Mauricio pasó semana y media en casa, ocho días en la clínica, 15 días de reposo después del alta y un mes más de tratamiento luego de haberse contagiado de COVID-19. Es un hombre joven, sin enfermedades previas, que tuvo una recuperación lenta. Nunca se pudo hacer la prueba PCR y está fuera del registro oficial, pero, por suerte, recibió atención médica privada a tiempo.

Caracas. En el proceso de recuperación de la COVID-19 lo más difícil es que uno piensa las consecuencias que pueda tener en tu salud. Tenía dos semanas con un tratamiento que no hacía efecto y tenía miedo.

Esas fueron las palabras de Mauricio* después de semana y media en casa, ocho días en la clínica, 15 días de reposo después del alta y un mes más de tratamiento luego de haberse contagiado de COVID-19. Su recuperación fue lenta, pese a que es un hombre de 35 años de edad y sin enfermedades previas.

Mauricio trabaja como chofer de un sector priorizado. Durante la cuarentena, decretada desde marzo, se mantuvo trabajando. En su casa solo vive con su esposa y desde el comienzo cada quien dormía en un cuarto por miedo a que él pudiera infectarse. Mauricio siempre ha tenido un buen sentido del humor. Jugaba con un spray donde tenía alcohol y mojaba a todos sus compañeros. «Échate pa’ allá«, les decía en modo jocoso.

En la madrugada del 22 de agosto lo sorprendió una fiebre. Tenía mucho dolor en las articulaciones y esperó que fuera solo un resfriado. Al día siguiente, la temperatura bajó. Me salvé, pensó Mauricio.  Pero después la fiebre alta volvió acompañada de la falta de olfato y gusto. 

Cualquier resfriado debe ser tomado como COVID-19 hasta que se demuestre lo contrario, o eso recomiendan los médicos para evitar que la persona salga y pueda contagiar a más personas. El problema es que muchos tienen miedo a hacerse un test rápido por estar aislado en un hotel, o simplemente no les queda claro a dónde acudir. 

Mauricio pasó exactamente por ese dilema y prefirió aislarse en casa pensando que seguramente mejoraría pronto. Como la fiebre no cedía, salió a hacerse una hematología y una placa de tórax que le iban a recibir en un consultorio médico de confianza. 

Cuando entregó los exámenes, el doctor encargado del caso le informó que, a partir de sus resultados, determinó que era paciente de COVID-19. Lo envió de regreso a casa con un tratamiento y vitaminas. 

El celular de Mauricio no dejaba de sonar. En los grupos de WhatsApp preguntaban por él. ¿Cómo sigues?, ¿Necesitas algo?, Cuídate mucho. Él ponía chistes, mensajes bonitos para tranquilizarlos. Su esposa seguía aislada en el otro cuarto. Con miedo. 

Foto: cortesía Mauricio

Pasaron cinco días más en los que la temperatura corporal estaba entre 37,8° y 39°. La fiebre iba y venía. Se tomaba un acetaminofén cada seis horas, pero poco ayudaba. Hasta que se deshidrató. 

El 1° de agosto se paró bien temprano para repetirse la placa de tórax y se la envió a varios médicos conocidos para que le dieran otras opiniones. Mira, Mauricio, te puedo decir que esa placa no es nada favorable, coincidieron la mayoría de los doctores. 

En ese momento, la preocupación aumentaba porque, aunque tuvo un tratamiento por varios días, seguía igual o peor. Mauricio notó que se sentía agotado. Las noches eran largas, no podía conciliar el sueño y comenzó a aparecer algo extraño en su respiración. Ya no era tan fácil inhalar y exhalar. Era como si estuviera tapado. 

Uno de los médicos le recomendó que fuera a algún lugar para que le dieran oxígeno y revisaran mejor su caso. Por suerte, Mauricio tenía un seguro médico, así que se fue para la Policlínica Metropolitana, en el municipio Baruta del estado Miranda. Fue solo, porque nadie podía acompañarlo por riesgo a también infectarse. Apenas llegó le tomaron la saturación y lo conectaron al oxígeno. 

