A Moisés Cordero la violencia uniformada le arrebató su ojo pero no las ganas de luchar

Moisés Cordero

El 23 de febrero de 2019, Moisés Cordero salió de su casa con la intención de respaldar el intento de ayuda humanitaria al país desde Colombia. Tras haber llegado a las inmediaciones del Fuerte Paramacay junto a una marcha, un grupo de personas comenzó a lanzar bombas lacrimógenas y en medio del ínterin, un disparo impactó en su ojo derecho causándole perdida total y suceso por el cual no se han determinado culpables.

Valencia. Fue en una fracción de segundo que a Moisés Cordero le quitaron la visión de su ojo derecho, rápido, violento y sin compasión. Tras el impacto en su ojo, el aturdimiento y el sonido de las escopetas de la Guardia Nacional Bolivariana lo desorientaron mientras el gas lacrimógeno se colaba por su garganta asfixiándolo, pero con un añadido, la sangre que se filtraba por dentro de su nariz y que lo ahogaba y que es hoy, luego de tres años la sensación más desagradable que, según afirma, ha tenido en su vida.

El 23 de febrero de 2019 debía ser un gran día, al menos para este joven estudiante de derecho de la Universidad de Carabobo, nacido en Monagas y residenciado en Carabobo. Ese 23 se suponía que ingresaría desde Colombia, la ayuda humanitaria que varios países destinaron a Venezuela y por eso, un grupo de ciudadanos saldría a protestar, él, quien siempre se había involucrado en protestas, ahora también lo hacía, pero para recolectar información sobre represión e irregularidades para la ONG Foro Penal.

A las 7:00 a.m de ese 23 de febrero despertó para hacer su bolso. «Nunca podía faltar el botiquín de primeros auxilios y agua. Si a alguien le pasaba algo quedarme de brazos cruzados no podía ser una opción». comentaba.

A Moises Cordero desde niño le enseñaron a luchar por sus derechos y a no callarse. Lo hizo en el liceo y también en la universidad. Aquella mañana su madre le preguntó «¿Hoy vas a protestar?». Él trató de evadir la respuesta diciendo. «Puede que sí, puede que no. Te voy avisando», pero él sabía a qué iba.

La marcha en respaldo a la llegada de la ayuda humanitaria, celebrada ese día en Carabobo, tenía que continuar su recorrido por la Avenida Universidad, pero un piquete de la PNB ubicado justo en frente de la sede del Diario El Carabobeño, hizo que se desviara por una calle, cercana a la vivienda de Cordero. Ahí se incorporó junto a varios amigos y llegaron a la Redoma de Guaparo, frontera entre los municipios Naguanagua y Valencia.

Ahí todo estaba tranquilo, por lo que la marcha comenzó a avanzar hacia el Fuerte Paramacay. Yo sabía que ahí podría recolectar información, así que continuamos el recorrido, pero no llegamos muy lejos. Un piquete de la PNB estaba justamente en la esquina de la Villa Olímpica y tuvimos que pararnos», relató.

Cordero, al igual que otros presentes le recordó a los funcionarios que su presencia ahí era pacífica, que no había intención alguna en llegar a la violencia y para muchos de los presentes, pareció que el mensaje caló hondo, puesto que unos minutos después el piquete les abrió paso para continuar su ruta, pero no fue mucho lo que caminaron cuando a unos metros se toparon con otro piquete, pero esta vez el de la GNB.

«Algo anda mal aquí». Se dijo de inmediato, su amigo se adelantó y no tardó mucho en alcanzarlo. A su izquierda estaba el Fuerte Paramacay, y al otro lado de la cerca unas personas con franelas rojas corrían con bombas lacrimógenas en las manos, al igual que los del piquete, era una trampa.

De inmediato su presagio se volvió real. Las lacrimógenas surcaban los cielos y al despegar la mirada de la cerca gritó a su amigo «¡Corre!», cuando miró a los militares su ojo derecho se transformó en una cortina negra.

Moisés Cordero
Pese al incidente, Cordero no se amilanó y continuó sus estudios de derecho / Foto: Armando Díaz

En su mente se había roto la ceja y la sangre que corría sobre su rostro era la respuesta a aquello. «Si, si, debo tener el ojo hinchado por el golpe, eso es todo», se dijo a sí mismo.

Pero para él, aquello fue como si le apagaran la luz. «Si no retrocedo me llevan por el medio», pensó mientras el aturdimiento se intensificaba.

