Los costos se disparan en carreras prácticas o del área de la salud, en las cuales la exigencia de equipos e insumos dolarizados empuja a los jóvenes, y a sus familias, a buscar ingresos informales o múltiples empleos para evitar la deserción.
Caracas. Carol* cursa el último semestre de Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Su rutina diaria no solo se mide en asignaturas y entregas finales, sino en el saldo que demanda estar dentro del campus. Cada mes destina más de $200 únicamente en traslados, combustible y comida.
“Ya llevo más de un año trabajando como community manager para poder costearme mis gastos de la universidad, y no me refiero a la matrícula, porque eso todavía lo asumen mis padres. La UCAB es bastante costosa y eso me obligó a buscar empleo, porque no podía pedirle más a mi familia. Solo en el desayuno, el pago del estacionamiento y la gasolina se me van más de $200 mensuales”.
Mantenerse activo en las aulas, como estudiante universitario implica, disponer de un presupuesto, que oscila entre los $50 y $300 mensuales, destinados a cubrir gastos esenciales como transporte, alimentación, impresiones, insumos, guías de estudio y estacionamiento.
La espiral inflacionaria, la brecha entre el dólar oficial y el paralelo, y la constante depreciación del bolívar dinamitan cualquier presupuesto familiar. A esto se le suma la naturaleza de la carrera en una institución privada y la exigencia de materiales en áreas como Medicina, Odontología, Arquitectura o Ingeniería, que eleva los costos.

Crónica Uno conversó con alumnos de las Universidades Central de Venezuela (UCV), la UCAB y Santa María (USM), quienes coinciden en que la crisis económica se posicionó como uno de los factores decisivos que definen si un joven logra graduarse o pasa a formar parte de la deserción estudiantil.
A la dinámica cotidiana se le suma el reto del egreso. Para obtener el título, Carol debe realizar un documental, un proyecto cuyos costos de producción recaen por completo sobre los hombros de los estudiantes.
“Lo que me tiene preocupada es lo que vamos a gastar. Al estar en el último semestre debemos entregar un trabajo de alta calidad y eso cuesta dinero. A pesar de que trabajamos en grupo, la inversión es alta y en dólares, porque todo el sector audiovisual cotiza en esa moneda”.
La experiencia de Carol refleja una brecha recurrente en la educación universitaria: el costo diferenciado entre carreras teóricas y aquellas de carácter práctico como Comunicación Social. En esta última, la inversión en herramientas de trabajo condiciona el aprendizaje.
“Yo amo mi carrera, pero se gasta mucho dinero. Entiendo y justifico los trabajos prácticos porque así es como uno aprende, esa es la realidad con la que nos vamos a encontrar afuera. Pero no es solo la mensualidad, es todo lo relacionado con la carrera. En mi caso, tuve que comprar una computadora con capacidad para editar, una cámara, micrófonos y licencias de software. Todo eso sale del bolsillo”.

Presupuesto familiar
Carlos González hace vida en la UCV y cursa Estudios Internacionales con el presupuesto justo. Calcula que mensualmente necesita entre $50 y $100 para mantenerse activo en la carrera.
“En lo que más gasto es pasaje porque no tengo carro. Todos los meses aumentan y eso me obliga a reajustar el presupuesto destinado para la universidad. Por muy austero que uno sea, siempre hay gastos fijos como sacar copias, imprimir trabajos, comprar algún libro. Estudiar en Venezuela sale caro”.
El desayuno y el almuerzo lo lleva preparado desde su casa, para evitar comprar en los cafetines de la universidad y gastar más del dinero presupuestado.
A sus 19 años de edad, Carlos forma parte del grupo de estudiantes que logra sostener su formación gracias a un esfuerzo familiar mancomunado. Sus padres y hermanos mayores aportan cuotas periódicas para evitar que deba incorporarse al mercado laboral antes de tiempo.
“En mi casa no quieren que trabaje todavía; prefieren que me dedique 100 % a los estudios y por eso soy aplicado. Cuando finalmente me gradúe y sea profesional, espero retribuirles todo este sacrificio de alguna manera”.

“Estudio la carrera más cara”
Para Sofía* cursar Odontología en la USM es una constante prueba de resistencia económica, donde la factura por los insumos clínicos y el instrumental especializado pesa con la misma fuerza que el recibo de la matrícula.
“Estudio la carrera más cara. Todos los materiales están dolarizados y, si vas a pagar en bolívares, te aplican la tasa del euro. Si te soy sincera cada mes debo disponer de unos $300, o incluso más, para no quedarme rezagada en las prácticas. Todas las carreras del área de la salud exigen un bolsillo muy fuerte”.
Sostener ese ritmo financiero en el campus de La Florencia requiere alianzas familiares y trabajo anticipado. Sofía proviene de un entorno ligado al sector de la salud, lo que le ha permitido insertarse en el campo laboral antes de graduarse.
“Mis padres asumen el costo de la matrícula con un esfuerzo enorme, los admiro y les agradezco todos los días, porque sé de muchos jóvenes que han tenido que abandonar la universidad por no poder pagarla. En mi caso trabajo colaborando en el consultorio de mis tíos y ellos me ayudan con los gastos de la carrera. Soy afortunada, porque de no contar con ese ingreso, hace tiempo me habría visto obligada a congelar o retirarme”.
Los estudiantes consultados por Crónica Uno esperan un cambio en el panorama económico que devuelva la estabilidad a las aulas, una realidad donde la única preocupación dentro del campus sea el rendimiento académico y no el cálculo diario para descifrar si el presupuesto alcanzará hasta fin de mes.
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