Solange Zambrano fue diagnosticada con hepatitis C en 2010, enfermedad que adquirió a través de una transfusión de sangre. Es paciente con artrosis degenerativa, asma crónica, melanoma y lupus eritematoso, esta última una patología degenerativa que le atacó y dejó sin funcionamiento su riñón derecho.

Caracas. “Me están matando poco a poco, aquí nadie, ni los consejos comunales ayudan, ya no tengo dinero para comprar medicinas. No tengo salvoconducto y así no me dejan transitar”.

Con un ahogo profundo en su tono de voz Solange Zambrano, una mujer de 58 años que toda su vida trabajó y sacó adelante a su familia, narró la precaria situación que vive y que ahora empeoró con la crisis actual generada por la pandemia de COVI-19.

Antes de la cuarentena, decretada el pasado 16 de marzo, Solange presentaba disminución en su capacidad motora, por los fuertes dolores musculares.

Está prácticamente inhabilitada en su cama. “Aguantando los dolores,  no he podido salir a buscar las medicinas. Aquí en Cúa es muy difícil la situación, no hay  gasolina, y antes de estos eventos, siempre iba con mi esposo a buscar donaciones en las fundaciones, ahora no hemos podido movilizarnos. Siento que estoy muriendo, se me revienta todo”, expresó ya sin fuerzas.

Ella tiene que tomar metotrexato, cloroquina, prednisona, gramar, morfina, para los dolores, rivotril, lexotanil, diclofenac potásico, ácido fólico, complejo B. “Pero no tengo ni atamel. Ya no duermo”.

Necesita nebulizarse pues padece de falta de oxígeno. Tampoco tiene todex, un antibiótico para la vista, cremas para humectar la piel,  ni protectores gástricos.

Todo ese cóctel de medicinas la mantenían viva. Y ahora, siente que pende de un hilo.

Zambrano es oriunda de Carúpano, estado Sucre. En 2010 fue diagnosticada con hepatitis C, enfermedad que adquirió a través de una transfusión de sangre.

Es paciente con artrosis degenerativa, asma crónica, melanoma y lupus eritematoso, esta última una patología degenerativa que le atacó y dejó sin funcionamiento su riñón derecho.

“Ahora tengo el lupus activado, con el estrés de no tener las medicinas está empeorando. No tengo fuerzas para levantarme de la cama. Solo me han podido llevar al CDI cercano, pero ahí me dan una pastilla antialérgica. Hace ocho días que ya no he podido ir al médico, me están matando”.

Es jubilada de la extinta Policía Metropolitana, y lo que le pagan cada quincena, que no supera los 250.000 bolívares no le rinden para nada. De ahí que su alimentación es muy baja en proteínas y nutrientes.

Debe tener una dieta balanceada para cuidar el hígado y el riñón que le queda, pero depende de la caja Clap, que se la entregan con mucho retraso. Todavía espera la del mes de  marzo.

Según datos del gobierno, en Venezuela hay más de cuatro millones y medio de pensionados, quienes reciben 450.000  bolívares mensuales, lo que cuesta un kilo de queso duro.

A mediados de 2019 el tratamiento completo para la hepatitis C, que a menudo incluye una combinación de interferón pegilado y ribavirín, le salía en 135.000 dólares anuales. Afortunadamente le llegó una donación y pudo mantenerla controlada.

Ahora no tiene mucho en reserva. “Y no lo puedo comprar. Son  medicamentos de Alto Costo, ya el gobierno no los entrega”.

Y si ella, con el esfuerzo de su familia, pudieran costearlo, tendrían que traerlo por los caminos verdes y cruzar las fronteras.

La Federación Farmacéutica Venezolana afirmó que al menos 400 farmacias cerraron sus puertas en el país durante los últimos dos años, y estimó en 85% la escasez de medicamentos en el territorio nacional.

Ese dato contextualiza el  nivel de la crisis en la que está envuelta Solange Zambrano, quien no tiene acceso a los medicamentos, pero tampoco a los alimentos. Y ahora sumida en una cuarentena, pide a gritos auxilio con la poca fuerza que alimenta sus cuerdas vocales. «Siento que me están matando», repite al final.

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