Luego del doblete sísmico, la ciudadanía enfrenta uno de los retos más complejos de su historia reponerse a los daños y secuelas psicológicas que dejó la tragedia. Pérdidas materiales, viviendas devastadas, traslados forzados, fallecimientos, miedo e incertidumbre son algunas de las cicatrices más profundas.
Caracas. “Tengo un mes encerrada en la casa de mi hermana porque desde los terremotos tengo terror de salir. Siento que el suelo tiembla, me falta el aire, se me baja la tensión y me asusta cualquier ruido, sea de moto o carros. Es una sensación que no le deseo a nadie y no sé cuándo me voy a recuperar”.
Con estas palabras, Aleida Zambrano, de 49 años de edad, describió a Crónica Uno las secuelas que vive como sobreviviente de los dos sismos de magnitud 7.2 y 7.5 que el 24 de junio pasado sacudieron a Caracas y La Guaira, y que destruyeron su hogar ubicado en Playa Grande.
Luego del doblete sísmico, más de 712.000 personas en Caracas y La Guaira se encuentran expuestas no solo a las pérdidas materiales, sino al reto de sanar secuelas psicológicas profundas. Especialistas y organismos internacionales señalan que el acompañamiento psicosocial en esta etapa es prioritario para evitar secuelas permanentes.

Para Aleida, perder la vivienda que durante más de 15 años fue su refugio fue un golpe devastador, pero no el más difícil de sobrellevar en el día a día. El verdadero desafío, el que la acompaña cada día, es sanar las heridas invisibles que la tragedia dejó grabadas en su cuerpo y en su mente: ataques de ansiedad que llegan sin aviso, crisis de pánico que le roban el aliento, el corazón desbocado ante cualquier ruido.
“La noche es lo más difícil para mí. Me despierto a cada rato y no he logrado dormir de corrido desde hace más de un mes. Siempre pensé que era una persona fuerte hasta que ocurrió esto. La incertidumbre de no saber si vendrá otro sismo es dura, me da pánico pensar que podría vivir de nuevo el mismo horror”, relató Aleida a Crónica Uno.
La respuesta al trauma agudo
Detrás de las cifras y los daños estructurales, el doble sismo dejó una huella que no se ve en los informes: el cansancio emocional de una ciudadanía que, además de contar pérdidas materiales y viviendas devastadas, tuvo que despedir a los suyos, abandonar sus barrios de toda la vida y aprender a convivir con un miedo que no se apaga cuando el suelo deja de temblar.
La incertidumbre se ha vuelto compañera diaria, y el mayor desafío para muchos en lo inmediato, quizás, no sea levantar paredes, sino restaurar la confianza y la calma en una población que aún siente el eco de la tragedia.
La Organización Panamericana de la Salud (OPS/OMS) calcula que más de 712.000 personas habitaban en los municipios expuestos a la mayor intensidad de los sismos según su evaluación situacional de emergencia.
Niños, niñas, adultos mayores y familias en refugios enfrentan un riesgo elevado de desarrollar trastornos de ansiedad y cuadros depresivos si no reciben ayuda a tiempo.
Ante esto, el organismo internacional calificó la atención a la salud mental y el apoyo psicosocial, como se denomina a las intervenciones dirigidas a proteger o mejorar el bienestar mediante el respaldo de la comunidad y los profesionales, como una prioridad de salud pública.

No obstante, en el país esta situación plantea un panorama de gran complejidad. Poco antes de la tragedia, a mediados de marzo de este año, la Sociedad Venezolana de Psiquiatría alertó sobre un aumento de los problemas de salud mental en 40 % de la población venezolana.
De acuerdo con la institución, los detonantes principales de esta crisis eran el estrés sostenido, la situación económica y las dificultades para acceder a tratamientos médicos.
El tiempo de sanar
Clara Astorga, presidenta de la Federación de Psicólogos de Venezuela, explicó que aunque los seres humanos poseen la capacidad de recuperarse y reconstruirse tras situaciones extremas, el tiempo promedio de recuperación ronda el año.
Dentro de este periodo la mayoría de afectados retoma la rutina y traza metas nuevas. No obstante, el lapso exacto varía segúnl contexto personal y las posibilidades de reconstrucción de cada individuo.

La especialista señaló que durante las primeras cuatro semanas las personas atraviesan la etapa de asimilación, con síntomas como insomnio, temor a la réplica e hipervigilancia, como se conoce al estado de alerta desmedida donde el cerebro busca amenazas continuamente en el entorno.
“Durante estas cuatro semanas iniciales no se habla de estrés postraumático, sino de un cuadro de trauma agudo. El acompañamiento profesional en esta etapa busca evitar complicaciones futuras que desencadenen secuelas graves”, enfatizó.
Terremoto fantasma
La taquicardia, el aumento repentino de la frecuencia cardíaca o latidos acelerados, también aparece como respuesta fisiológica al peligro. Otra manifestación normal es la sensación de que el suelo se mantiene en movimiento, denominada terremoto fantasma, y los mareos.
La experta detalló que estas reacciones responden a factores físicos y psicológicos:
- Alerta permanente: El sistema nervioso entra en un estado prolongado de supervivencia y reacciona de forma hipersensible ante los estímulos.
- Alteración del equilibrio: Ocurre un ajuste temporal en el oído interno, similar a la sensación de inestabilidad que persiste al bajar de una embarcación.
- Confusión de movimiento: La hipervigilancia lleva a interpretar pequeños movimientos corporales como si el terreno temblara.
Para mitigar los mareos, la especialista recomendó fijar la mirada en un punto estable y comprobar de manera consciente la firmeza del suelo.
Asimismo, el duelo traumático mezcla el dolor por lo perdido con el impacto del choque emocional, manifestándose en recuerdos intrusivos, vulnerabilidad y dificultad para procesar la realidad. Astorga aconsejó experimentar el dolor sin evadirlo, pues esquivar la tristeza dificulta el restablecimiento.

Para superarlo, Astorga aconsejó experimentarlo sin evadir las emociones. Eso significa despedir lo perdido y manifestar el dolor. Por el contrario, intentar esquivar la tristeza dificulta la recuperación.
Cuándo buscar atención
Sin embargo, una vez transcurrido el tiempo de recuperación es importante identificar cuándo el duelo puede volverse patológico y causar secuelas más profundas. En ese caso, la experta instó a vigilar la aparición de conductas que requieren intervención especializada. Entre las señales principales destacan:

- Aislamiento social involuntario y dificultad para relacionarse con el entorno.
- Consumo inadecuado de sustancias.
- Abandono del cuidado personal y ruptura drástica de rutinas.
- Frialdad emocional, apatía o llanto incontrolable y continuo.
- Irritabilidad extrema, estados de amenaza o conflicto frecuente.
- Insomnio prolongado e imposibilidad de conciliar el sueño.
- Afecciones físicas en la piel o malestares gástricos sin causa médica.
- Discursos incoherentes, desorientación o ideas inusuales.
En un esfuerzo por apoyar a los afectados, el gremio mantiene activa una red de acompañamiento gratuito. La Federación Venezolana de Psicólogos ofrece atención telefónica de lunes a lunes, de 8:00 a. m. a 2:00 a. m., a través de los números +58 212 256 4277 y +58 212 256 3257.
Para sobrevivientes como Aleida Zambrano, el acompañamiento profesional representa la única vía para empezar a procesar la pérdida de su hogar y reconstruir el equilibrio emocional.
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