Guillermo Tell Aveledo: Lo que hemos tenido hasta ahora es la ruta de un partido en particular

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El politólogo consideró que debe haber un “recalibramiento” dentro del gobierno interino con la finalidad de fortalecer los mecanismos de consenso para la toma de decisiones. “Hay relaciones que tienen que ser urgentemente reparadas dentro de la oposición”, advirtió.

Caracas. Luego de las cuestionadas elecciones del 6 de diciembre y la Consulta Popular de la oposición, el politólogo y doctor en ciencias políticas (UCV) Guillermo Tell Aveledo considera que tiene que haber un “recalibramiento” dentro del gobierno interino, proceso que debe ser liderado por el propio Juan Guaidó: “Él es el responsable de promover esos consensos. No es esperar esos consensos, es promover el consenso”.

El académico señala que en los casi dos años de presidencia interina se ha trazado “la ruta de un partido en particular”, en la que se teme disentir porque “el disenso es visto como una traición”. Considera que urge una recomposición que permita fortalecer los mecanismos de consenso. “Hay relaciones que tienen que ser urgentemente reparadas dentro de la oposición”, advierte.

A juicio del profesor de la Universidad Metropolitana, el gobierno interino también debe repensar su relación con las sanciones internacionales y si estas de verdad están ayudando al objetivo de un cambio de régimen. Considera que, por la debilidad actual de la oposición, este sería el “peor momento” para iniciar una negociación con integrantes del gobierno de Maduro: “Ahora mismo, yo no recomendaría una negociación”.

La cifra de abstención del 6-D fue de casi 70 % y contrasta con la de hace cinco años. ¿Cómo se puede interpretar esa abstención? ¿Fue solo apatía?

—Hay una abstención estructural de más o menos 25 %, menos de eso no va ser nunca. En los últimos 20 años en Venezuela ha sido así, pero lo que contrasta con esto es el nivel de entusiasmo de la población, sin contar el hecho de que ha habido una emigración importantísima en los últimos siete años que afecta al padrón electoral. A esto se añade el cambio en la confianza en el voto, en la efectividad del voto individual. Eso es lo clave. Normalmente, las elecciones parlamentarias no tienen una participación comparable con las presidenciales. La excepción del 2015 es que estaba la sensación de cambio, de haber pasado por las protestas de 2014, la necesidad de articular por primera vez —había sido bloqueada por el Estado— una expresión política inmediata. Todo eso es muy importante en esta experiencia. Eso lo que refleja es que había un deseo de votar, y en esta ocasión no lo había tanto. Hay un sector en el que eso se da por apatía e indiferencia, en el sentido de que no cree en nadie ni en nada, y es algo que también habría de acusar la oposición en la consulta, pero también hay un sector que no vota como protesta, más allá de que eso sea efectivo o no, el caso es que esa es la realidad. Hay un sector que activamente no vota como protesta. No vota para manejar su protesta.

Se habla de que hay un gran sector que no está identificado con el Gobierno ni con la oposición; aquí hubo una abstención de la mayoría de la población. ¿Eso puede ser realmente capitalizado por alguno de los actores políticos que están en pugna o por algún actor nuevo que pueda surgir?

—El descontento puede ser capitalizado, pero, por supuesto, es más fácil capitalizar el descontento en un sistema abierto, democrático, como pasó con el chavismo en los años 90, que hacerlo en uno autoritario, porque ahí el descontento tiene una represión política encima, eso hay que tenerlo presente.

¿Por qué la gente no vio como una opción a los partidos que decidieron participar el 6-D?

