Ya casi es la 1:00 p. m. cuando Samanta entra corriendo. De inmediato, su abuela la recibe. Santiago y Sebastián se sientan en la mesa. Rosmary con agilidad sirve las sopas. Esta vez les mandaron tres raciones, una para cada niño.

Caracas. Son las 12 del mediodía y la cocina está limpia, las hornillas frías. Sobre el tapete del fregador no hay ni una taza sucia. Da la impresión de que esa parte de la casa está deshabitada. Solo las moscas que se meten por la ventana revolotean por encima de los enseres. El aire que se riega por la casa no rocía ese olor a guiso de caraotas, a fritura de plátanos, de arroz con pollo, que se perecibe en el barrio. Dos niños, vestidos como si van de paseo, corren de un lado a otro. El tercero, de un año, está dormido en los brazos de la abuela, que espera paciente a Rosmary.

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Desde antes de las 10:00 a. m. Rosmary Hernández, con su tapabocas a medio poner, está sentada en las afueras del comedor La Bendición de las Tres Torres, en Cochecito, parroquia Coche. A ella la convocaron para entregarle un obsequio.

Representantes del Programa Hias Venezuela, que pertenece a la Sociedad de Ayuda al Inmigrante Hebreo, dictaron un taller sobre la higiene y la COVID-19 a una docena de madres, y como parte final del proyecto estaba prevista la entrega de algunos insumos.

Un simple obsequio, piensa Rosmary, cuando va bajando las escaleras del barrio Redoma de Piedras, que queda a orillas de la carretera Panamericana, entre los kilómetros 2 y 3.

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Foto: Luis Morillo

A ella se le hace más fácil cortar camino por la comunidad Madre María —un sector de Cochecito que hace frontera geográfica— que agarrar camioneta en la Panamericana para llegar a Coche y luego subir unas siete cuadras hasta llegar al comedor, que depende de la organización civil Ciudadanía Sin Límites. Bajar y subir unos cincuenta escalones le ahorran tiempo y dinero.

Su semblante pálido, su tono de voz muy bajo, le dan un aire de mujer tranquila y humilde. Y, ciertamente, tiene las dos virtudes, pero a eso se le suma una anemia que le carcome las fuerzas.

—Tengo la hemoglobina en 8.

—¿Sufres de alguna patología? ¿Desde cuándo estás así?

—Hace tiempo, pero desde que tuve el último bebé no me sube.

Rormary está amamantando aún. Su problema es que no se alimenta bien, por eso la desgana cuando se levanta a buscar el obsequio.

Pero, en cuestiones de segundo, su mirada cambia. Se le dibuja una sonrisa en la cara, sus dientes quedan al descubierto y un leve suspiro sale de su pecho.

Le entregan tres bolsas. Una con  doce paquetes de jabón en polvo, la otra cuatro rollos de papel higiénico, un coleto, cloro, jabón de olor y un haragán, la tercera bolsa tiene toallas de mano, dos paquetes de toallitas húmedas, bolsas para la basura, esponjas para fregar. También le dan un bidón para almacenar agua y el palo para el haragán.

No pudo ocultar su felicidad. Ella no puede comprar ninguno de esos productos. Tampoco ninguna de las otras mujeres que fueron beneficiadas. Todas son de bajos recursos económicos, y aun así bromean entre ellas y dicen: ahora vamos a lavar ese ropero.

Rosmary —de nuevo— se lanza a la silla y a los pies de esta siguieron las tres bolsas, el bidón y el palo de madera. Solo se levanta para ir a la escuela Madre María a buscar los cuadernos del niño que tiene en Primer Grado, acción que no le tomó 15 minutos. Sin embargo, aunque recorta el trayecto por los caminos verdes, va lento, casi encorvada.

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Cuando regresa ya la silla está ocupada, pero le hacen un espacio en un banco donde se acomoda en espera del número para la comida que reparten en el comedor la Bendición de Las Tres Torres. Ya bien avanzada las 11:00 a. m. le entregan el cartoncito con el número 3.

—La comida va a llegar como en hora y media —dice Ingrid Rodríguez, coordinadora del centro.

Fue ahí cuando Rosmary, una mujer de tan solo 28 años, se incorpora y como puede alza las bolsas para regresar a su casa.

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En casa, Samanta, Santiago, Sebastián y Mateo esperan a su madre para comer. Los niños tienen ocho, seis, tres y un año de edad, respectivamente. Yadira Salas, mamá de Rosmary, también aguarda con paciencia.

—Cuando esté cerca, monto un arroz para completar las raciones —dice.

Como Rosmary tarda en llegar, Samanta va a buscarla al comedor. La niña se ve muy dispuesta a su corta edad, su cabello es largo y su piel un poco morena, pero igual con pinceladas de rubia, pues su mamá es blanca, de pelo muy claro.

Los otros niños también tienen esa herencia en su físico. El más chico fue el que salió más catire, como suele decirse popularmente.

