La pérdida de vegetación y las fallas en el sistema de riego transformaron la imagen del parque Negra Hipólita-Fernando Peñalver, uno de los principales espacios públicos de Valencia, estado Carabobo. Visitantes y especialistas advierten un deterioro sostenido y cuestionan su mantenimiento.
Valencia. Durante décadas, el parque Negra Hipólita-Fernando Peñalver fue una de las estampas más reconocibles de Valencia, estado Carabobo. Su extensa vegetación y el intenso color verde que acompañaba a quienes transitaban por la Autopista del Este lo convirtieron en una referencia urbana para varias generaciones de carabobeños.
Hoy la imagen es distinta. En buena parte de sus 22 hectáreas predominan los tonos amarillentos, mientras visitantes y especialistas cuestionan el estado del sistema de riego y el mantenimiento de las áreas verdes.
El 16 de mayo de 2022, el gobernador Rafael Lacava anunció a través de sus redes sociales la reinauguración de este emblemático espacio recreativo, considerado por autoridades, expertos y por buena parte de la ciudadanía como el destino preferido para el esparcimiento.
Para ese año, entre las remodelaciones destacó principalmente un refaccionamiento de la entrada, con fuentes y vegetación. No obstante, cuatro años después, hay un cambio que se hace escandaloso en las 22 hectáreas que compone todo el complejo y es la sequía de su vegetación.
El contraste entre el pasado y el presente del parque no deja indiferente a Raquel Pantoja. Aunque es originaria de Caracas, lleva 30 años residiendo en Valencia, y su primer recuerdo imborrable de la ciudad fue ese espacio verde que la deslumbró por su frondosidad; una alfombra vegetal que cubría el lugar de extremo a extremo.
Corría el año 1996, cuando en las mañanas observaba cómo los aspersores distribuían el agua de manera meticulosa, empapando con precisión quirúrgica cada sector del parque.
Aunque no es una visitante asidua, de hecho, pueden pasar hasta cinco años sin que pise sus senderos, recientemente decidió darse una vuelta por el lugar mientras esperaba unos papeles.
Al recorrerlo, no pudo evitar que su mente viajara al Parque del Este en Caracas, con el que guarda más de un parecido. Y es que, como ha reseñado Crónica Uno, zonas de aquel pulmón capitalino atraviesan una situación igual o incluso más precaria que la del parque valenciano que desde su concepción formó parte de un ambicioso proyecto de recuperación de espacios públicos en la ciudad.
“Era una hermosura, verde en todos lados y con un buen mantenimiento”, relató.
Verdor perdido
La visitante es enfática al diferenciar entre deterioro y suciedad. No desconoce la labor de las cuadrillas de aseo, que recorren el parque con escobas y recogedores, manteniendo a raya cualquier vestigio de basura. No obstante, su percepción apunta a otros factores, quizá estructurales o funcionales que, a su juicio, evidencian una decadencia más sutil pero igualmente notable.
El primero de ellos es la falta de un sistema de riego que esté operativo. En su recorrido observa los aspersores, pero presume que la mayoría de ellos están dañados.
Aunque durante el recorrido se observaron varios aspersores distribuidos en distintas áreas del parque, no fue posible determinar cuántos continúan operativos ni desde cuándo presenta fallas el sistema de riego que abastecía la vegetación del complejo.
Al revisar otras áreas, el cuadro se agrava. Los faroles están dañados, algunos ya albergan nidos entre sus grietas, a su juicio, una señal más de la negligencia que también se refleja en la grama, prácticamente extinguida, que antes marcaba con claridad los caminos de tierra.
Asimismo, los plafones de las lámparas de los puentes lucen destrozados por el vandalismo y abandonados a su suerte.
El contraste entre ambos extremos del parque es revelador. El ala sur exhibe un deterioro mucho más acusado que la norte, esta última privilegiada por albergar los museos al aire libre, el llamado Dracu Park Vial y varias oficinas públicas.
Pese a que aún operan algunas mangueras y se conservan ciertos aspersores funcionales, el área que permanece verde es significativamente reducida en comparación con años anteriores.
El verano como excusa
Sin embargo, no todos ven el vaso medio vacío. Omar Salomón defiende que el mantenimiento del parque es bastante aceptable, aunque su mirada se nubla cuando dirige la atención al río. Lo que allí flota, bolsas, plásticos, residuos de todo tipo, le produce una alarma que no puede disimular.