—Podemos dar dos razones. Una razón directa, que tiene que ver con la cercanía y el costo político de los acuerdos de la mesa de negociación, que implican una cercanía con el Estado. Una cercanía que no se vendió como una apertura sino como un regaño al resto de la oposición. Parte de la campaña se manifestó como “expresa tu descontento con el gobierno y con la oposición tradicional a la vez”, y eso, simplemente, no se sintió genuino. Uno puede juzgar si es o no genuino, pero ese fue el mensaje: que las cosas estaban peor, no tanto por el gobierno sino por la oposición, y ahí caen en la cercanía de un gobierno que no es popular y afectan su propio mensaje. En los debates, salvo el caso de Avanzada Progresista, y aun así muy tímidamente, muy moderadamente, las críticas iban más hacia el G4 (AD, Voluntad Popular, Primero Justicia y Un Nuevo Tiempo) que hacia el PSUV y eso es escandaloso en la situación actual. El votante lo ve. El otro aspecto es que la propia Asamblea Nacional (AN) había sido borrada en su eficacia. Creo que incluso con la participación de la oposición, que ya tenía todo conculcado por parte del Estado y del TSJ desde 2016; iba a ser difícil estimular el voto.

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El gobierno interino de Guaidó está próximo a cumplir dos años, ¿qué conclusiones deja ese período?, ¿está por llegar a su fin como algunos anticipan?

—Hay elementos de la estrategia, básicamente de la presión externa, que están siendo reiterados por el gobierno interino y lo que preocupa es, en las recientes entrevistas del comisionado Leopoldo López e incluso del presidente Guaidó esta semana, que no hay un planteamiento alternativo. Se plantea genéricamente la presión interna, pero sin que haya realmente una operatividad de eso. Hay quienes argumentan que el evento del 12 de diciembre (la Consulta Popular) es una muestra de ello y de la capacidad de organización. Pero es distinta la organización electoral a la presión constante de una protesta o de una organización política que requiere un nivel de compromiso de un elemento de la sociedad que quizás no tiene la energía para hacerlo y no puede la sociedad venezolana descansar solo en los voluntarios del 12D. Eso sería irreal. Se requiere algo más estructural, más orgánico, y creo que esa es una cuenta incompleta de parte del gobierno interino. Está también el hecho de que va a complicarse el reconocimiento externo y la operatividad externa del gobierno interino, por cuenta de estos hechos. No va a haber un reconocimiento de la elección del 6-D, porque eso no es lo que va a pasar, pero tampoco un contundente consenso en torno a la ruta escogida, más allá de su eficacia. Justamente, como no ha sido eficaz, no hay un consenso contundente y los disensos son lo suficientemente ruidosos y vocales como para alertar al gobierno interino.

Sin embargo, pareciera que después del 5 de enero los cuestionamientos a la figura de la presidencia interina van a aumentar dentro de la misma oposición.

—Eso es previsible, porque la fuente de autoridad del gobierno interino es la Asamblea Nacional (AN). Si esa AN está desmantelada por los hechos y no hay un consenso político de continuarla, porque este es el punto ahora, más allá de lo que diga la consulta, más allá de la lectura política de eso, hay que darle operatividad concreta y apoyo político, y si la oposición no tiene eso su piso se desdibuja. Tiene que recalibrar y el líder fundamental para ese recalibramiento es el presidente Guaidó, no otro. De momento es él y es la figura que tiene que concitar esos apoyos. Él es el responsable de promover esos consensos, no es esperar esos consensos, es promover el consenso.

Esa recalibración corresponde entonces al gobierno interino.

—Sí, seamos más concretos en eso. ¿Qué oportunidades tiene para aumentar las presiones internas en Venezuela? ¿Hay oportunidades derivadas de la consulta? Ese fue un hecho muy puntual que no parece concitar presiones internas demasiado constantes. Tiene que ser otro tipo de acción. ¿Qué acciones puede hacer bajo la pandemia? El gobierno va usar la pandemia para negar esas oportunidades. ¿Qué alternativas tiene? Todo eso tiene que plantearse, no digo abiertamente, pero sí seriamente, en el trabajo político. Lo demás es reiterar promesas que, en la medida en que se repiten y que no se cumplen, van a generar desasosiego. El hecho objetivo es que el apoyo al presidente Guaidó y a la figura institucional del gobierno interino, desde comienzos del año a esta fecha, ha decaído. A comienzos del año vio una recuperación importante por la retoma del Parlamento, por el viaje a Europa y Estados Unidos, pero ha decaído y ese es un hecho objetivo, no es un hecho de opinión. No hay nadie que le compita, ciertamente, pero eso no es suficiente para hacer una política en el largo plazo y la política de la oposición es una política a largo plazo, ya no es en el corto plazo.