Son inquietos, hablan, se encaraman en el gabinete. No se ven flacos ni con ojeras. Sebastián, que está en preescolar, se monta sobre el tapete del gabinete y baja de la nevera una bolsita de azúcar y se la come con desespero. Su abuela lo mira y no le dice nada. Le muestra más bien compasión y luego le comenta que deje el azúcar, que no tienen mucha.

Foto: Luis Morillo

Él es el que más come todo lo que le sirven y pide más, completa Yadira en el momento en el que saca un poco de arroz, toma agua del chorro y lo pone a cocinar. Ya sabe que en pocos minutos entran por esa puerta las dos raciones de sopa. Los niños también lo presienten, pues se muestran inquietos y se asoman a la entrada con frecuencia.

Ya casi es la 1:00 p. m. cuando Samanta entra corriendo. De inmediato, su abuela la recibe. Santiago y Sebastián se sientan en la mesa. Rosmary con agilidad sirve las sopas. Esta vez les mandan tres raciones, una para cada niño.

La de Samanta se botó en el camino. A ella le toca menos. Aún así los tres hermanitos disfrutan cada cucharada.

—Esta vez no le toca a Mateo —dice Rosmary.

En la cocina la abuela hace una tortilla y sirve el arroz.

—Un huevo lo estiramos para cuatro —comenta.

En la mesa Sebastián le comenta a Samanta si tiene suficiente pollo, ella asiente. Pero ninguno de los tres hermanos se come las presas. No dejan los pedazos de auyama y zanahoria. Tampoco el cambur que vino con la ración.

Foto: Luis Morillo

Y no es porque no quieran. Es que ya están entrenados para el siguiente paso.

—Esas piezas las usamos para desmenuzarlas y las aliñamos con arroz y así podemos darles comida en la noche —cuenta Rosmary.

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El comedor La Bendición de Las Tres Torres, el pasado 6 de julio cumplió un año de haberse abierto a la comunidad. Funciona en una casita muy pequeña que fue acondicionada por Ingrid Rodríguez, junto con madres colaboradoras del sector.

Cerca de 100 niños almuerzan ahí. Por la pandemia no pueden hacerlo, pero igual las comidas se las dan de lunes a viernes (salvo los días martes).

Incluso hay niños que buscan la ración y la comparten con sus padres o hermanos mayores, pues ese es el único alimento diario.

Desde hace unas semanas las donaciones no están llegando completas y en vez de 100, envían 50.

Yo no puedo excluir a ningún niño, lo que hago es bajar el número de entrega por familia, si son cuatro hermanos entonces entrego dos raciones. Es triste, porque dependen de esto.

Por eso Rosmary contaba con dos sopas y no tres.

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Rosmary, además de tener esta ayuda, recibe almuerzos de la Vicaría que funciona en la parte alta del barrio El Estanque, muy cerca de su casa, y donde ella es una de las madres colaboradoras.

Este jueves le dieron lentejas con papas y zanahorias y cuatro vasos de jugo de lechosa. En el colegio Madre María, que depende del Ministerio de Educación, a Santiago también le proporcionaron un almuerzo y un vaso de leche.

—Pero esa comida no me gusta, me da dolor de barriga y me manda al baño. No me la como —dice Santiago.

Muchas veces les sirven arepas solas, frijoles verdes chinos y arroz. “A los niños les cae mal”, completa la mamá.

Esta familia entonces cuenta con los almuerzos del comedor y de la Vicaría. También depende de la caja Clap que llega cada 30 o 40 días.

Un paquete de granos, dos de arroz, cuatro de pasta, un azúcar, dos latas de sardinas, un aceite. Ah, esta vez vino con harina de trigo, y aproveché para hacerles una tortica. Porque a veces ellos van para donde mis primas y siempre tienen tortas y dulces y ellos se sienten mal. La otra vez en casa de un familiar hicieron hamburguesas y les dieron. Vinieron muy felices. Dijeron que ellos ya no comían eso. Bueno Sebastián ni siquiera ha probado el Corn Flakes; y el niño de un año, la leche, porque eso no lo puedo comprar”.

Tampoco comen vegetales, a menos que estén en la sopa que les dan en el comedor, al igual que las frutas. No consumen carne, el pollo lo hacen una o dos veces al mes, cuando logran reunir dinero y lo compran. Los aliños se los regala un familiar. El champú lo compran de vez en cuando para los niños y cuando no tienen jabón bañan a los niños con “ace” o solo con agua.

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Foto: Luis Morillo

“Yo doy tareas dirigidas y cobro en dólares y con esos realitos mando a Rosmary a comprar el pollo, porque ella no está trabajando”, señala Yadira.

Cuando inició la cuarentena a Rosmary la mandaron para su casa. Era empleada en una empresa de publicidad, cobraba salario mínimo y con eso medio se bandeaban.