“Nos está matando”, afirmó sin titubeos. “Reconozco que esto no es culpa del mantenimiento del parque, pero nos afecta igual. El río está podrido”.
A esta opinión se sumó la de Francisco Guevara, quien coincidió en que el parque está en buen estado. “Esto, como es natural, se ha mantenido y que la gente que viene aproveche este espacio. No solo es un pulmón, es algo natural que para encontrar algo así hay que ir muy lejos”.
En su opinión, hace falta rescatar la importancia del parque y transmitir a la gente que estos lugares no son meros adornos urbanos, sino espacios vivos que cumplen una doble función: la ecológica, como pulmón vegetal, y la cívica, como punto de encuentro y convivencia ciudadana.
Omar no se inmutó ante la pregunta sobre la aridez de la grama. Para él, la respuesta es sencilla: el verano valenciano es así de exigente. “El amarillo es temporal”, aseveró con convicción. “En cuanto caigan las primeras lluvias, todo cambiará. El parque volverá a ser ese oasis verde que todos recordamos”.
Ciencia ausente, deterioro presente
A pesar de sus diferencias de opinión sobre el mantenimiento del parque, todos los consultados coinciden en señalar la contaminación del río Cabriales como un problema acuciante. La incomodidad es palpable: el olor que desprende el cauce llega con facilidad hasta sus asientos, impulsado por la brisa característica de la zona.
La bióloga Esmeralda Mujica es categórica: “A un parque que no se le suministra agua se le está firmando su sentencia de muerte”.
La declaración es rotunda, pero ella no se contenta con el golpe de efecto. Desde su formación y su experiencia en el terreno, desarrolla una explicación que convierte esa frase en un diagnóstico científico.
Para la especialista, el problema no se limita al color amarillento de la grama. La pérdida de cobertura vegetal, la erosión de las caminerías y la sustitución de especies utilizadas originalmente en el diseño paisajístico forman parte de un proceso más amplio de deterioro que requiere evaluación técnica y planificación especializada.
La bióloga estuvo presente en la jornada de inauguración del parque en el año 2000, durante la gestión del gobernador Henrique Salas Feo, conoce a su diseñador y posee un conocimiento exhaustivo sobre los desafíos que implica el mantenimiento de áreas verdes urbanas.
Desde esa perspectiva, señaló que el Negra Hipólita-Fernando Peñalver constituye el espacio emblemático de Carabobo, y su estado de conservación se erige como un indicador visible de la efectividad de la gestión del gobernador, a quien corresponde su mantenimiento.
Su valor trasciende lo ornamental. El Negra Hipólita-Fernando Peñalver no es solo un emblema de Carabobo ante el visitante, sino el escenario donde se cruzan todas las clases sociales, un espacio democrático por naturaleza.
Deficiencia sistemática
Por eso Mujica no duda en calificar su mantenimiento como deficiente. Y no se queda en la queja: identifica tres culpables: la precariedad presupuestaria, el desconocimiento técnico y la falta de un equipo diverso y especializado, como las raíces de un deterioro que, para ella, era evitable.
Rescatar el parque, recalcó la experta, no es un acto de fe, sino de ciencia. Se necesitan mapas que lean el alma del terreno, estudios que descifren por qué los caminos se rinden ante la erosión y el río desdibuja sus propias orillas. Y entonces menciona la estratificación, como quien habla de las capas de una herida que no termina de cerrar.
“No es solo echarle arena”, dijo con autoridad. “Eso es curar con esparadrapo lo que necesita cirugía”.
El mantenimiento del parque debe ser constante y no solo remitirse a cuadrillas de limpieza. Antes, añadió Mujica, había zonas cerradas para recuperarse del alto tráfico. A Mujica le preocupa que las laderas del talud se les quitara la grama y se plantara limoncillo.
“El paisajismo cambió, pero el limoncillo sirve para dividir un jardín, un potrero, pero para fijar talud no sirve”.
En el pasado, la grama actuaba como una barrera natural que retenía la tierra y los sedimentos. Pero esa cobertura fue sustituida por limoncillo, una planta que demanda podas y cuidados periódicos que rara vez se cumplen.
Para colmo, las brigadas de limpieza, en lugar de disponer correctamente los residuos vegetales, los barren y los lanzan al río, donde terminan convirtiéndose en obstáculos que estrangulan el flujo del Cabriales.
Un diagnóstico que no envejece
Una revisión de los archivos de medios locales como El Carabobeño permite constatar que el deterioro del parque no es un asunto reciente. Quejas documentadas de hace seis años ya ponían el foco en la ausencia de un sistema de riego adecuado, un tema que inquietaba a figuras de peso en la sociedad valenciana.