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¿Qué ayudaría a tener ese proceso más estructurado? ¿Tiene que ver con nuevas reglas dentro de la oposición?

—Las reglas son importantes porque permitirían fortalecer los mecanismos de consenso que, en lugar de establecer apoyos después de la toma de decisiones, requerirían, para la toma de decisiones, un modo previo de obtener los apoyos. Eso existía en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), por ejemplo, en las reformas que planteó Arístides Hospedales a la MUD. No se trata de fortalecer, necesariamente, una secretaría unitaria o algo así, pero sí establecer reglas entre los partidos grandes de la unidad e incluso abrirse a elementos de la oposición fuera de la unidad para un liderazgo más consensual, ¿personalizado en el presidente? Sí, pero más consensual en las decisiones. Lo que hemos tenido hasta ahora es la ruta de un partido en particular. Que es un partido legítimo, sumamente perseguido y reafirmado en su vocación democrática, pero que no ha sido completamente eficaz y eso llama a ser cuestionado. Sería mentira decir que hay consenso en torno a eso.

¿Cómo sería ese liderazgo más consensual?

—Más consensual entre los grupos, obligándolos a ciertas mayorías. Lamentablemente, hoy no existe la representatividad numérica que permitía a la MUD cuando empezó, por ejemplo, tomar el número de gobernaciones y alcaldías y cuando avanzó era el número de diputados. Eso no existe, eso fue roto en 2016 por el pacto entre AD y Voluntad Popular. A una recomposición de ese orden debe volver a llegarse, de modo que no se tenga esta suerte de aclamación constante, en la que se teme disentir porque el disenso es visto como traición, hay que cuidar eso puertas adentro. No estoy diciendo que tiene que ser una consulta al mundo, hacia toda la sociedad, aunque la sociedad debería sentirse representada en el gobierno interino, pero tiene que ser, al menos, cuidadosa con los factores políticos que lo apoyan. De otro modo, lo que va a tener son pérdidas, puede tener deslindes, pero no pérdidas. No tiene suficiente capacidad de maniobra política para tener pérdidas políticas. Una cosa es que la oposición abandone a los que no están con su política y punto, y otra cosa es que vaya creando enemigos por ahí, eso es distinto.

Las diferencias se han hecho cada vez más visibles. La reciente entrevista de Henrique Capriles, los cuestionamientos de María Corina Machado. ¿Se iniciará el 5-E una competencia más abierta entre los liderazgos de la oposición?

—Mientras la relación entre ellos, los líderes fundamentales de la democracia venezolana, no mejore, solo puede empeorar. Las relaciones son entrópicas. Hoy el caso es que hay, quizás no tanto entre ellos directamente —aunque parcialmente sí está ocurriendo— un nivel de agresión, de hostilidad, de descrédito mutuo que es impresionante. Eso refleja parte de la toxicidad del ambiente político y mediático de hoy, en las redes sociales y demás, que se extiende a eso, pero también refleja la diferencia personal que está creciendo entre los sectores y eso no es positivo para la democracia venezolana, porque se está creando una distancia que va a ser difícil de recuperar. Ya se sabe que no es suficiente la presencia única del gobierno interino, es absolutamente necesaria, pero no es suficiente para darle soporte a la lucha democrática.

¿Sería posible obtener resultados para apuntar a una transición democrática si los líderes deciden competir más abiertamente entre sí?

