Las bolsas de alimentos que reparten los Clap en algunas comunidades llegan una vez al mes y con pocos productos. Y los comerciantes se las ven negras por la caída en las ventas.

Puerto Ayacucho. A San Carlos de Río Negro los productos de Mercal llegan cada seis meses y apenas la semana pasada fue que recibieron las primeras bolsas de alimentos de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap). “Allá no hay casi artículos de primera necesidad, se pasa trabajo”, cuenta Amílcar Álvarez, un jubilado que reside en esa localidad del estado Amazonas.

Aunque muchos en esa zona viven de la pesca o de lo que cosechan, no es suficiente. El abastecimiento es limitado y los pocos productos que encuentran las personas para completar su alimentación les cuestan un ojo de la cara. Las familias tienen que pagar por un pollo hasta 10.000 bolívares, y por otros artículos como la leche o la harina precocida de maíz tienen que cancelar 3.000 y 2.000 bolívares, respectivamente.

Para llegar a Puerto Ayacucho, Amílcar tarda nueve días —porque el viaje lo tiene que hacer en curiara— ir en avioneta implica pagar un pasaje en 100.000 bolívares, y su ingreso no se lo permite. Lo que percibe por su jubilación y las ayudas que le dan sus hijos apenas le alcanzan para comprar un poquito de productos a precios exorbitantes.

“Mi sueldo es de 5.500 bolívares porque la alcaldía, donde trabajaba, no quiere hacer los ajustes que autoriza el Gobierno. Sobrevivo con lo poco que me pasan mis hijos”, apunta.

Pero la situación de Álvarez, que habita en uno de los puntos más alejados de la entidad, también se repite en la capital del estado. Los habitantes de Amazonas no tienen ingresos suficientes y atraviesan un severo desabastecimiento que es consecuencia de la prolongada crisis económica del país, que no solo se debe a la caída de los precios del petróleo, sino también al modelo de controles del Gobierno que ya hizo aguas, y que lleva a las industrias a producir menos.

La cacería 

En los comercios de Puerto Ayacucho la escasez de alimentos, papel higiénico, jabón, pañales, entre otros productos es crítica. Y como sucede en otros puntos del país la gente se desespera: ya el pasado viernes 17 de junio se registró un intento de saqueo a un establecimiento cuando se acabó la mercancía. Las acciones violentas van en ascenso y hasta mayo el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social (OVCS) contabilizó 254 saqueos o intentos de saqueos. 

“Tengo 74 años y nunca había vivido una situación tan mala como esta. Antes en las bodegas había de todo, hoy no tienen nada”, relata Ezequiel Martínez, propietario de un pequeño comercio de víveres. Y quien cuenta que cada vez hay más abastos y panaderías que cierran por falta de insumos.

Bajo el argumento de garantizar el abastecimiento, el Ejecutivo creó en febrero los Clap para distribuir bolsas de comida casa por casa a escala nacional, pero ese reparto es discrecional. Algunas comunidades las reciben, otras no. A veces los paquetes llegan con menos artículos de los prometidos. A lo que se añade que los consejos comunales en cada sector exigen requisitos diferentes, lo que complica el acceso a la comida.

El pasado mes de mayo, el Gobierno anunció que al estado Amazonas fueron enviadas 4.000 toneladas de alimentos para que fueran distribuidas por los Clap. Las bolsas, según los residentes consultados, llegan una vez al mes y apenas traen un kilo de cada rubro: harina de maíz, leche, arroz, pasta, aceite, y pocos han sido beneficiados del paquete que incluye pollo.

En zonas de Puerto Ayacucho, además, los consejos comunales le piden a las personas 300 bolívares adicionales como “colaboración” por la logística de organización.

Ezequiel cuenta que “esa bolsa no alcanza para un mes y cuando se acaban (los productos) hay que ir al mercado, los chinos o los bachaqueros, y pagar un dineral”.

En diversas partes de la ciudad están los bachaqueros con muchos de los artículos que no están en los establecimientos formales como arroz, harina de maíz, pasta, crema dental y desodorante.  

“Queremos que la comida esté en los anaqueles de los negocios, no que se tenga que comprar a los bachaqueros”, asevera Amanda Sotillo, docente jubilada, quien en su última compra se gastó 4.000 bolívares en nada más que unas piecitas de pollo y un paquete de arroz: “Esas bolsas que ofrece el Gobierno llegaron hace mes y medio a mi comunidad, y los artículos no rindieron. Entonces después tienes que comprar todo más caro”.

Muchas personas se ven en la obligación, por la escasez y los altos precios, de restringir su alimentación. Amanda dice que “a veces no ceno porque no tengo comida”. Mariela Dávila, ama de casa, también se limita. Cuenta que “como dos veces al día y así rindo lo que tengo para mis dos hijas”.

CRÓNICA UNO/Miguel González.
En el mercado de Puerto Ayacucho el pescado se ha encarecido

La Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) que elaboraron la UCV, UCAB y USB reveló que 12 % de los venezolanos no tienen acceso a las tres comidas al día, y los que pueden llevar los tres platos a la mesa experimentan un deterioro en la calidad de la dieta. Ezequiel dice que hay semanas en las cuales sus platos son paticas de pollo, que se venden a 1.400 bolívares el kilo, con zanahoria. “No puedo adquirir otros alimentos. Un pollo entero está en 2.700 bolívares y un huevo en 150 bolívares”.

