Un periodista y un profesor han sobrevivido dos veces a la fuerza del río El Limón

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La nueva tragedia que trajo consigo el desbordamiento del río El Limón, el pasado 9 de septiembre, removió los escombros y el triste recuerdo que dejó en muchos sobrevivientes el deslave de 1987. José Rosario Delgado y David Guzmán son vecinos, pero no se conocen. Sin embargo, en 33 años desde la primera tragedia han tenido varias cosas en común y una de ellas es haberse salvado milagrosamente de la muerte dos veces.

Maracay. Oscar Wilde escribía que se puede sobrevivir a todo, menos a la muerte. Pero hay personas a las que por casualidad, suerte o milagro, la muerte les pasa de lado y hoy pueden contar cómo ha sido verla convertida, por ejemplo, en roca y agua.

José Rosario Delgado es un periodista aragüeño que durante décadas ocupó cargos de jefatura en importantes medios regionales y ha sido un destacado columnista. Goza de una privilegiada memoria, capaz de evocar los más mínimos detalles de aquellos hechos que marcaron historia en la región y de los que ha sido protagonista y testigo.

Para el 6 de septiembre de 1987, con 39 años de edad, era director de Relaciones Públicas del Concejo Municipal del entonces Distrito Girardot, al cual pertenecía Mario Briceño Iragorry. También era reportero del diario El Siglo. Ese domingo, junto con algunos amigos y colegas, se disponía a disfrutar de un día soleado en uno de los tantos pozos que se encuentran en la estrecha y curvilínea carretera hacia Ocumare de la Costa. En su carro iban las provisiones necesarias: carne para la parrilla y una cava full de cervezas.

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José Rosario Delgado denunció los atropellos a los que son sometidos los vecinos de El Limón por parte de funcionarios policiales. Foto: Gregoria Díaz.

Algunos de los amigos no llegaron a tiempo y el viaje se suspendió. Así que decidió cambiar la farra de lugar y se fue a celebrar el cumpleaños de una amiga. Horas después, el rumor de una tragedia se hizo colectivo. Para entonces, aún casado y con una hija de solo 1 año y ocho meses, vivía en la populosa urbanización Caña de Azúcar, que al igual que El Limón, aún pertenecían al distrito Girardot.

Me puse un jean, unas botas y nos fuimos. Me asombré de tantos muertos en el camino y agradecí no haber estado enterrado entre tantos carros”, contó.

Treinta y tres años y tres días después, José Rosario Delgado se salvó de nuevo. Desde su separación matrimonial, vive en la calle Las Delicias, entre Capuchino y Anzoátegui, sector Arias Blanco de El Limón, muy cerca de la capilla La Santa Cruz, de donde los vecinos sacaron intacta la imagen del Santo Sepulcro.

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Justo allí fue el epicentro del segundo aluvión que trajo el río El Limón desde las montañas del parque Henri Pittier.

A nosotros nos pasó la vaguada por encima, por debajo y por los lados. Quedamos en todo el medio de la tragedia. Ni siquiera el agua entró a la casa. ¡Un milagro! Gracias a Dios”, narró mientras explica que, curiosamente, toda el agua y escombros no descendieron por esas calles.

Pero otro milagro, eso cree, lo salvó de quedar atrapado el miércoles 9 de septiembre. Ese día regresaba de una consulta médica en el centro de Maracay. Tomó uno de los pocos autobuses que aún prestan servicio hacia El Limón, cuya ruta tiene como última parada la panadería Los Rauseos al final de la avenida Universidad.

«Pero la buseta desvió el trayecto y subió por la avenida Caracas. Creo que andaba pirateando, no sé, pero eso me obligó a caminar por otra calle», relató.

Sus 72 años a cuestas le impidieron proseguir hasta la panadería para cumplir con el encargo de una hermana: el pan para el almuerzo. “Minutos después, el coñazo” describe, con la jocosidad que lo caracteriza, aquel ruido ensordecedor y aterrador que traía el río. Agradeció no haber hecho el mandado.

La panadería Los Rauseos fue uno de los comercios afectados por el desbordamiento del río El Limón.

“Todo hizo para que no fuera para allá”, dice, sonriendo por la fortuna de contarlo.

Asegura que en esta oportunidad la fuerza de la naturaleza fue mayor. Por eso cree que el hecho de que no haya ni un solo muerto ya es un milagro.

Su verbo lapidario sigue vigente y con él denuncia los atropellos de las autoridades a los que él y sus vecinos son sometidos.