—Esa competencia es posible y es lícita. Plantearse liderazgos alternativos es la tarea de cualquier líder político. No es una ambición ciega ni ilegítima, pero lo deseables es que sea sin desmontar, sin descalibrar, la obra de todos. Hay un objetivo común, que es lo que deben cuidar más. Han pasado muchos años entre descrédito y descrédito y quienes mataron a hierro piden ahora sombrerazos, y eso tiene sus consecuencias. Hay relaciones que tienen que ser urgentemente reparadas dentro de la oposición. También desde los partidos de oposición hacia la sociedad civil hay una creciente distancia y una creciente voz de disidencia, que pasa por lo táctico, pero eventualmente puede terminar en lo estratégico, en lo que es la lucha por la democracia, y eso es sumamente grave.

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La negociación parece que siempre está en el aire, pero la posibilidad de que se concrete siempre es muy incierta. ¿Ve posible que haya algún tipo de negociación para el año que viene en torno a la exigencia de elecciones libres?

—Uno desearía que la negociación fuese lo razonable. Es lo que podría dar una ruta hacia una estabilización, hacia una salida consensuada mucho más legitima, pero la debilidad actual de la oposición haría que, en cualquier proceso de negociación en el que entre, tenga que hacer enormes concesiones para obtener realmente poco. Otros tiempos de mayor relevancia y de mayor poder relativo de la oposición han sido perdidos, así que esa dificultad tiene que estar a la vista de quienes han llegado en otras ocasiones a esto. Ahora mismo no es recomendable una negociación, porque fuera de los estímulos particulares que puedan tenerse con respecto a la Corte Penal Internacional, con respecto a las sanciones particulares hacia personas del Estado venezolano, no hay realmente mucho que pueda aportar la oposición y pueden entonces borrarla, no obtener nada, así que sería el peor momento para hacerlo.

¿Por eso el Gobierno habla de negociación en este momento?

—Está fuerte y por eso la plantea con cierta holgura, pero ¿qué puede aportarle la oposición que no pueda bypasear el gobierno? Relativamente poco. En este instante es una señal de debilidad. El de Maduro es un régimen que ha logrado bypasear las sanciones, justamente porque va desvinculándose de los intereses de los países que lo sancionan. La política exterior del chavismo ha sido durante años la desvinculación del mundo occidental y si, además, parte de su vinculación con el mundo occidental pasaba por su existencia como país petrolero, y ya no es un país petrolero, las sanciones tienen un efecto limitado. No hablo del efecto grande de agravar una situación de crisis llevada por las propias políticas del Estado, eso está, pero si las sanciones están dedicadas al cambio de régimen hay un límite muy claro en lo que pueden conseguir. Si están dedicadas al cambio de una política en particular, que no es el cambio de régimen, como pasó con las sanciones a Irán, como ha ocurrido con las sanciones a Rusia o Corea del Norte, estamos hablando de otra cosa, pero la oposición no puede depender de otro actor que le haga ese trabajo, porque no está dirigido al mismo objetivo. Eso es importante admitirlo y empezar a repensar la relación de la oposición venezolana con las sanciones como política que coadyuva o no a la ruta estratégica, que es cambiar el Estado venezolano, cambiar al gobierno.

¿En eso tendrá algún peso la llegada de Biden a la Presidencia de Estados Unidos?

—No necesariamente. Hay que recordar que el presidente electo Biden fue parte de la administración Obama, que fue la que inició las sanciones. Es posible que cambien de sanciones sectoriales a sanciones más individualizadas, que se busque un consenso más grande en Occidente, pero mientras el régimen venezolano esté separando sus intereses y prácticas de Occidente siempre va haber un modo de bypasearlas. Tienen que buscar afectar, entonces, los intereses de las potencias que ayudan al Gobierno venezolano, y eso no va a ser inmediato y es muy delicado para Estados Unidos, que tiene intereses en todo el mundo.

Foto: Cortesía Guillermo Tell Aveledo


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