemigos Extranjeros para enviar a los migrantes hacia el país centroamericano. Y aunque el juez federal, James Boasberg, bloqueó la aplicación de la ley por 14 días, Trump desafió a la justicia y envió el avión al Cecot.
Al ingresar a la megacárcel –símbolo de la ofensiva del mandatario Nayib Bukele contra las pandillas de El Salvador– los oficiales les raparon el cabello. Durante el recorrido hacia las celdas el joven vio cómo golpearon a otros detenidos.
“Tomábamos el agua con la que nos bañábamos para hidratarnos”, añade Francisco. Sus necesidades tenían que hacerlas en frente de los oficiales.
“Hubo un momento en que me desplomé, no podía más porque ya tenía la garganta seca. Le dije a los oficiales que no podía más, pero ellos me daban golpes y me arrastraban por el piso. Fue un infierno”.
Los venezolanos fueron obligados a avanzar de rodillas para recibir atención médica. Sin levantar la mirada. Mientras eran maltratados.

El joven recuerda que los dos primeros meses fueron los más duros, marcados por agresiones físicas y psicológicas de manera constante. En un intento de defenderse los detenidos realizaron huelgas de hambre y motines, como respuesta a los abusos que enfrentaban.
“No teníamos información de lo que pasaba, lo veíamos como un secuestro. Todo lo que hacíamos era para que no nos golpearan más. Siempre vivíamos en una guerra con los custodios”.
“La isla”
En el Cecot los custodios encapuchados golpearon a Francisco en varias ocasiones dentro de un espacio conocido como “la isla”. Es una celda oscura donde los presos permanecían sin ver la luz del día.
“Pensábamos que eran las Maras (Salvatrucha) de tanto maltrato que recibíamos. A mí me metieron en “la isla” porque le saqué filo a una cuchilla y les cortaba el cabello a los venezolanos”.

Granos y arroz era la comida diaria. El menú los cambiaron pocas veces por proteína, cuando alguna autoridad salvadoreña los visitaba.
“Los frijoles eran duros y cuando hicieron el cambio de la comida nos daban un pollo como de plástico. Cuando nos daban proteína era porque venía alguien de ese país. Todo era para la foto, igual cuando nos sacaban a jugar fútbol”.
Regreso a Venezuela
Durante una visita de la Cruz Roja a la prisión de máxima seguridad, los oficiales trasladaron a los venezolanos a los exteriores del penal. Francisco fue el único de su celda que la organización humanitaria identificó, gracias a las denuncias de su madre, quien supo de él tras ver una imagen difundida en redes sociales el día de su llegada a El Salvador.

“Me dijeron que nos visitaban porque nuestras familias querían saber de nosotros. Allí fue cuando les dijimos que nos estaban golpeando, que todo era una fachada y que en realidad vivíamos un infierno”.
Para el maracayero, la visita de la Cruz Roja representó un alivio. Con el paso de los días, oficiales y el personal de salud les aseguraban que pronto serían repatriados a Venezuela.
“Nos empezaron a decir que íbamos entre hoy y mañana, pero cuando llega la noche prendieron todas las luces y llega una autoridad para decirnos que nos vamos. En el aeropuerto nos dicen que sí íbamos a Venezuela. La alegría no fue normal”.
252 venezolanos llegaron al llegar al Aeropuerto Internacional Simón Bolívar el 18 de julio. La familia de Francisco lo recibió al bajarse del avión.
Migración
Francisco Javier migró a Perú en el 2018. «Nunca pensé en irme del país, pero en ese momento tenía una novia y salí de Venezuela por ella. También quería superarme».
Su oficio como barbero le permitió trabajar en varios establecimientos y así ayudar económicamente a su familia.
En el 2023 decide ir a Estados Unidos por la selva del Darién. Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala y México fueron los países que atravesó para llegar a tierras norteamericanas.
“En el proceso migratorio me preguntaron por los tatuajes y si estaba huyendo de mi país. Me sacaron con los papeles migratorios y mi cita con ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, en español) que era en Atlanta”.
Vivió en Texas, donde ejercía su oficio. En el 2024 viaja a Atlanta para su cita con ICE, pero la dirección era errónea y pierde la convocatoria con el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas.
“Luego voy a una oficina en Dallas, pero allí llegué a la boca del lobo. Cuando entrego los papeles los oficiales se fijaron en mis tatuajes y me encerraron en un cuartico para interrogarme. Decían que estaban relacionados con el Tren de Aragua
Francisco tiene 13 tatuajes: una rosa, playa, brújula, un mapa y un dragón. Descarta que guarden relación con la megabanda que operaba desde la cárcel de Tocorón, en Aragua, y se expandió por América del Sur.
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