La mujer de raíces wayúu, que nació en 1903, pesa menos de 30 kilos y come una vez al día. Hace ocho meses la llevaron de la Guajira a Portal de Belén, en Maracaibo, donde las condiciones de insalubridad y hambre son insoportables, no solo para ella sino también para el resto de la comunidad.

Maracaibo. Debajo de una troja de madera, acostada en un chinchorro que de vez en cuando la cubría de las moscas, estaba Angelina González, de 115 años de edad. A su lado, en un fogón de leña se cocinaban unos fideos pálidos que, más tarde, compartiría con su nieta y sus siete bisnietos. La falta de comida ha hecho estragos no solo en ella sino en todo su grupo familiar, por eso su carrera no es contra el tiempo, es contra el hambre.

Mamá Coco, como cariñosamente le llaman, llegó a Maracaibo hace ocho meses. Una de sus hijas, que vive en el poblado de Uribia, la dejó ahí para que se hicieran cargo de ella. No pasó mucho rato cuando la anciana, que ha trabajado, criado y visto crecer a tres generaciones, dijera en perfecto wayuunaiki: «No quiero estar más aquí, quiero volver a mi tierra. Me duele el cuerpo. No duermo porque me duele el cuerpo«.

«Quiero estar conmigo, con mis ancestros. Lo que paso aquí no me gusta»

Las condiciones de hambre e insalubridad en las que vive esta familia en el barrio Portal de Belén, al oeste de Maracaibo, son inauditas. Wilmaris Montiel tradujo al español el parlamento de su abuela.

Quiero irme para mi tierra y morirme en paz. Quiero comer bien. Aquí no hay nada, allá se mata un chivo o algo y uno come, aquí no. Quiero estar conmigo, con mis ancestros, lo que paso aquí no me gusta«.

En la familia González no solo hay falta de peso, también se sufren enfermedades, como escabiosis y diarreas crónicas. «Ni mis hijos ni mis sobrinos conocen la leche, aquí los teteros son de harina hervida con azúcar y sal».

La última vez que Mamá Coco fue evaluada por un médico pesaba un poco más de 30 kilos, hoy pesa menos, perdió la vista y oye poco.

Hambre pareja para todos

Maryori Cordero, representante del Consejo comunal de Portal de Belén, dijo que, según sus datos, en 116 familias hay al menos dos integrantes a los que les falta peso. Hoy se cuentan 42 niños desnutridos de 190 que viven en esta comunidad apartada de la civilización.

Aquí no comemos carne, porque con esos precios no podemos, la mayoría se alimenta con lo que trae el Clap, pero hace rato no llega. Esto es algo inhumano, que los niños sufran así, hemos pedido ayuda al gobernador y al alcalde, pero nadie hace nada. Si no se mueren de hambre, se morirán de infección estas criaturas, incluyendo a la abuela«.

Este barrio en forma de U, rodea una laguna de oxidación, donde reposan las aguas negras de la urbanización La Montañita, que colinda con el barrio. Poco a poco se convirtió en basurero, que hoy es el sustento de muchos que reciclan plástico, cartón y hasta billetes para poder medio comer. Algunos se pelean por la zona, donde se pueden generar entre 100.000 y 170.000 bolívares diarios en efectivo tras la venta.

El lugar se ha convertido en un basurero

María Angelina Montiel, bisnieta de la centenaria, también contó su propia historia.

Yo hago todo lo posible para que mi abuela esté bien, pero no puedo darle más, por eso se quiere ir a la Guajira. Aquí lo que hago es pasta o arroz solo. Cuando llega el Clap comemos granos, de resto no. Yo me rebusco, hago conservas de coco, guayaba o lechosa y me voy hasta La Curva a pie a venderlas, pero a veces se me abollan porque no hay efectivo. Sinceramente, yo voto por el Gobierno, pero siempre nos engañan y hasta ahora no vemos ningún beneficio«.

Solo unos fideos para alimentarlos a todos
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Un caso extremo

Para llegar a la casa de Lucy Barrios, de 52 años, hay que atravesar la urbanización La Montañita, el carro solo puede pasar por un tramo, el resto hay que completarlo a pie, que supone al menos 200 metros por las calles polvorientas del barrio Portal de Belén.

Al llegar a la pequeña vivienda, la mujer, oriunda de Caracas, cosía un trozo de tela mientras una olla hervía en una cocina improvisada con un anafre. Con la mirada un poco perdida contó que hace años tenía familia, un esposo e hijos pero que se vino a Maracaibo sola porque su esposo la dejó y sus hijos se quedaron con él. Tocar el tema de la comida diaria es motivo de preocupación, dijo que hace tres meses no recibe la caja de alimentos distribuida por los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap), que es su único sustento.

Aquí uno pasa hambre, hasta tres días he pasado en blanco, por eso me comí al gato y a Princesa, la perra de mi vecina. Yo le dije, pero ella no me creyó«, confiesa la mujer.

El año pasado Lucy fue a la urbanización a rebuscarse, pero solo consiguió un gato. «El gatico se me pegó atrás y yo me lo traje porque estaba perdido, pero como a las 4 de la tarde me apretó el hambre porque ya llevaba un día sin comer y fue cuando decidí matarlo para comérmelo«.

Esto ocurrió 13 meses atrás, aproximadamente, sin embargo, Lucy admite que lo volvería a hacer si fuera necesario.

La «Comegato», como la llaman en la comunidad, también ha ingerido culebras y gusanos. Expresó que debido al síndrome de Cushing que padece no puede soportar el hambre.

Sobre el síndrome de Cushing

Es es un trastorno hormonal causado por la exposición prolongada a un exceso de cortisol, una hormona producida por las glándulas adrenales. Algunos elementos del cuadro clínico de esta enfermedad son los siguientes: obesidad, hematomas frecuentes por fragilidad capilar, hipertensión, debilidad muscular, depresión, ansiedad, insomnio, entre otros.

Fotos: Mariela Nava


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