Las calles vacías, sin el ronroneo de motos ni de autos, dan paso a los ciclistas que se están desempeñando como apoyo de las entregas a domicilio (delivery). La falta de gasolina les dio la oportunidad de sacarle provecho a su pasión por el ciclismo urbano y, al mismo tiempo, ayudar a otros.

Caracas. Fermín Roncal, de 53 años de edad, vive con su esposa y tres hijas, es diseñador industrial y tiene una compañía que fabrica material publicitario. Tenía la costumbre de salir a las 5:00 a. m. todos los días en su bicicleta para recorrer las calles de Caracas y los fines de semana viajaba desde el municipio Chacao a lugares más lejanos como el Junquito, la Colonia Tovar y El Hatillo.

Este hábito cambió un poco debido a la cuarentena decretada el pasado 16 de marzo producto de los brotes de COVID-19, lo que ocasionó que la policía no lo dejara avanzar en algunas zonas.

Foto: Luis Morillo

La escasez de gasolina en el país, sin embargo, ha hecho que las bicicletas le ganen una al motor y que se dispare su potencial como medio de apoyo para los comercios que necesitan seguir ofreciendo sus servicios durante la pandemia. La oportunidad de Fermín y de muchos otros ciclistas estaba en puertas:

En uno de sus grupos de WhatsApp, un amigo le avisó que una compañía llamada Monsantos estaba buscando ciclistas para hacer trabajos de delivery. Producto de la escasez de gasolina, los envíos se estaban poniendo a valer, tanto así que esa compañía, que venía trabajando solo con cinco motorizados, amplió la oferta a 24 y 10 ciclistas.

Fermín fue con dos amigos a las oficinas administrativas y al día siguiente ya estaban activos. Descargó una aplicación en su teléfono donde le llegan las solicitudes de compras de clientes. Está atento a las demandas, acepta el pedido, busca los productos, luego los factura y con un punto de venta que le facilita la tienda se dirige hasta el lugar del encargo.

Hace tres o cuatro al día, cobra 1 dólar por envío. «Lo hago por diversión, más que por el dinero», añade Fermín. Lo importante para él es sumar nuevos lugares a su mapa de la Gran Caracas. Y ahora la cuarentena le asigna un rol de «servidor público», llevándole a otros lo que necesitan hasta las puertas de sus casas.

Foto: Luis Morillo

Maria Alejandra Sosa tiene 51 años de edad, es docente de profesión con estudios de cocina profesional. Desde hace ocho años usa su bicicleta como medio de transporte y hace cinco que tiene un emprendimiento llamado Bicigurment, con el cual une sus dos pasiones: el ciclismo urbano y las artes culinarias, preparando antojitos dulces y salados para llevarlos a domicilio en toda Caracas.

Debido a la pandemia asumió que tenía que quedarse en casa, pero luego una amiga le contó por WhatsApp que tenía dificultades para salir y hacer las compras, sus padres son personas de la tercera edad, su esposo tiene una situación de salud delicada y su carro se encontraba varado debido a la escasez de la gasolina. María se ofreció a hacerle la diligencia, le pidió la lista de lo que necesitaba y al día siguiente salió con su bicicleta a un mercado en la Av. Lecuna.

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Foto: Luis Morillo

Hecha y entregada la compra, María Alejandra pensó que era un buen negocio y lo publicó por su cuenta de Instagram, al instante comenzó a llenarse de clientes, algunos conocidos y otros que le trazaban una nueva ruta. El costo por sus servicios varía entre 3 y 10 dólares dependiendo de los kilómetros recorridos. Su emprendimiento mutó. Aunque no está vendiendo sus antojitos sigue haciendo lo que más le gusta, «y no hay nada mejor que ayudar a los demás en un momento tan difícil como este».

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Foto: Luis Morillo

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