Esta crónica fue publicada el 28 de diciembre de 1999. Doce días atrás, quien escribe, para la época corresponsal del diario El Nacional, logró sobrevivir junto con su familia del deslave en su residencia de Los Corales, parroquia Caraballeda. Hoy, 21 años después y como corresponsal de Crónica.Uno, ofrecemos su relato del 15 y 16 de diciembre de 1999.

La Guaira. Quizá la única diferencia entre la devastación del estado Vargas y la de ciertas zonas de los Balcanes europeos se sustenta en el origen primitivo: en el primer caso, las lluvias; en el otro, la guerra.

Nadie pudo imaginar que en el Litoral Central se desatara una tragedia de tal magnitud, en la cual el único concepto válido para superarla ha sido la vida. La gente de Vargas se aferró a la esperanza de vivir.

Quien escribe llevaba dos semanas reportando los embates de las lluvias y aun cuando el miércoles 15 de diciembre de 1999 fue el preludio del horror, que todavía no culmina, no podíamos imaginar el desastre de estas precipitaciones de fin de milenio, sobre todo en Los Corales y Caraballeda en Vargas.

Vargas
Los habitantes de Vargas se aferraron a la vida. Foto: Cortesía Mirna Montemayor.

Mientras el presidente de la República, Hugo Chávez Frías, enviaba por cadena de televisión su mensaje de felicitación por el triunfo del «Sí» en el referéndum aprobatorio de la nueva Constitución, el río San Julián, que dividía a Caraballeda y Los Corales, empezaba a dar señales de su estruendoso tránsito hacia el mar. Su furia se desató ese miércoles, cuando ya había 37 personas fallecidas y otro buen número se encontraba lesionado y a la deriva.

Las azoteas de los lujosos edificios se convirtieron en el escenario perfecto para los primeros refugios de la población de Vargas, más los que vivían en quintas, en casas viposas y ranchos, desde las primeras horas de la madrugada del jueves, en muy poca medida resistieron la fuerza del río desbordado, el cual arrastró rocas de dimensiones abrumadoras, otras piedras menores, lodo, carros, bombonas de gas y diversos objetos materiales.

En la mañana del jueves 16, la lluvia no cedía un minuto, y la naturaleza, por encima de la penuria de miles de personas, dejaba solo dos opciones: salvarse o perecer. No había otra alternativa en la urbanización Los Corales, donde en el año 1951 hubo otro desbordamiento del río San Julián sin mayores consecuencias. Sin embargo, mucha gente acusó a los urbanizadores del área por haber «quitado el cauce al río, que ahora lo vino a buscar».

Esa mañana, en la azotea de la casa, subimos mi esposa embarazada, mi suegra, mi cuñada y sus tres niños. Simultáneamente, el río tapiaba todo a su paso, sin dar tiempo a cientos de mujeres, niños y hombres de respirar. Se transformó en una especie de barrida letal, impresionante; una pesadilla espantosa e imborrable en la memoria de muchos.

Y cuando se hace una retrospección de lo ocurrido y nos paseamos por la actitud hostil del río San Julián en la búsqueda de su cauce natural, secuestrado por la mano del hombre, entonces más comprendemos que Dios es una realidad demasiado hermosa como para renegarla estúpidamente.

En nuestro caso, sin lugar a dudas, nos salvó el portentoso edificio de la Cantv de Caraballeda, cuya infraestructura detuvo el torrente de árboles y gigantescas rocas que venían hacia el mar. Si esa edificación no hubiese estado justo detrás de nuestra vivienda, integraríamos seguramente el incuantificable censo de muertos y desaparecidos.

A las 12:00 del mediodía de ese jueves, las precipitaciones frenaron levemente el torrente fluvial, y decidimos saltar desde la parte alta del depósito del restaurant La Gabarra hacia el lodo que se formaba entre este local y el edificio Mar de Leva, que se mantenía firme frente a todo el sedimento que arrastraba la corriente de San Julián. Tuvimos miedo, frío, pero siempre pensamos que en esa edificación podíamos pasar la noche.

Mientras Rafael De León, amigo de la infancia, nos brindaba techo en su apartamento, la corriente del río seguía creciendo inmisericorde e iba socavando las bases y el sótano del edificio.

Antes de las 7:00 p. m. debimos subir, junto con varias familias, a otro apartamento en el piso tres. El agua tapió el sótano, derribó las paredes laterales, y el río hizo su cauce, que al final era solo una de las bocas del inmenso delta.

El dueño del otro apartamento ofreció lo poco que tenía en sus despensas y después de casi 20 horas, probamos unas galletas y bebimos cantidades limitadas de agua.

Pero las lluvias no cesaban y el río rodeaba el edificio. El ruido de piedras y otros objetos arrasados aturdía a todos. Tuvimos la sensación de experimentar una hora lacerante en la que cada minuto se transformaba en una eternidad.

Entretanto, el panorama continuaba señalando la mortandad silente, mientras los niños jugaban sin tener conciencia sobre la devastación, aunque, como a todos, les atemorizaba la acción del río caudaloso que nos mantenía atrapados y con la única esperanza de que el sol brillara de nuevo.

Amaneció el viernes 17 con un sol radiante, después de tanto aguacero. La desesperación de la gente para rescatar a sus seres queridos y la necesidad de adquirir algunos alimentos, y agua potable, degeneró en una actitud violenta, que, además de saqueos de supermercados y licorerías, también sirvió para vulnerar diversos establecimientos comerciales y cometer actos de censurable pillería.

La inseguridad reinó y hasta un agente de la Policía Metropolitana confesó a este reportero que tuvo que disparar a un par de maleantes que, no conforme con haber despojado de sus pocas pertenencias a una joven mujer, intentaron violarla.

El peregrinar de miles de personas, llorando, lamentando las pérdidas humanas, invadió a niveles insospechables lo que antes era la maltrecha vialidad de Los Corales y Caraballeda. Apenas en ese momento, aparecieron algunos funcionarios de Defensa Civil y helicópteros de las Fuerzas Armadas para iniciar formalmente la evacuación ordenada por el presidente Chávez.

Salimos del edificio Mar de Leva con la convicción de que, luego de las inundaciones del 15 y 16 de diciembre, nada más sucedería. Caminamos entre rocas enormes, escombros, y la felicidad de vernos vivos y compartiendo opiniones con los otros damnificados. Observar casas destruidas, sitios literalmente desaparecidos y derruidos; superar al río en sus incómodas desembocaduras aumentó la calamidad, pero no nos despegó de nuestras ganas de vivir. Caminamos conscientes de que cada paso sobre el lodo se hacía sobre una mortandad demoledora, pero también con la ilusión de volver a empezar nuestras vidas.

Después de sobrevivir a la corriente del río San Julián, nos enfilamos hacia el edificio Brisas del Caribe II, en la elevada urbanización La Llanada (de donde fuimos evacuados vía aérea tras dos días de sobrevivencia), al frente de un Camurí Chico inexistente y un mar que, en honor a la verdad, aportó tranquilidad en la devastación de un estado naciente, Vargas, que por unos cuantos años estará desdibujado del mapa de Venezuela. Es la crónica de un estado en extinción. Para el olvido eterno. Quizá como en los Balcanes.

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