Hace tres años una madre zuliana se refugia en su propio vivero. En ese lugar ofrece más de 50 variedades de la flor del desierto para sobrellevar la crisis y la migración de sus hijos. Su emprendimiento le da sosiego y sustento económico.
Maracaibo. Corría el año 2022 cuando Gerónimo le regaló a Graciela una flor del desierto para celebrar el día de los enamorados. Desde entonces, confiesa que comenzó su curiosidad y amor por esta planta originaria de África y la península de Arabia, que puede llegar a dar flores de diversos colores de hasta 15 centímetros.
Graciela se dedicó a investigar y aprender sobre la planta hasta que se convirtió en toda una experta. Lo que la llevó a hacer sus propios injertos, uniendo las que ya tenía con otras variedades exóticas que logró comprar. Así, convirtió sus saberes en un emprendimiento que hoy la sustenta económica y espiritualmente.
“Comencé vendiendo las bebes que lograba, mi esposo salía en una bicicleta a ofrecerlas por los barrios cercanos a mi casa, pero cuando vimos que era un negocio lucrativo, porque a la gente le encantaban, decidimos poner un puesto aquí y formalizar las ventas”, comenta sentada en su puesto ubicado en la avenida Cuatricentenario, al oeste de Maracaibo.
Todo lo que sabe lo aprendió de Internet y, a la par, este nuevo oficio la ayudó a salir de la crisis económica, porque después de trabajar 20 años como secretaria en una clínica, tuvo que dejar el trabajo.

“La situación del país comenzó a hacerse cada vez más crítica. Todo se puso muy difícil y el dinero no alcanzaba para el transporte, así que no pude seguir trabajando”, comenta.
Oportunidad y aliciente
Graciela llega junto a Gerónimo todos los días a las 8:00 a. m. al lugar que le asignaron en la avenida con una carreta cargada de plantas. No solo vende sus peculiares y únicos injertos de la flor del desierto, que ya superan las 50 variedades, sino que ha incluido más de 150 plantas de sombra, florales y para exteriores en su negocio, además de abonos, fertilizantes y macetas.
En un buen día, puede hacer hasta 15 dólares de ganancia. Sin embargo, recalca que su prioridad no es el margen de ganancia, sino la buena atención y el aumento de los clientes fijos. “Gracias a Dios pocas veces me voy con el bolsillo vació”, dice.
Pero este trabajo, al que ve más con ojos de amor, le ha dado también la oportunidad de mantener su mente ocupada y así sobrellevar la migración de sus hijos.
“Mis dos hijos se fueron a Chile, aquí estamos solos mi esposo y yo. Mi hija es administradora de empresas y trabaja allá hace cinco años como manicurista, el menor se fue hace un año, es bachiller porque con la pandemia no pudo estudiar aquí y está trabajando de barbero”, explica.
Graciela está consciente de que esos oficios no son lo que sus hijos quieren hacer. Pero con resignación asegura que es lo que les toca por ser migrantes, lamenta.

“Lo más bonito que me ha dejado esto es que tengo algo en qué ocuparme y olvidar la tristeza de que mis hijos no están conmigo. Las matas son mi refugio, por eso les dedico tanto tiempo”, dijo al tiempo que aseguró que la única manera de ver de nuevo a sus hijos es que vengan de visita a Venezuela. “Ellos no van a volver”, sentenció.
En el año 2023, la Asociación Civil Convite reveló que en Venezuela hay entre 500.000 y 600.000 adultos mayores que viven solos consecuencia de la migración.
“Nosotros no queremos irnos porque seríamos una carga para mis hijos y no queremos eso. Ya nosotros tenemos aquí nuestra casa, mi mamá, mis hermanos. Ellos sí porque son jóvenes y tienen todo el futuro por delante”, refirió.
La flor de la alegría
“Cada vez que una mata me da una flor hermosa, es una alegría para mí”, suelta la Graciela entre lágrimas tras recordar a sus hijos quienes la ayudan económicamente desde Chile, porque lo que se gana en la venta de plantas lo usa para las necesidades diarias y las medicinas de Gerónimo, quien sufre de artrosis.
Los esposos trabajan cinco horas al día: “Estamos tranquilos porque esto no es un sacrificio, es lo que nos gusta. Por eso me preparo para que la gente pueda recibir una atención de primera, información acertada y regresen”, dijo.
La paz y el amor que transmite por sus plantas, el entusiasmo con el que trabaja y explica cuidadosamente cada detalle a sus clientes la hacen ser punto de referencia en el oeste de la ciudad. Por eso, está convencida que “mientras Dios me lo permita voy a seguir vendiendo mis matas, trabajando en el vivero de mi casa y atendiendo a mi gente”.
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