En el mercado de Puerto Ayacucho los indígenas venden casabe y mañoco (variedad de casabe) y las colas para adquirirlos son kilométricas, pese a que el precio de esos productos ha subido a 1.000 bolívares. Son artículos que las personas compran con regularidad, pero el consumo se ha incrementado porque con ello compensan la ausencia de otros alimentos. Carolina Gómez, trabajadora informal, dice que “en mi casa se come mañoco con aliños y así se aguanta”.

En el mercado indígena las personas están comprando más casabe y mañoco
En el mercado indígena las personas están comprando más casabe y mañoco

Aparte de la escasez de alimentos, en Amazonas sufren por la falta de medicamentos. Amílcar Álvarez, que es de la etnia Baré, tiene problemas cardíacos y las medicinas no las encuentra en el país, por lo que cruza la frontera para comprarlas.

El tratamiento, si adquiriera todas las medicinas en Venezuela, le cuesta 8.000 bolívares, pero como debe ir a Colombia ahora le sale en 15.000. “Tengo que tomar ocho pastillas diarias y gracias a Dios mis hijos buscan las maneras de ayudarme”, contó.

Amílcar Álvarez tiene que adquirir las medicinas para su tratamiento en Colombia
Amílcar Álvarez tiene que adquirir las medicinas para su tratamiento en Colombia

Sin embargo, no todos tienen el mismo apoyo. Luis Fuentes es maestro y apunta que “aquí conseguir una pastilla es un sufrimiento. En las farmacias y el hospital no se encuentra nada”.

Cómo se pulveriza el sueldo

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Al segundo semestre de 2013, que fue el último dato publicado por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), la pobreza por ingreso en Amazonas fue de 53,3 %. Y aunque no hay cifras oficiales desde esa fecha, el sueldo de los venezolanos se ha seguido pulverizando por la alta inflación, de manera que más ciudadanos se han sumado a las filas de la pobreza.

En 2015 la Encovi mostró que 76 % de los venezolanos es pobre, porque con el dinero que perciben no pueden adquirir los artículos básicos ni los servicios.

En Puerto Ayacucho sus habitantes ven cómo sus salarios se evaporan. Juan González es profesor y al mes percibe 30.000 bolívares que “no rinden para nada”. Con lo que ganan él y su esposa, el ingreso total llega a 50.000 bolívares, pero tienen tres hijos a quienes les costean los estudios.

“Para poder cubrir los gastos de educación limito las compras de alimentos. Ya no llevo pollo ni pescado, porque están carísimos”, añade.

Gilda Merayo es ginecóloga en el Hospital José Gregorio Hernández y los 30.000 bolívares que deviene se le quedan cortos, por eso ella y su esposo se redondean vendiendo artesanías, no obstante, sus ventas han caído.

“Tengo 10 años aquí y la situación no había estado tan dura como en estos momentos. No hay productos, lo que se consigue por ahí es caro y la bolsa de comida no alcanza”, agrega la médico, quien en una mañana apenas había muy pocas ventas. “Todo está muy mal”.

Hasta las ventas de artesanía están golpeadas
Hasta las ventas de artesanía están golpeadas

Sin vida  

Locales sin clientes es la imagen en las principales calles de la capital de Amazonas, donde gran parte de sus habitantes laboran en comercios. María Arvelo es propietaria de una tienda de juguetes para niños y artículos para fiestas, y al mostrar la caja solamente tiene un billete de 100 bolívares.

“Aquí las ventas han bajado muchísimo. Esto ha sido fatal. Cada vez que tengo que reponer la mercancía debo pagar más. Cuando se me acabe lo que tengo no sé qué voy a hacer”, dice la comerciante, quien añade que su ingreso tampoco le alcanza para comprar lo más básico.

“Gasté 2.000 bolívares en mañoco, en unas lonjitas de queso pagué 3.000 bolívares y en otras de jamón 7.000 bolívares. ¿Cómo se vive así?”, sentencia.

Las ventas en el negocio de María Arvelo han bajado y comenta que la plata no le alcanza para la comida
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“Aquí vivimos de la fe”, dice Rosa Pérez que hace empanadas en el mercado. “En la carne, el pollo y la harina de maíz he gastado 30.000 bolívares y las ventas han sido de 27.000 bolívares. Lo que tengo son pérdidas”.

Conseguir los artículos se le ha vuelto un calvario. “Hago hasta 4 horas de cola por la harina de maíz y al final no gano nada”. Rosa también se rebusca con la costura, pero “eso tampoco da” para atender los gastos que tiene con sus cinco hijos, uno de ellos con síndrome de down.

Ezequiel Martínez vendía repuestos para motos y no pudo seguir con ese negocio porque no encontraba la mercancía, así que optó por las ventas de jugo y refrescos: “Las ventas de esos productos también están cayendo y además tampoco hay artículos suficientes. Si antes colocaba 1.000 refrescos, hoy si acaso llego a 300”.

Fotos: Miguel González

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