Antonio Abadía localizó el cadáver de su hijo entre los escombros a pocas horas del doble terremoto, del 24 de junio. Sin embargo, necesita apoyo de maquinaria pesada en residencias Aguamarina, en Caraballeda, para recuperar el cuerpo y enterrar dignamente a Adelso Abadía.
La Guaira. La calle Guaicaipuro de Caraballeda está sola, especialmente en las residencias Aguamarina. Allí está Antonio Abadía, sentado en un muro frente al edificio acompañado por su perrita Kira, una mestiza de color negro que lo sigue fielmente a donde se mueve.
El hombre hace “guardia” con la esperanza de que llegue la maquinaria pesada que necesita para remover los escombros y sacar el cadáver de su hijo, Adelso Abadía, el único que queda en ese lugar.
Con ayuda de sobrevivientes voluntarios y familiares Antonio cavó un túnel y llegaron cerca del sótano del edificio, donde vieron el cuerpo de de Adelso, de 45 años de edad. Su hijo vivía en el piso uno y estaba solo al momento del doble terremoto.


Sin embargo, algunos rescatistas internacionales que estuvieron en el edificio días atrás, determinaron que es arriesgado ingresar hasta ese punto y por eso se requiere maquinaria pesada para remover grandes láminas y recuperar el cadáver.
Tiene dos semanas a la espera. Solo quiere enterrar a su hijo para que descanse en paz y también para descansar él. Desde el 24 de junio no duerme bien, enfocado en recuperar los restos de su hijo mayor.
“Yo le pido ayuda a quien sea, a Delcy Rodríguez, a Diosdado Cabello, a quien sea, pero que me ayuden a recuperar a mi hijo, por favor”,
dijo el padre, nacido en La Guaira y sobreviviente del terremoto del año 1967 y del deslave de 1999.

Una camioneta de lujo marca Toyota pasó frente al edificio, que queda diagonal a Residencias El Molino. Afuera llevaba puesta una bandera de España, a propósito del Mundial de fútbol. Al ver el carro Antonio hizo señas con sus manos y gritó: “España, epa, España”.
Sus padres nacieron en Tenerife, España, pero migraron a La Guaira. Sus hermanas y otros familiares aún viven allá. Antonio se considera canario también y por eso al ver la bandera pidió ayuda. Fue en vano.

Desde la isla canaria una de las hermanas de Antonio se ofreció a enviarle dinero para que alquile una maquinaria y pueda sacar el cadáver de Adelso. Pero a él le dijeron que no lo hiciera porque, presuntamente, necesita un permiso y se va a demorar más. Por eso debe esperar.
La fe intacta
Pasaron 15 días desde el doblete sísmico, de magnitud 7.2 y 7.5, que afectó principalmente a La Guaira en el Día de San Juan. El daño en edificaciones se extendió hasta el Distrito Capital, el estado Miranda, Aragua y Falcón.
Ya disminuyen las probabilidades de encontrar tantos sobrevivientes, dicen los rescatistas, aunque no descartan los milagros basados en experiencias de rescates en tragedias similares en otros países.


Las calles, que los primeros días tras los terremotos estaban congestionadas con todo tipo de vehículos y con sirenas de ambulancias que pedían paso al mismo tiempo, están en silencio. Los rescatistas y voluntarios insisten en la calma, en que los conductores apaguen motos y carros, incluso la maquinaria pesada, para escuchar algún llamado de auxilio.
La devastación en dos semanas no ha cambiado mucho, la observan familiares quienes siguen con la esperanza de encontrar a los suyos con vida. Al mismo tiempo espantan muchas moscas y se cubren el rostro con mascarillas como medida de protección al polvillo y al olor de putrefacción que se percibe más en unas zonas que en otras.
“Queremos que los rescaten, vivos o muertos, pero que los rescaten”,
dicen un grupo de mujeres frente a la OPP 33, un edificio de la Misión Vivienda Venezuela, ubicado en Caraballeda.


La frustración las lleva a pedir la recuperación de cadáveres para enterrarlos dignamente y a denunciar que en dos semanas es poca la ayuda de maquinaria que llega. Luego confiesan que esperan que haya vida bajo los escombros.
“Se dice que en la bodega escuchaban voces, uno nunca pierde la esperanza, ojalá tengan cómo resistir allá abajo”, cuenta una de las mujeres y las otras la apoyan. Se sientan en muebles reciclados y en una especie de campamento improvisado que hicieron frente al urbanismo chavista, que ya no existe.
En las dos torres de la OPP33 los sobrevivientes son quienes han logrado casi todo el trabajo. A tres días de los movimientos telúricos, Crónica Uno también contó cómo mujeres y hombres removían escombros.

El silencio más valioso que nunca
Desde el 24 de junio los conductores acatan juiciosamente el llamado al silencio. Reconocen cuando rescatistas, o funcionarios de los cuerpos de seguridad, levantan el puño.
Al caer la tarde del miércoles, 8 de julio, los carros estaban apagados en la avenida José María España, del sector Caribe, en la parroquia Caraballeda. Los motorizados se bajaban del vehículo y caminaban para respetar la petición.
Desde residencias Vista al Mar pedían desesperadamente silencio. “Si hay alguien con vida que grite ahora”, decía uno de los voluntarios en la cima de los escombros.


El atardecer de color naranja y morado, característico del Litoral, acompañó los gritos de los voluntarios, quienes más tarde tuvieron que sacar linternas o alumbrar con sus celulares para tener visibilidad hacia el túnel que cavaron.
“Si hay alguien con vida que haga bulla ahora”, insistían. Desde la distancia los familiares veían con esperanza, también los conductores que se bajaron de sus vehículos llenos la esperanza de recibir buenas noticias en medio de la tragedia y entre tantas noticias tristes que a dos semanas no cesan.

“Sería un milagro que haya alguien con vida allí abajo”, comenta una doctora voluntaria que llegó del estado Bolívar el martes, 7 de julio, para relevar a sus colegas.
“Es una posibilidad de que si el sobreviviente pudiera hacer algún movimiento, o ruido, se desmaye del esfuerzo y por eso no pueda emitir sonido con frecuencia”, explica la doctora, que veía desde lejos el llamado de los hombres con la misma fe que el resto.
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