Miles de niños y niñas en sus primeros años de edad sufrieron traumas emocionales luego de perder sus hogares tras los sismos del pasado 24 de junio en Venezuela, una emergencia que agravó la prolongada crisis humanitaria que desde hace una década atraviesa el país y amenaza también su seguridad alimentaria.

Caracas. “¿Por qué la tierra está brava con las personas?”, pregunta Elyan, de cinco años, a su abuela. Lo hace en medio de un laberinto de camas-literas instaladas bajo un toldo blanco a la intemperie en un polideportivo de La Guaira. Sus padres no tienen la respuesta para una duda tan honda.

El doble terremoto del 24 de junio borró parte de la ciudad donde creció. Decenas de estructuras que conoció ahora son montañas de escombros. Mientras otros edificios que permanecen en pie como esqueletos agrietados amenazan con venirse abajo en cualquier momento.

A la familia de Elyan le preocupa la precisión con la que describe cómo una pared de dos pisos se vino abajo sobre la espalda de su papá y cortó la mano a su abuela. “Nosotros intentamos distraerlo, pero él solito empieza y pregunta todo”, dice su mamá, Sandra.

En la nueva rutina del niño, la lluvia ya no es solo agua que cae del cielo. Con cada aguacero, busca a su mamá para advertirle que “la tierra va a volver a temblar”. Según ella, el rugido de los truenos le recuerdan al estruendo que resquebrajó su hogar en Punta de Mulatos.

“Él escucha cualquier avión y se asusta, cualquier trueno y se asusta (…) Hubo un evento con Mickey Mouse, y cuando fueron a prender la pistola de confeti, eso sonó ‘pow’ y arrancó a correr”.

Janet Guerra, psicóloga de la Universidad Católica Andrés Bello y especialista en desarrollo infantil, explica que los niños y niñas en sus primeros años de vida no procesan estos eventos con lógica, pero les queda “grabado en el cuerpo”. El periodo entre los cero a cinco años de edad, que es vital para su crecimiento biológico. También lo es para el desarrollo de la psique.

“Si este miedo no se drena, el niño puede desarrollar un ciclo de parálisis o descontrol emocional ante futuros eventos estresantes”, advierte Guerra.

Esta consecuencia puede extenderse, incluso, hasta la adultez, donde reaccionará sin entender racionalmente el origen de su angustia, señala.

Cerca de 3,9 millones de niños viven en las zonas afectadas por los sismos, según Unicef, y cientos de miles enfrentan necesidades urgentes de vivienda, alimentación y apoyo psicológico.

Foto: Omarela Depablos

Lo que no se nombra

Elyan y su mamá miran juntos en un teléfono las fotografías y videos de cómo solía ser su vida antes del desastre: la última cena de Navidad, los 15 años de su prima y cuando pintaron la casa a la cual temen regresar.

Pero él no se queda quieto. De inmediato salta, empuja la silla de rueda de su papá y corretea por la grama artificial con otros niños y niñas.

Desde que llegaron al campamento se ha vuelto más “inquieto” y “terrible”. A veces “ni caso hace”, dicen sus padres. Una conducta que, según las expertas consultadas, no es más que una de las formas en que los niños expresan las emociones que aún no pueden o no saben nombrar.

En los refugios de Caracas y La Guaira, algunas madres, padres y cuidadores comentan que sus hijos e hijas “no saben” o “no entienden” porque “están muy chiquitos”. Sin embargo, desde Cecodap, la trabajadora social Argelia Escalona desmiente el mito.

“Sí entienden, sí sienten y sí padecen. Incluso, los más pequeños de cero a dos años. Absorben la tensión del entorno y la manifiestan en el comportamiento, por eso necesitan una mirada más atenta y los cuidadores, ‘cuidarse’”,

explica.

Aunque el trauma también paraliza a Sandra y asegura que le cuesta entender el comportamiento de Elyan, busca pequeños espacios para aliviar el estrés con cuentos, cartillas de lectura y dibujos para colorear.

Escalona explica que la contención infantil también depende del bienestar de los adultos. Para la especialista, el reto principal es brindar herramientas a los cuidadores también atravesados por el duelo de modo que entiendan la irritabilidad o el llanto de sus hijos como un llamado de auxilio.

Foto: Gleybert Asencio

Huellas en el cuerpo

A unos metros de Elyan, sentadas sobre una fina colchoneta sin sábanas, las hermanas Daniela, de seis años, y Albany, de uno, lloran al unísono. La más grande no quita su mirada de sus manos, una travesura con un tubito de pegamento las dejó enrojecidas e irritadas. Mientras que el llanto de la bebé es más difícil de descifrar.

