La secuela fracasa al intentar revivir un clásico que no necesitaba respuestas. Aunque sitúa a Andy como una periodista experimentada, el guion traiciona su madurez al devolverla a una dinámica de sumisión ante Miranda Priestly. La trama se apoya en soluciones tecnológicas simplistas y referencias nostálgicas, careciendo de un conflicto real que genere peligro.

Caracas. Hay historias que deberían quedar como una única película. Intentar dar respuesta a lo que pudo haber pasado después no siempre es una buena idea.

Imaginemos una segunda parte de Perdidos en Tokio: una secuela que detalle qué se dijeron al oído Bob y Charlotte. Tendría que ser una historia que supere con hidalguía la imaginación de quienes, durante dos décadas, han encontrado en el misterio de aquel final de 2003 el refugio de una obra de culto que no necesita más respuestas.

Ahora, 20 años después, se estrena El diablo viste a la moda 2. La secuela de aquella cinta que, a principios de siglo, parecía ser una comedia más para terminar convertida en un clásico del nuevo milenio; una obra que, desde la ironía, delineaba un mundo laboral que servía de espejo para muchos, además de satirizar el narcisismo, el egocentrismo y la ansiedad por pertenecer al mundo de la moda.

Dirigida por David Frankel, realizador de la primera entrega, esta secuela nos presenta nuevamente a Andy Sachs (Anne Hathaway) y a Miranda Priestly (Meryl Streep) mucho tiempo después de la dinámica conflictiva del filme original. A este contexto se suma Emily (Emily Blunt), ahora como una ejecutiva rival.

El diablo viste a la moda 2
El diablo viste a la moda 2 está en la cartelera venezolana desde el 30 de abril de 2026

La película muestra a Andy como una periodista de investigación laureada, dedicada a los llamados “temas serios”. Pero su vida se tambalea cuando el medio en el que trabaja realiza un despido masivo. Al hacerse viral en redes sociales por denunciar lo ocurrido durante una gala del gremio, es llamada nuevamente por Runway para que ayude a la revista a superar una crisis de credibilidad.

Es en este punto donde el guion empieza a derrumbarse. La caracterización de Andy como una periodista experimentada que enfrenta al poder se desvanece al reencontrarse con Miranda. Surge otra vez el temor por no obtener la atención de la despiadada editora. Adiós, entonces, a esa presunta madurez que la situaba en otro nivel.

Se desencadenan una serie de conflictos que Andy resuelve sin mayor esfuerzo. Son imposiciones fáciles de un guion que convierte la trama en un simple desfile de elenco, vestuario y locaciones. Las constantes referencias a la primera película funcionan como un cordón umbilical que termina entregando una réplica sin el arrojo de su antecesora.

Por ejemplo, para ganarse el favor de Miranda, Andy promete entrevistar a una figura que lleva años desaparecida de los medios y a quien en Runway han intentado contactar sin éxito. A la protagonista le basta con enviar un par de mensajes telefónicos para lograr su objetivo, sin una razón de peso ni esfuerzo real.

El diablo viste a la moda 2
El diablo viste a la moda 2 es distribuida por Cinecolor

Resulta paradójico que, pretendiendo reflexionar sobre los cambios que la tecnología ha provocado en el mundo editorial y en el consumo de información, el guion se refugie en la “magia tecnológica” para resolver los problemas de sus personajes.

Con Aline Brosh McKenna y Lauren Weisberger nuevamente como guionistas, El diablo viste a la moda 2 carece de un conflicto que transmita una verdadera sensación de peligro. Nada de lo que presenta se percibe difícil de superar. Es esa falta de profundidad lo que impide la consolidación de Andy y Emily, quienes quedan retenidas en un comportamiento de hace 20 años, negándoles la evolución que la misma historia pretende otorgarles.

Por ello, las soluciones resultan incluso hilarantes, carentes de la coherencia en la que busca apalancarse el largometraje. Nigel (Stanley Tucci) mantiene su papel de brújula en aguas turbulentas, pero el resto de los personajes masculinos son un relleno prescindible —especialmente la pareja de Andy— que no se extrañaría si hubiese quedado fuera en la edición. 

Al final, es una de esas películas que generan revuelo tras su anuncio, pero que no resisten el análisis y quedan relegadas a la anécdota de la pretensión. Solo intenciones de elucubrar con personajes de hace 20 años y su posible presente, pero sin respetar en realidad la caracterización necesaria que justifique existencia y paso del tiempo.

Lea también:

La oscuridad moral en Aún es de noche en Caracas