“Los cuerpos de seguridad retienen y decomisan la ayuda que nos traen, incluyendo el agua, el bien más preciado en este momento. Una sobrina que reside en Valencia recolectó alimentos y bebidas e intentaron decomisárselas dizque para entregarlas ellos, pero es para cogérselas. Claro, no se las dejó. Son una mie… (Piiiiiiii)” (sic), escribe en un mensaje de texto.

Revivir un viejo dolor

El 6 de septiembre de 1987, David apenas tenía cinco años, edad promedio para los primeros recuerdos. Por eso tiene vívida la memoria de aquel domingo cuando sus padres y su hermano salieron hasta el Limón.

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Un matrimonio español, amigo de su familia, emprendería el retorno a su país. Una parrillada fue la excusa perfecta para compartir el último día en Venezuela. Y allí estaban David Guzmán y su hermano, jugando en aquella casa ubicada en la calle Los Pinos frente al río.

Ese día sí llovió, aunque el río no creció tan rápido como ahora”, recordó.

Sin embargo, el agua se fue metiendo a la casa. A él y a su hermano los subieron en una mesa desde donde veía como comenzaban a entrar troncos, piedras y cosas que arrasaban las aguas.

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A David Guzmán esta vez solo le dio tiempo de recoger su celular. Foto: Gregoria Díaz.

“Tengo intacto el instante en que un perolón que traía la corriente tumbó a mi papá”, dice mientras los recuerdos de lo que pasó después se le tornan difusos. Apenas queda en su memoria el momento en que eran evacuados por la parte trasera de la casa, aunque no sabe cómo ni por quién.

Todos habían sobrevivido a la tragedia, pero para un niño de apenas cinco años era difícil superar el trauma vivido. Así que sus padres decidieron enviarlo a casa de unos tíos mientras se normalizaba la situación.

Días después de la inundación, la casa de los Guzmán se convirtió en centro de acopio. La vivienda no sufrió daño alguno, pues estaba ubicada en el sector Mata Seca, donde la furia de las aguas no llegó.

Pero este 9 de septiembre, a David Guzmán lo inunda la nostalgia, el llanto y el río. Con 38 años de edad, profesor en Informática egresado de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador en Maracay y coordinador de educación primaria en un colegio privado de la ciudad, revivió el dolor y la angustia.

Lo perdimos todo”, dijo sereno a pesar de la incertidumbre de saberse sin un techo.

En el sector Arias Blanco, uno de los más afectados por el aluvión, se encuentra la casa del partido Copei, organización política en la que el padre de David militó siempre. Esa estructura fue invadida varias veces, por lo que la dirección partidista de hace más de una década le permitió al entonces joven universitario ocuparla para evitar el despojo.

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Esta vez Guzmán no corrió con la misma suerte que en 1987 cuando la casa donde vivía se salvó. Foto: Gregoria Díaz.

Esa casa le dio cobijo y protección por 16 años. Hasta el 9 de septiembre cuando el agua, el lodo y los escombros sepultaron los pocos bienes, entre ellos su ropa y la de sus tres sobrinas.

Fue una de ellas quien le avisó sobre el fuerte ruido que traía el río. No llovía, así que David no advertía peligro alguno. Hace 33 años, cuando vivió la primera tragedia, fueron las torrenciales lluvias las que avizoraban una eventualidad.

Pero los recuerdos de entonces regresaron y a los 10 minutos se asomó al patio. Ya los troncos de árboles y escombros tapiaban la casa. Apenas le dio tiempo de recoger el poco dinero que tenía y su teléfono. Sacó a sus sobrinas y desde un lugar medianamente seguro se percató de que lo único visible era el techo.

Ya la noticia se había difundido y David estaba seguro de que su familia estaría angustiada.

Llamé a mi hermana y le dije que estábamos vivos”, dijo mientras el dolor y la nostalgia se le mezclan con la alegría de haberse salvado una vez más.

David Guzmán también tiene otra coincidencia con el periodista José Rosario Delgado. Reprocha la indolencia gubernamental frente a la emergencia y la escasa planificación y organización oficial para atender a los damnificados. También recalca la poca humanidad que exhiben funcionarios policiales y militares cuando decomisan las ayudas que los voluntarios les hacen llegar.

«Pero en medio de esta tragedia también he recordado a la gente buena que tiene este país, la que te brinda la mano y te aminora la pérdida», dijo esperanzado.

David Guzmán y José Rosario Delgado no se conocen, pese a que los separaban solo unas calles.

La única cosa que los vincula y los une es que la muerte les ha sido esquiva dos veces y siguen vivos por un milagro.


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