El encierro o la cuarentena social llegó incluso al lugar más icónico de la religiosidad maracucha: la basílica de Nuestra Señora del Rosario de la Chiquinquirá.

Maracaibo. Una imagen que pocas veces se ve en Maracaibo. Pocos pasan por el paseo de la Chinita y el que lo hace va apurado y con tapabocas. El encierro o la cuarentena social llegó incluso al lugar más icónico de la religiosidad maracucha: la basílica de Nuestra Señora del Rosario de la Chiquinquirá.

Foto: Cortesía

La confirmación del primer caso de COVID-19 en la ciudad capital del Zulia fue el punto de partida para que en menos de tres horas, los marabinos abarrotaran farmacias y supermercados, mientras que las autoridades declaraban la cuarentena colectiva.

El temor y nerviosismo pudo más. Ana Bracho, una ama de casa, dijo el pasado 16 de marzo frente a un supermercado: “Yo salí de una vez a comprar comida, porque veo que en otros países la cosa ha sido larga, y como aquí cerraron la frontera, voy a comprar antes de que se acabe todo, la verdad tengo miedo y ando nerviosa”.

Foto: José Núñez

Trascurrió el primer día de cuarentena con casi 80 % de la ciudad en total soledad, mientras que se intensificaba la compra de productos como alcohol, tapaboca, jabones y comida por bulto. En las colas se escuchaba a los ciudadanos especular sobre la letalidad del virus, aún desconocido en Venezuela. Se quejaban de la falta de agua y de las constantes fluctuaciones eléctricas que han azotado la región zuliana por más de dos años.

Comenzó a correr la voz: “En el centro están saqueando”, decían los compradores del mercado Los Plataneros en el oeste. Pero la verdad es que hubo molestia entre los buhoneros del mercado a cielo abierto más grande de Maracaibo: Las Pulgas.

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El gobernador tomó la medida de cerrarlo para evitar la propagación del virus. La orden era cerrar todos los establecimientos que no vendieran artículos de primera necesidad y evitar la aglomeración de gente.

Para el día siguiente, algunos seguían sin conciencia de lo que estaba pasando: no usaban tapabocas, se saludaban de besos mientras que alguno los miraba de reojo. Los que sí estaban conscientes y al tanto eran los transportistas, quienes comenzaron a aumentar el pasaje porque las estaciones de servicio dejaron de surtir combustible.

Foto: José Núñez

Ellos al igual que mujeres embarazadas, pacientes renales y de cáncer esperaron más de cuatro horas en la circunscripción militar del Zulia conocida como La Barrada, a la espera del “bendito salvoconducto” que nunca entregaron para ser beneficiados con un poco de gasolina. Ahí, volvió el pánico: “Yo no puedo ir a ponerme mi tratamiento a pie, si no me dializo, me voy a morir antes de que acabe todo esto”, dijo un paciente renal mientras sostenía el ciclón que lo dividía de los uniformados de verde.

Finalmente, el Gobierno anunció: “No hay salvoconducto para nadie, se activará una sola estación de servicio por municipio” y así fue. Los priorizados fueron el gremio médico quienes ya presentaban retrasos para llegar a los diferentes centros de salud para cumplir sus guardias, algunos debieron redoblar, pues no tenían gasolina para volver si era necesario. Ahí también estaban los del Hospital Universitario de Maracaibo, uno de los 46 centros centinelas, donde días antes se había preparado una zona de aislamiento que causó revuelo por un simulacro.

A la par se arreció el racionamiento del servicio de agua por tubería y las quejas en las comunidades continuaron, esta vez cargadas de miedo: “Cómo nos piden que nos quedemos en casa, que nos lavemos las manos a cada rato si no tenemos agua desde hace un mes. No podemos, tenemos que salir a buscar botellones hasta donde nos alcance el bolsillo o comprar pipas de agua, en el peor de los casos ir a las plazas a donde haya tuberías madre para carretear, cumplir la cuarentena sin agua es inaudito”, dijo Ramón Augusto Angulo, un pensionado de 72 años.

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Foto: José Núñez

Para el cuarto día de cuarentena ya era imposible conseguir gasolina. Se paralizó 90 % del transporte público. La única opción era adquirir combustible por los caminos verdes: solo aceptaban la divisa extrajera. Un punto de gasolina (25Lts) costaba 40 dólares. “Yo tengo gasolina, pero la vendo con dólares en mano, no recibo efectivo”, dijo un vendedor informal. Las modalidades comenzaron a variar ante el desespero: “Yo tengo unos pocos litros que me quedan, la cambio por comida, un kilo por litro”, dijo otra vendedora. “Cómo hacemos para mover a la gente que va a comprar comida, como hacemos para sobrevivir nosotros si con lo que hacemos diario comemos”, criticó Alfonso Guerra, un conductor de la línea Socorro-Centro, ante la falta de combustible.

A mitad de semana los habitantes de Maracaibo ya salían con la mitad del rostro cubierto y se veía en la calle cómo vendedores informales aprovechaban para vender tapabocas artesanales en 50.000 bolívares, hechos de tela, incluso de colores o con alguna caricatura. Nadie podía estar a menos de un metro de distancia dentro de los supermercados, por orden de la gerencia, y mucho menos entrar sin mascarilla. “Lo siento señora, no puede pasar”, repetían algunos vigilantes.

Al otro lado del Zulia, los habitantes del municipio Colón no solo lidiaban con la orden general: quédate en casa. También aumentaron el pánico tras la fuga de 84 privados de libertad del retén de San Carlos. Comenzó la búsqueda por el pueblo, caseríos y sectores aún más lejanos. En la tarde las autoridades informaron: 10 evadidos muertos y seis recapturados. Pero la orden para los ciudadanos era no abrirle la puerta a nadie, porque alguno de los prófugos podía pedir ayuda o aun peor tomar rehenes. En Santa Bárbara del Zulia la gente sigue asustada, todavía no los consiguen a todos.

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Para el fin de semana no había control en Maracaibo. Mientras las ballenas de la guardia nacional lanzaban agua con cloro en la avenida Libertador para “desinfectar” el centro, los pocos choferes que salieron a buscar sus últimos días de sustento metían a diestra y siniestra hasta el triple de la cantidad de pasajeros en chirrincheras y buses.

“Se acabó el metro y medio de distancia, dale pa´dentro si te queréis ir porque no hay más carros”, gritaba un jovencito con tapabocas, mientras cobraba 50.000 bolívares por llevar al grupo de gente desde Cuatricentenario hasta el centro de Maracaibo.

El icono más grande de la zulianidad, la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá luce desolada. No hay misa. “Me siento como si me hubieran quitado un brazo, lo que hago es aprovechar el tiempo y leer la biblia, yo sé que Dios nos va a sacar de esto”, dijo Teresa, una feligrés.

El fin de semana terminó con la iluminación del Angelito de Amparo. Una figura de 120 metros de altura que solo se ilumina en las navidades marabinas, esta vez se encendió para recordarle a los zulianos la fe, el valor y la lucha que se libra en el mundo frente a la pandemia.


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