Génesis Carrero Soto

Aunque los daños son menores en esta zona de La Guaira, tienen graves problemas para subsistir, ya que viven del turismo, un sector paralizado tras los terremotos del 24 de junio.

La Guaira. En el pueblo de Naiguatá, desde el doblete sísmico, reina un silencio que jamás fue percibido por los vecinos, acostumbrados al transitar constante de carros, buses y motos y al bullicio de los turistas que ni en días de semana dejaban de visitar esta zona de La Guaira. 

A más de 40 días de los terremotos, que dejaron a las principales zonas de La Guaira en completa devastación, en este poblado conocido por sus fiestas, sus tambores y playas, los daños están más allá de las grietas de las paredes, pisos y carreteras. 

Los residentes se sienten abandonados por las autoridades y se aferran a la ayuda de organizaciones independientes y a la voluntad de desconocidos, para levantarse y recuperar al pueblo playero.  

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“A lo mejor de repente soy imprudente en lo que estoy diciendo, pero es así, para nada el Estado se ha pronunciado. Se han pronunciado instituciones internacionales, que han venido. Médicos alemanes, médicos brasileños que han dado asistencia. Como tal hemos tenido asistencia, pero de otros países. De nuestro país, lamentablemente, no tenemos asistencia”, dijo Sonia Gómez, propietaria de un apartamento en las residencias Aguja Azul, que por ahora no puede habitar. 

La aseveración de esta vecina se corrobora al recorrer las principales calles de este pueblito costero de La Guaira y ver la soledad y los negocios vacíos a la espera de algún cliente.

Es una escena que contrasta con las carpas instaladas en distintas zonas, en las que se guarecen del sol y la lluvia quienes no pueden volver a sus viviendas por los daños estructurales generados por el doble terremoto. 

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Volver a casa

Desde la noche del 24 de junio Sonia duerme en una colchoneta a la intemperie, afuera de una cancha frente a su edificio, el cual recibió una calificación de alto riesgo por la comisión presidencial designada para inspeccionar las estructuras tras los movimientos de tierra. 

“Si me dieran la oportunidad de pedir un deseo sería volver a mi casa, esa casa de la que tuve que salir pero a la que voy a volver, porque es mía, es mi casa. Es mi esfuerzo”.

Aseguró que por parte del Estado solo acudió a Naiguatá un ingeniero que pegó etiquetas de colores según su evaluación oficial, al menos en esa zona donde se ubica su apartamento.

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“La idea es continuar, no quedarnos aquí en esta cama militar, sino seguir adelante y recuperar las casas y todo el pueblo”, explicó.

Sonia comentó que los 283 propietarios del conjunto en el que viven hicieron gestiones privadas para que inspeccionen el edificio y vean las formas de reparar lo necesario. Esperan, por su cuenta, poder resolver su problema de vivienda.

“A riesgo”

Cerca del edificio de Sonia, también en el casco central de Naiguatá, se ubican las residencias Mónaco, cuyos 24 apartamentos sufrieron daños graves que dejaron a 10 familias sin casa, pues estas eran sus únicas viviendas. 

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Kleybert Palacios, estudiante de Comercio Exterior, contó que a pesar del grave estado de la edificación, aún no reciben visita de ninguna comisión de ingenieros del Estados y que solo acudió un grupo de la Universidad Central de Venezuela (UCV) que les corroboró el peligro de permanecer allí.

La contingencia los obligó a instalar un campamento improvisado en el patio de la edificación. Organizaciones internacionales como Water Mission y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) son las que les han provisto de insumos como carpas o un tanque con agua limpia para subsistir en medio de la crisis. 

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“La ayuda es de personas privadas e instituciones y uno entiende que para nada aquí pasó lo que allá delante en Macuto o Catia la Mar, pero estamos aquí y también necesitamos ayuda para nosotros, para animalitos”,

dijo Kleybert.

Explicó que las familias entran “a riesgo” a los apartamentos en ruinas para cocinar o guardar su comida en algunas neveras que funcionen. Ellos claman por una inspección que les permita entender su situación real y en la que sean considerados para censos y ayudas. 

Sin trabajo y sin techo

A simple vista la casa de Yanubis Córdoba en Camurí Grande, parece estar bien pero toda su estructura está en riesgo tras los terremotos. Por eso se instaló en una carpa en la entrada de playa Pantaleta, entre la arena y el kiosco de una amiga. 

Allí vive de la caridad de sus amigos y de las organizaciones que entregan enlatados y agua potable a los vecinos de la zona. 

“Siento que si hay una réplica voy a encontrar mi casa en el piso. Es difícil, pero yo no me quiero mudar, tampoco no me he censado ni nada de eso. Quiero vivir aquí, donde estoy desde niña, entonces estoy buscando que me ayuden con los materiales para poder yo misma, con mis hijos y amistades en la comunidad, porque acomodar a mi casita”, dijo Yanubis. 

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Sin empleo

Los vecinos de Naiguatá se quejan de que no hay empleo, de que las playas están vacías y el turismo, la principal fuente de ingresos de la población, se paralizó tras los terremotos. 

Reportan que no llegan proteínas a la comunidad y las últimas semanas han tenido que comer atún o sardina, cuando alguna ONG les lleva. Esto, explicaron, deteriora la salud de muchos pobladores y hay personas que se descompensan por mala alimentación. 

Además de los daños en las viviendas, en el Centro de Diagnóstico Integral (CDI) de la comunidad y en el bulevar de la zona, colapsaron los servicios públicos por el daño en tuberías. 

Muchos coinciden en que entienden la gravedad de otras zonas afectadas, pero piden a las autoridades no olvidar a este poblado que es un importante centro turístico de la región central costera que depende de otros para sobrevivir. 

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