Solo 29 % de los estudiantes recibieron comida a diario del Programa de Alimentación Escolar (PAE), frente al 43 % registrado en 2022, según la Encovi. Fuentes consultadas señalan que la precariedad nutricional en las aulas condena a niños, niñas y adolescentes en pobreza a un retraso del crecimiento y desigualdad estructural.
Caracas. En el salón de segundo grado de una escuela ubicada en pleno corazón de Petare, Melisa*, una maestra de primaria, de 42 años de edad, enfrenta cada mañana una realidad que la desalienta. De los 36 niños y niñas inscritos en su lista, apenas dos o tres levantan la mano cuando les hace una pregunta básica sobre el cuerpo humano. El resto permanece en silencio bajo un letargo que no corresponde a la niñez de entre siete y ocho años.
Melisa de clases en primaria desde hace 15 años, pero asegura que nunca se acostumbra a ver la mirada perdida de un niño que llega a clases sin desayunar. Por eso siempre carga en su bolso algunos pancitos, galletas, arepas o frutas. No son para ella, sino para sus alumnos.
“Entre los colegas hacemos una vaquita por semana para ayudar a los niños y niñas que llegan sin comer y complementar lo que el Programa de Alimentación Escolar (PAE) ya no ofrece. Una o dos veces por semana llega arroz solo, pasta o granos sin aliño y uno sabe que eso no es suficiente para un muchacho que está creciendo”.

El aula a media máquina
Esa falta de nutrientes se refleja en un aula que avanza a media máquina. Los docentes describen que algunos niños y niñas, en lugar de jugar en el recreo, se quedan sentados en los pupitres para ahorrar energía.
La iniciativa de pasar al pizarrón o participar en debates, juegos o actividades recreativas ha desaparecido en muchos casos. El esfuerzo físico y mental que requiere resolver una operación matemática parece una tarea de gran dificultad , cuando los requerimientos nutricionales no están del todo cubiertos.
Fuentes consultadas por Crónica Uno señalan que el sistema educativo venezolano enfrenta una de sus crisis más agudas, marcada por la intermitencia y el abandono estatal. Datos de la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) 2025 revelan que la escuela dejó de ser un espacio de protección para convertirse en un reflejo del colapso nacional.

El PAE, fundamental para la permanencia de niños y niñas, sufrió una caída drástica: para 2025 solo 29 % de los estudiantes recibieron comida a diario, frente al 43 % registrado en 2022. Esta precariedad nutricional, sumada a las fallas estructurales de agua, luz y transporte, provoca que 44 % de los alumnos asista a clases de forma irregular.
Para la niñez en pobreza extrema, el panorama es más desalentador: dos de cada tres no reciben alimentación constante en sus planteles.
Colapso cognitivo por malnutrición
Katiuska Russo, dirigente del Sindicato Venezolano de Maestros, aseguró que muchos de los estudiantes que asisten a clases llegan sin energía. “Nos toca observar cómo el alumno se desmaya o se duerme y eventualmente falta a clases porque su cuerpo no le permite cumplir con el proceso de aprendizaje”.

Por su parte, Carlos Calatrava, coordinador académico de la Escuela de Educación de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), explicó que todos los procesos cognitivos asociados a la recepción, codificación, registro y manejo de información están comprometidos cuando hay problemas de malnutrición o desnutrición.
De acuerdo con el especialista, esto ocurre porque el procesamiento de información requiere de energía para funcionar en óptimas condiciones y para facilitar la conexión que permite que las neuronas conecten y comuniquen la información del mundo exterior con el cerebro.
Mientras el Ejecutivo sostiene que el PAE alcanza a dos millones de beneficiarios, el boletín más reciente de Cáritas Venezuela, organización humanitaria vinculada a la Iglesia católica, publicado en agosto de 2025, revela un escenario distinto: 29,5 % de los niños y niñas evaluados se encuentran en desnutrición aguda o en riesgo de padecerla, según estándares internacionales de medición.
Russo advirtió que la falta de nutrientes en los alumnos más vulnerables abre una brecha física y mental frente al resto de los estudiantes. En los hogares donde el plato del PAE representa la única comida completa del día de niños y niñas, la situación es crítica. Sin ese apoyo, el gasto en transporte y el esfuerzo físico que implica ir a la escuela son inviables para padres que luchan por sobrevivir.
Desigualdad y futuro hipotecado
A nivel físico, la mala alimentación se nota a simple vista: hay un retraso evidente en el crecimiento y un sistema inmune debilitado. Russo enfatizó que la malnutrición en edades tempranas no solo entorpece el desenvolvimiento escolar, sino que condena el futuro laboral y a la larga perpetúa la desigualdad social.

La dirigente gremial destacó que la matrícula está en caída porque los adolescentes abandonan las aulas para irse al semáforo o al mercado a trabajar para ayudar en sus hogares.
“La escuela dejó de ser un espacio de protección alimentaria. Un alumno mal alimentado tiene mayores tasas de reprobación y abandono, lo que se traduce en una menor calificación profesional. El cerebro, ante la falta de energía, prioriza la supervivencia sobre el aprendizaje»
En relación a las fallas del PAE, Calatrava coincidió con Russo y señaló que el desarrollo irregular del programa en todo el territorio propicia un nuevo grado de inequidad dentro de la desigualdad.
“Aunque el PAE trata de solventar una desigualdad en el acceso a fuentes de alimentación, su desarrollo poco simétrico en todas las regiones del país conduce a profundizar las desigualdades en zonas inhóspitas o con mayor prevalencia de los índices de pobreza”.

Las soluciones a largo y mediano plazo exigen un plan por etapas. A juicio de Calatrava, lo primero es atender la emergencia multidimensional para frenar el daño inmediato. Luego, el país debe entrar en una fase de estabilización donde cada actor asuma su responsabilidad.
De esta manera, cuando el Estado y la sociedad ataquen las causas de raíz, será posible pasar a una etapa de superación, donde los procesos funcionen en beneficio de niños, niñas y adolescentes.
“Dependerá también del contexto en donde se encuentra la escuela y la familia a la que pertenecen niños y jóvenes. Lo que sí tenemos claro es que mecanismos como la distribución vía CLAP y el mismo PAE han sido insuficientes”.
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