En su camino se encontró con una señora mayor que acababa de caer. Con la sangre en su rostro, se tomó un segundo para ayudarla. «Levántese» le ordenó. Ambos siguieron en la carrera. En vez de seguir de largo y llegar hasta la Redoma de Guaparo, bajaron por la calle en donde estaba el primer piquete. Nuevamente Cordero se encontró con otra mujer, esta se asfixiaba. «Yo le puse la mano por la espalda y le dije. Corra, corra», recordó.

Moisés Cordero necesitó unos pasos más para quitarse los lentes, el cristal derecho tenía un agujero por el cual pasó el perdigón y de inmediato se llevó la mano a la cara buscando su ojo. «No lo sentía, no tenía el volumen que se siente cuando uno se toca el ojo», explicó.

Justo en ese instante una muchacha se le acercó para decirle que estaba herido. En ese instante un pequeño paño rosado apareció en la mano de la desconocida y se lo puso en el ojo para que se limpiara, mientras tanto le echaba agua en el rostro.

“Luego de eso me llevaron hasta una camioneta, para tratar de trasladarme a un hospital, pero una señora pasó y nos gritó. Sálgase de ahí que la guardia viene por ustedes”.

El pánico invadió a Cordero quien tenía que volver a correr. Los pasos se volvían eternos, porque necesitaba escapar, pero mientras más avanzaba, la adrenalina en su cuerpo se diluía y el dolor, los mareos y la pérdida de facultades se hicieron presentes.

Yo ya no podía más. Comencé a pedir ayuda y otra señora que se identificó como médico, me ayudó, me revisó y me comentó que tenía la ceja rota», contó.

Otros dos que lo encontraron en el camino lo montaron en la camioneta y lo llevaron al centro médico. El motorizado que los escoltaba en ese momento les dio una advertencia. «No lo lleven al Hospital Carabobo, ahí la guardia está esperando a los heridos. Ni se les ocurra». La advertencia fue más que suficiente para acudir a la clínica privada más cercana.

Vivo de milagro

Para ese momento su familia no estaba enterada de lo ocurrido, sus amigos tampoco estaban con él. Estaba solo y a la expectativa de lo que los médicos le dirían.

Una enfermera que lo atendió y le hizo la prueba de los sentidos le comentó con sorpresa. «¿Cómo puedes estar consciente?» La pregunta fue más que suficiente para comprender la dimensión de lo que le pasaba, solo le quedaba esperar por el oftalmólogo para que le dijeran qué ocurría.

Eso fue muy angustiante. Yo esperaba en una camilla y ahí intentaba mover el ojo y sentía que algo no estaba y cuando llega el especialista ya yo estaba desesperado. Le preguntaba ¿Qué pasa con mi ojo? ¡Sálveme el ojo!», dice.

La falta de lentes hacía que la visión de Cordero fuese borrosa, pero aún así podía distinguir la cara de preocupación del oftalmólogo quien le dijo. «Estás vivo de milagro y tus lentes te salvaron».

Moisés Cordero
Cordero afirma que no guarda rencor a quien le propició la lesión en el ojo / Foto: AD

De no ser por el cristal de sus lentes, el perdigón lo hubiese matado. Así se lo explicó el especialista, para luego decirle algo peor. “No hay nada que hacer, perdiste el ojo, no podemos salvarlo, pero estás vivo y además no estás afectado a nivel neuronal y eso es muy importante”.

Moisés Cordero colapsó, no paraba de llorar ante la impotencia de saber que más nunca volvería a ver por su ojo derecho. «Yo lo que decía una y otra vez era que no podía ser posible, que quería mi ojo de vuelta. Yo le rogaba a todos que salvaran mi ojo, obvio, no quería perderlo. Tuvieron que tranquilizarme».

Los médicos le explicaron que si lo intentaban le quedaría el ojo blanco.

El perdigón había hecho que el globo ocular estallara, por lo que había que operar con prontitud, para luego ponerle una prótesis. Por ende a Cordero lo trasladaron a una habitación, y luego de mucho su amigo Melvin, el mismo con quien él estaba antes de recibir el disparo lo encontró, desbloqueó su teléfono y llamó a sus familiares.

Para este joven estudiante mucho más fuerte que haber perdido su ojo fue escuchar el llanto de su mamá al otro lado de la habitación.