Entre ellas, el expresidente de la Academia de la Historia de Carabobo, Carlos Cruz, quien en 2020 no dudó en calificar el estado del espacio como una auténtica “vergüenza” en su columna de opinión.
En aquella columna de 2020, Cruz no solo denunció el deterioro, sino que lanzó una sugerencia cargada de ironía: invitó a Lacava a instalar de forma permanente el famoso carro de Drácula en el parque, para que, desde allí, se le realizara una auditoría a la institución.
“El aspecto que muestra es bochornoso y no se compagina con el respeto a un Prócer de la Independencia ni a los usuarios, que tienen derecho a disfrutar de una zona verde con la calidad que ofrecía en años anteriores”,
escribió entonces.
Sus palabras resonaban con las de Raquel Pantoja: ambos coincidían en que atravesar la Autopista del Este y ser recibido por el verdor del parque era todo un espectáculo. Por eso, para Cruz, lo que ocurría en ese espacio no era más que “un ejemplo de negligencia y displicencia ante lo que significa el ornato público y los valores históricos del estado Carabobo”.
La realidad descrita por Cruz encuentra todavía algunos puntos de coincidencia con las observaciones realizadas durante este recorrido. Aunque existen cuadrillas encargadas de la limpieza y ciertas áreas conservan mejores condiciones que otras, las críticas sobre el estado de la vegetación y del sistema de riego continúan apareciendo de forma recurrente entre especialistas y visitantes.
No es el sol, es la gestión
El color amarillento que hoy tiñe el parque, alertó Mujica, es una consecuencia previsible que los administradores debieron anticipar.
La científica puntualizó que el Negra Hipólita-Fernando Peñalver cuenta con pozos de agua subterránea y un sistema de riego que, en sus mejores tiempos, se activaba al amanecer o al atardecer para aprovechar las temperaturas más frescas.
Sin embargo, ese sistema se deterioró progresivamente a causa de la erosión de las caminerías, que afectó la infraestructura encargada de distribuir el agua por los 360 grados del parque.
Mujica subrayó que todos los parques, en líneas generales, sufren cambios menores que deben ser atendidos con oportunidad. Ignorar esa realidad, sentencia, no es más que un reflejo de la inexperiencia de quienes han estado al frente de su dirección.
“Quién escogió limoncillo se equivocó, se puede cambiar la planta, pero no su funcionalidad. Los bambúes que están allí tienen una función. Trabajar desde la multidisciplinariedad es vital. En el poder tienen que entender esto”.
La raíz del problema
Para la especialista, los cambios estacionales pueden afectar temporalmente la apariencia de la vegetación, pero no explican por sí solos el estado general que presentan amplias áreas del parque. Por ello insistió en que el mantenimiento de espacios de esta magnitud debe contemplar mecanismos capaces de mitigar los efectos de los períodos secos.
La bióloga no atribuyó el abandono del parque a la complejidad técnica de su mantenimiento, sino a una carencia más profunda: el interés.
“Todo se puede subsanar cuando hay interés”, sostuvo, y con esa afirmación puso el foco no en lo que falta, sino en lo que se ha decidido no hacer.
El abandono del parque no es un fenómeno reciente. Ya en la gestión de Francisco Ameliach, el Museo a Cielo Abierto, que exhibía obras de Wladimir Zabaleta bajo el paraguas de la Fundación Cabriales, fue desmantelado sin que mediara explicación. Hoy, de aquellas esculturas solo persisten los soportes metálicos, mudos testigos de lo que una vez fue.
Y la historia se repite: Pantoja señaló con extrañeza que el asta del extremo sur, que solía lucir la bandera a 60 metros de altura, permanece desnuda desde hace meses, al igual que las pequeñas banderas que antes flanqueaban el ingreso al parque Fernando Peñalver.
Más allá, ni las intervenciones anunciadas en los últimos años ni el trabajo de las cuadrillas de mantenimiento han impedido que el parque Negra Hipólita-Fernando Peñalver siga sumando problemas. Su sistema de riego es insuficiente, su cobertura vegetal se reduce cada día y el diseño original se ha desdibujado por completo.
Para todos consultados, la solución pasa por una planificación técnica rigurosa y una gestión que aborde el problema de raíz, porque el deterioro ya no es un secreto: es un tema central del debate público en Carabobo.
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