La falta de mantenimiento gana terreno en distintas áreas del recinto. La maleza crece sin control en varios sectores y la falta de poda es evidente. Más allá del pasto largo, el paisaje se quiebra con la presencia de árboles talados, escombros y terrenos baldíos que lucen secos y con poca vegetación.
Caracas. El Parque Generalísimo Francisco de Miranda, uno de los refugios naturales más importantes de la ciudad, sufre las consecuencias de la falta de inversión y mantenimiento. Lo que nació en 1961 como una joya del paisajismo diseñada por Roberto Burle Marx, ahora sucumbe ante el deterioro.
Los senderos que reciben a miles de visitantes a diario están rodeados de maleza y escombros, mientras la falta de vigilancia facilita el daño a sus instalaciones originales.
La crisis es más evidente en el Lago Carlos Guinand, un espacio emblemático venido a menos. Sus aguas, antes llenas de vida, están turbias y empozadas debido al colapso del sistema de tuberías y a una operatividad limitada. En medio del descuido, la fauna sobrevive con dificultad en un ecosistema menguado ante la insuficiencia de los recursos necesarios para revertir los daños.


Un pulmón herido por la desidia
Durante un recorrido, el equipo de Crónica Uno constató que la falta de mantenimiento gana terreno en distintas áreas del recinto. La maleza crece sin control en varios sectores y la falta de poda es evidente. Más allá del pasto largo, el paisaje se quiebra con la presencia de árboles talados, escombros y terrenos baldíos que lucen secos y con poca vegetación.
Fuentes consultadas por este medio de comunicación aseguraron que el parque subsiste con 50 % de su capacidad operativa. Adjudican esta parálisis parcial a una combinación de factores como: la falta de personal, el colapso del sistema de tuberías y drenajes, y la insuficiencia de recursos financieros. Con déficit de presupuesto y mano de obra, la recuperación de áreas emblemáticas, como el Lago Carlos Guinand, parece una meta lejana.



En una de las áreas de exhibición, un caimán de la costa nada con la mirada fija en los visitantes. En su trayecto, el reptil esquiva hojas secas, ramas viejas y restos de basura que flotan en un agua de tono verdoso. Esta turbidez no solo arruina la estética del lugar, sino que genera dudas entre los visitantes sobre la salubridad y el bienestar de las especies que allí habitan.
La opinión de los usuarios
Carlielis Ruiz es una diseñadora gráfica, de 32 años de edad, que recorre el parque tres veces por semana para cumplir con sus caminatas. Ella asegura que, aunque el espacio se mantiene como una de las mejores opciones para el descanso y el contacto con la naturaleza, el descuido en varias zonas es imposible de ignorar.
“Es una fortuna tener este espacio en la ciudad para desconectar, pero se nota la falta de inversión en el cuidado y mantenimiento y eso que durante la crisis estuvo peor. Cuando era pequeña este parque era una belleza, había hasta un tren que te conducía por todas las instalaciones. Ha desmejorado mucho”, lamentó Ruiz.
Su testimonio coincide con el de otros usuarios, quienes ven con preocupación cómo la desidia gana terreno en los senderos de este refugio natural caraqueños. Renato Bermúdez, un vecino de la zona señala que uno de los principales problemas que afectan al parque es la presencia de zamuros y la inconsciencia de algunos visitantes que deterioran y ensucian las instalaciones.

“Ahora hay muchos zamuros rondando y rompiendo la basura. También hay gente que no cuida y se dedica a destruir. Falta mucha más vigilancia para ponerles freno”.
Del esplendor moderno al olvido
El Parque Generalísimo Francisco de Miranda fue inaugurado en 196, bajo el gobierno del presidente Rómulo Betancourt. Esta obra del paisajista brasileño Roberto Burle Marx nació como un refugio de 83 hectáreas destinado al encuentro ciudadano y el esparcimiento de los caraqueños.

Desde su inauguración el espacio se convirtió en un emblema del urbanismo moderno. En sus mejores tiempos, las familias disfrutaban de una biodiversidad única, distribuida en jardines hidrófilos y xerófilos que simulaban la belleza de los bosques tropicales húmedos.
El diseño original de la infraestructura incluyó un planetario, un aviario, cafeterías, aparcamientos y cinco lagos emblemáticos, entre los que destaca el Carlos Guinand por su antigua población de cisnes y garzas.
Sin embargo, ese espectáculo natural es hoy un simple recuerdo. En sus aguas, ahora degradadas y empozadas, sobreviven apenas unos cuantos patos y algunas garzas que resisten a la contaminación.

Un trabajador del parque, quien solicitó el resguardo de su identidad, explicó que el colapso de la red hídrica impide el paso del agua hacia los lagos y jardines. Esta falla acelera la pérdida de los ecosistemas que diseñó Burle Marx. Ante la crisis, la administración atiende lo urgente para la supervivencia del recinto, pero carece de los medios para reparar los daños estructurales.
El empleado señaló que el saneamiento es la tarea más difícil, pues no tienen mangueras y gran parte del alcantarillado sufre obstrucciones. Según su testimonio, estas labores de mantenimiento requieren un seguimiento constante que no se cumple por la falta de presupuesto y la ausencia de personal suficiente para cubrir las 83 hectáreas.
“Hace un tiempo tuvimos problemas con una infestación de ratas y ahora es con los zamuros que hacen de las suyas. En años anteriores eso también afectó algunas especies del aviario, pero ahora se intenta hacer limpiezas con mayor regularidad, sobre todo los lunes”.
La sequía y las altas temperaturas también causan estragos en la vegetación. En diversas zonas, el verde cedió el paso a extensiones de tierra baldía y follaje seco que evidencian la ausencia de riego constante. La falta de hidratación marchita las áreas verdes y transforma el paisaje en un terreno árido.


En un intento de recuperar las áreas más afectadas, el Instituto Nacional de Parques (Inparques), bajo la tutela del Ministerio para el Ecosocialismo (Minec), difunde de manera regular información sobre jornadas de embellecimiento, recolección de desechos y desmalezamiento de las áreas verdes.
No obstante, fuentes internas advierten que algunas de estas intervenciones no resuelven las fallas estructurales. El sistema de bombeo de los lagos artificiales, el estado del Planetario Humboldt y la atención médica de la fauna en cautiverio requieren de un plan de restauración profunda.
La fuente también asegura que el cambio climático es uno de los mayores desafíos. El calor extremo y la aridez del clima perjudican de forma directa a las especies herbáceas. Estas plantas, más frágiles ante los cambios de temperatura, mueren con rapidez cuando el sol arrecia y el agua escasea.
“Trabajamos a 50 % de la capacidad y queremos alcanzar al menos 80 %. Se está haciendo lo posible por acatar un plan de recuperación pero hay zonas críticas y ha sido difícil recuperarlas por los efectos del cambio climático. Faltan aspersores, más personal y jardineros especializados. Se necesitan más recursos de los que no disponemos”.


Fuentes coinciden en que el futuro del parque está en riesgo. Este espacio no necesita promesas, sino una inversión económica real para volver a ser el jardín que la ciudad merece. Reparar los lagos y recuperar las caminerías es solo un paso de los mucho que hay que dar para que la fauna y los ciudadanos disfruten otra vez de un lugar digno.