Después de aliviar el dolor con agua y crema de su hija mayor, su mamá Claudia alza a la más pequeña y le da su pecho para calmarla, pero en cuestión de segundos la niña se despega y rompe en llanto de nuevo. Intuye que su malestar se debe a la ausencia de su alimento principal: su tetero.

“Aquí no tiene su leche, su avena o su fororo. A veces le doy teta, a veces le doy comida del comedor, pero le ha costado acostumbrarse. Por eso está así: llorona”, relata.

Este rechazo es una respuesta esperada ante la ruptura de su rutina, señala Marianella Herrera, nutricionista de la Fundación Bengoa. En medio de la emergencia, los refugios y campamentos transitorios del país dependen de la disponibilidad de insumos, por lo que la comida de la olla común, como arroz, caraotas o arepa, suele priorizarse por encima de las necesidades específicas de la primera infancia.

Antes del terremoto, la seguridad alimentaria infantil en Venezuela ya estaba en números rojos. La desnutrición infantil se aceleró desde 2016 como consecuencia de la crisis humanitaria. El último boletín de Cáritas Venezuela, de marzo de 2024, señala que en un 67% de monitoreadas en el país, la desnutrición aguda, moderada y severa en menores de cinco años supera los niveles de alerta sanitaria.

Esta tragedia además halló a los organismos de protección estatales “totalmente disminuidos y precarizados (…) Sin presupuesto, transporte ni personal social”, denuncia Gloria Perdomo de la Redhnna. Un vacío que empeora con los recortes de cooperación internacional y las restricciones del Gobierno venezolano hacia las ONG.

Así, el tetero que antes llegaba a una hora fija ahora queda sujeto a la logística del refugio de turno, lo que interfiere en la transición alimentaria de cada infante. “Si un niño o niña aún no está totalmente integrado a la mesa familiar, su situación nutricional se vuelve crítica ante la imposibilidad de ofrecer menús adaptados en medio de la asistencia masiva”, señala Herrera.

Esta desorganización también impacta la seguridad emocional del niño o niña, agrega Guerra, pues rompe la rutina que ofrecía orden y calma a la psique infantil.

Claudia, mece a su bebé en brazos, mientras hace la fila para recibir una bolsa de comida. Mira a su alrededor con un suspiro de desconfianza. Su casa ya no existe y teme que la estancia en cualquier refugio sea solo un alivio temporal.

“Dicen que en Caracas están dando casas, es lejos, pero queremos ir hasta allá (…) En este momento dependemos del campamento”, comenta, pues la pérdida del hogar también fractura la seguridad alimentaria de sus niñas.

Para ella el peor escenario podría derivar en un cuadro de desnutrición para su bebé, un fantasma que ya conoció con Daniela, su hija mayor, quien desde su primer año de vida ha enfrentado altas y bajas en su peso y talla.

“Los primeros 1000 días de vida son determinantes para el desarrollo cognitivo y físico, cualquier interrupción prolongada en la calidad alimentaria deja secuelas a largo plazo”,

explica Herrera.
Foto: Gleybert Asencio

Según la especialista, la desnutrición en esta etapa inicial puede provocar retrasos cognitivos y fallas psicomotoras inmediatas.

Claudia mira los alimentos que trae la bolsa que acaba de recoger. Saca compotas, galletas y tortillas de maíz, entre otras cosas, pero no hay leche, fórmula ni avena. Cree que con el pasar de los días, la bebé poco a poco se acostumbrará a la comida del refugio o la lactancia materna.

A su lado, la hija mayor saborea una galleta y pregunta cuándo vendrá el camión para llevarlas a Caracas. Como su madre cree que en un nuevo refugio tendrán la posibilidad de encontrar un nuevo hogar.

Entre rutinas rotas y la pérdida del hogar, la primera infancia venezolana refugiada intenta adaptarse a un día a día lleno de incertidumbre. Mientras sus cuerpos acumulan las secuelas físicas y emocionales de una crisis que amenaza su crecimiento.

*Los nombres de Daniela, Albany y Claudia fueron cambiados para proteger sus identidades.

Esta historia fue producida con el apoyo de Moving Minds Alliance (MMA) a través del fondo Reporters for Early Age Children in Crisis (REACH) Advocacy Stories Fund.

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