Desde entonces no tiene ingresos. El papá de los niños la ayuda de vez en cuando, “pero ese dinero no alcanza para mucho. En estos días mandó cuatro millones de bolívares y se fueron en medio cartón de huevos, queso, los pañales del niño y un pollo”.

—Nosotros pasamos mucho tiempo comiendo yuca en la mañana, tarde y noche. En estos tres años he rebajado 10 kilos —expresa la joven.

—Yo como 20 —atina la madre.

—Pero como te dije, mis niños no están desnutridos.

—¿Y cómo lo sabes?

—Hace poco hicieron una jornada médica en la comunidad, les midieron la circunferencia de los brazos y el doctor dijo que estaban bien.

No obstante, por la pandemia no ha podido llevarlos a las consultas periódicas, salvo a Mateo, que hace poco enfermó de neumonía y lo llevó al hospital de Coche, luego la refirieron al Materno Infantil de El Valle para que lo hospitalizaran. “Me dijeron que no había cupo y hablé con el director, quien me informó que si tenían cuatro camas. Pero no lo dejaron, me dio el tratamiento para la casa y menos mal que hasta el antibiótico porque no podía comprarlo”, señaló Rosmary.

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En ese entonces de la neumonía de Mateo —que hará más de un mes de haberse mejorado— ella también se enfermó. Le dio fiebre y aún tiene tos. Los otros niños y la abuela igual presentaron cuadros gripales, “yo creo que eso fue un coletazo del coronavirus”, comenta Yadira, mientras sirve el jugo de lechosa a los tres niños.

En casa, la prioridad fueron los pequeños en todo momento. Si Rosmary y Yadira sienten hambre, lo disimulan bien. A ellas les espera un plato de arroz con lentejas, pues eso era lo que queda en las ollas.

En la nevera no hay nada. Solo agua y antes del almuerzo el jugo.

En el frízer que usan como despensa solo quedan un paquete de espagueti, uno de arroz, una harina precocida y sal. “Eso lo tengo que estirar para un mes”, señaló Yadira, mientras a sus espaldas, en la cocina que mide unos tres metros cuadrados, Rosmary desmecha el pollo.

Luego, Yadira agarra el palo del haragán y sonríe: «Esto está muy bueno, ya no tenía ni coleto. El cepillo me lo arregla un familiar, pues no puedo comprar uno. Cuesta 1.200.000 de bolívares, prefiero que mis nietos coman”.

La casa se fue quedando en silencio. A Mateo lo sientan en una silla mientras saborea un pedazo de zanahoria que vino en la sopa.

Para el viernes les espera otra jornada entre el comedor y la Vicaría.

“No estamos en pobreza extrema. Ya viste mi casa, está arregladita y limpia, los niños están gorditos. Lo que no tenemos es para comer”, dijo Rosmary. Hace un año no pudieron ligarla porque cuando estaba en labor de parto no había anestesiólogo en el materno.

“Ojalá pare la fábrica”, cerró la abuela.

28 % de los niños menores de 5 años está en riesgo de desnutrición crónica y 21 % en riesgo de desnutrición global
En contexto
  • Según la más reciente Encuesta Nacional de Condiciones de Vida, la pobreza de ingresos afecta a 96 % de los hogares y la multidimensional a 64,8 %. Este último indicador se incrementó 13,8 % entre 2018 y 2019. Además, la población venezolana se redujo en 4 millones.
  • Los datos de la encuesta 2019-2020 indican que Venezuela ha adquirido condiciones más propias de países de Centroamérica, el Caribe y África en materia de pobreza y desnutrición. Venezuela se ubica como el país más pobre y el segundo más desigual de América Latina (coeficiente Gini 51,0) detrás de Brasil; pero cuando se juntan las variables inestabilidad política, PIB y pobreza extrema, Venezuela aparece en el segundo lugar de una lista de 12 países –que encabeza Nigeria y termina con Irán– seguida de Chad, Congo y Zimbabue.
  • Según la Encovi 2019-2020, apenas 3 % de los hogares venezolanos no tiene ningún tipo de inseguridad alimentaria, mientras que 74 % presenta inseguridad alimentaria moderada y severa. En 1 de cada 4 hogares “concurren la angustia por la falta de alimentos con la disminución de los recursos para cubrir la cantidad y la calidad de la dieta”. Esto producto de una inflación anualizada de 3356 % a marzo y un ingreso promedio diario de 0,72 dólares. La caída del PIB entre 2013 y 2019 se calcula en 70 %.
  • 28 % de los niños menores de 5 años está en riesgo de desnutrición crónica y 21 % en riesgo de desnutrición global. “Venezuela es el país de Suramérica que tiene la desnutrición global peso/edad más alto. Estamos cerca de Haití y de Guatemala, que es el país con peores indicadores de la región”, agregó el investigador, dijo el sociólogo Luis Pedro España, en julio pasado cuando presentaban los resultados de la encuesta.

Para leer la primera parte de este seriado, haz clic en: La desnutrición en Venezuela se remontó a niveles que no se veían desde 2017 (I)


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