Para poder ingresarlo como paciente de COVID-19 tenía que hacerse una tomografía y unos exámenes de sangre. Para esto, debía pagar cerca de 700 dólares en efectivo. Él se mantenía aislado en un cuarto esperando que el seguro diera respuesta, pero poco era lo que podía hacer. Se sentía mal, no tenía contacto con alguien de la clínica, no estaba seguro para dónde llamar. 

Pidió ayuda en su grupo de WhatsApp familiar y un tío pudo tener contacto con un trabajador de la administración de la clínica. Con su ayuda lograron que la clínica por fin enviara la solicitud para que el seguro diera el visto bueno. Después, ese mismo trabajador los ayudó dándole los detalles económicos del caso: qué cubría el seguro, cuánto se había gastado, cuánto tenía disponible. «Un ángel, lo apodaron.

Cuando le dieron los resultados de los exámenes, le dijeron a Mauricio que tenía que quedarse hospitalizado.

—Doctora, dígame si con este tratamiento sí voy a mejorar —preguntó Mauricio con temor.

—Quédate tranquilo —le respondió. 

covid-19
Foto: Referencial

Otro ángel fue una enfermera mayor que lo cuidaba. Bajo su responsabilidad estaba ponerle el tratamiento a los pacientes con COVID-19 a la hora respectiva. Era una mujer amable, dedicada a su trabajo; le transmitía la tranquilidad que él necesitaba en ese momento. Mauricio seguía aislado en un cuarto esperando que se desocupara una habitación. 

La capacidad de las clínicas en Caracas para atender casos de COVID-19 está limitada y solo pueden pasar a los pacientes a una habitación cuando otro es dado de alta. La Policlínica Metropolitana pasó de 13 a 25 camas y solo cuatro cupos de terapia intensiva. Una de las clínicas que tiene más cupos es el Centro Médico Docente La Trinidad, con 46, y sigue siendo insuficiente para atender la demanda de pacientes por el avance de la pandemia en el país. 

Aunque el protocolo internacional apunta que para dejar ir a una persona a casa debe dar dos veces negativo en la prueba PCR, en Venezuela es muy difícil cumplir ese paso. Los resultados pueden tardar entre 8 y 15 días, tiempo que el paciente seguramente se siente bien y estaría ocupando una cama que necesita alguien que tenga los síntomas activos del virus. 

Cada vez que Mauricio iba al baño se daba cuenta de que algunas cosas no estaban bien con respecto a su salud. Cuando se sentaba en el inodoro no dejaba de toser, toser y toser, acompañado de orina y diarrea. 

El jueves 3 de septiembre deciden pasarlo a la habitación bajo tratamiento y oxígeno. Ahí pasaron ocho días. Por fin comenzó a mejorar. 

Debo agradecer al personal que está involucrado en ayudar a todos los pacientes con este virus. Mi agradecimiento a los doctores Erwin Ramírez y Erika Medina. Al equipo de enfermería, limpieza, comedor. Me salvaron la vida, resaltó Mauricio.

El regreso a casa fue bajo 15 días más de reposo y un mes de tratamiento. Volvió a ver a su esposa, que estaba con quebranto y se estaba sintiendo mal. A él le costaba todavía un poquito respirar, era difícil subir las escaleras hasta el apartamento, pero estaba mucho mejor. 

El reporte oficial dado por la administración de Nicolás Maduro apunta a que de los 61.569 contagiados que hay en el país, 49.371 están recuperados y 494 fallecieron. Incluso, sus números de casos diarios no han superado los 1000. 

La Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales estimó, luego de estudios matemáticos aplicados, que la realidad es otra. A través de un informe expresaron que en el país se están registrando más de 4000 casos diarios que no son captados por el subregistro que hay a partir de la poca cantidad de pruebas PCR que se aplican diariamente y su resultado tan tardío. Además, en uno de sus escenarios apuntan que para final de año podrían registrarse 14.000 casos diarios.

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Mauricio nunca se hizo una prueba PCR. No está dentro del registro oficial. Aún así tuvo la suerte de contar con atención médica privada y de regresar sano a casa. 

Mauricio* es un nombre ficticio para proteger la identidad de la fuente


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