«A mi mamá le decían que no llorara, que debía ser fuerte porque yo la necesitaba. Yo al verla lo que le dije fue que lo sentía, que lo sentía mucho porque no me había cuidado». Cordero sentía que la había defraudado. Sus palabras causaron mucho dolor en la madre, pero rápidamente él le recordó que estaba vivo y eso era lo importante.

Los de negro

Mientras Moisés Cordero digería lo ocurrido, el Sebin trataba de llevárselo. Las amenazas se hicieron presentes y la familia tuvo que cambiarlo de cuarto.

No solo de cuarto, me cambiaron de ropa y me tuvieron que sacar de la clínica. Tenía que hacerme exámenes en 3D para ver en dónde estaba el perdigón, pero el Sebin quería llevarme al hospital quién sabe para qué», dijo a Crónica.Uno

Escondido, la familia de Cordero lo sacó de la clínica por el sótano y lo mantuvieron en un vehículo que rondaba la zona, hasta que el panorama fuese seguro para volver. Sin embargo, en la noche el Sebin intentó ingresar a la clínica, pero se les prohibió la entrada, por lo que al día siguiente luego de una recaudación veloz, el activista recibió su cirugía, en la que se le retiró todo el tejido dañado y los restos del globo ocular. Seguidamente se le puso el implante, el cual sellaría y en donde a futuro iría la prótesis.

Transcurridos varios días del suceso, aún los funcionarios gubernamentales seguían intentando llevarse a Cordero, pero las visitas no terminaron. Una vez le fue dada el alta médica, durante un mes completo su familia veía desde la ventana de su apartamento las camionetas sin placa rondar el conjunto residencial en donde vive. «Me contaron eso mucho tiempo después. No querían que me pusiera nervioso o quizás culpable».

Volver a ver

La recuperación no fue fácil, por una semana Cordero evitó enfrentarse al espejo, tenía miedo con lo que se podía encontrar, pero rápidamente lo superó. Sin embargo, mucho peor era acostumbrar a su ojo izquierdo a la nueva realidad. «Los médicos me dijeron que yo soy derecho total, es decir mi ojo derecho era el dominante». Por lo tanto, Cordero perdió la capacidad de captar la profundidad de las dimensiones. «Si quería agarrar un vaso no podía alcanzarlo, agarraba más adelante o más atrás. Me estrellaba contra las paredes o tropezaba y caía. De hecho luego de tres años las escaleras siguen siendo mis peores enemigas».

Junto con esas nuevas sensaciones el estrés y la frustración brotaban, la incapacidad para realizar tareas simples lo arrojaban de cabeza a un agujero negro, pero ahí entró en un proceso introspectivo en el que se dio cuenta, que era un sobreviviente y que el llanto no resolvería nada. En ese mismo espejo en donde veía a ese nuevo Moisés se dijo que tenía que seguir avanzando, que no podía decaer y que tenía que ser más que nunca fiel a sus convicciones.

Por lo tanto, el activista volvió a la universidad y comenzó a abocarse aún más a los derechos humanos. «Me apasione más por mi carrera, no solo por ser mi propia defensa, si no por ser la de otros tantos que han vivido cosas como yo». dice Moisés Cordero.

A Moisés Cordero le dicen con frecuencia que si está loco por seguir en la lucha, en cambio responde que una verdadera locura sería dejar de protestar, porque sería traicionarse. «Yo perdí un ojo, más no el espíritu de lucha». Por eso se mantiene en pie, quizás con un tropiezo de vez en cuando, porque le cuesta recuperar el sentido de la dimensión, pero tiene muy claras sus convicciones.

En la calle suele recibir miradas indiscretas. «Yo siempre lo digo. Pero si es solo un parche ¿Qué tan raro es esto?». No lo puede evitar, pero hay días en los que siente tristeza, porque se siente inconforme consigo mismo y por lo que también piensan los demás. «A veces la gente es cruel y muy indiscreta. Yo me tomo el tema de llevar un parche con humor, pero hay días en los que no es gracioso».

Luego de tres años de haber recibido un disparo en el ojo, el caso de Moisés Cordero no ha avanzado en la Fiscalía. Nadie sabe quién fue, nadie ha recibido algún tipo de castigo, solo sabe que la persona que lo hizo, lo hizo con una sola intención, matar, pero eso no lo llena de rencor porque para él llenarse de odio es alimentar una rueda infinita de malos sentimientos, él por el contrario quiere ser el que rompa la rueda de violencia y en su caso siente que lo ha hecho.


Participa en la conversación