En Güiria, estado Sucre, el silencio cubre el ataque de EE. UU. que dejó 11 muertos, incluido “Che” Martínez, capitán de la lancha hundida en el mar Caribe. A pesar de lo que saben y lo que callan, los pescadores de Sucre no temen a la inseguridad en altamar; su mirada está puesta en sobrevivir y llevar el sustento a sus familias.
Cumaná. En Güiria, municipio Valdez del estado Sucre, no se comenta sobre el ataque de Estados Unidos (EE. UU.) a una lancha supuestamente “cargada con droga” en el Caribe, hecho que dejó 11 fallecidos, entre ellos tres de esa localidad y ocho de San Juan de Unare, municipio Arismendi, ocurrido el 2 de septiembre pasado, de acuerdo con la versión del gobierno estadounidense.
Este ataque forma parte de un despliegue naval estadounidense iniciado a finales de agosto pasado, enfocado en operaciones contra el narcotráfico y descrito por el Comando Sur como “sin precedentes”, que combina interdicciones marítimas, ejercicios multinacionales y proyección de poder, aunque ha generado tensiones geopolíticas con Venezuela.
En el puerto todavía se recuerda el silencio de aquella mañana posterior al hecho: algunos pescadores miraban al horizonte mientras otros comentaban en voz baja lo sucedido, sin querer dar muchos detalles. La noticia se esparció rápido, pero en el pueblo se instaló una especie de pacto de silencio, como si hablar del ataque significara arriesgarse demasiado.
Fuentes locales consultadas por Crónica Uno confirmaron que José María Martínez, conocido como “Che” Martínez, era el capitán de la embarcación. También era ampliamente reconocido por los vecinos del sector Río Salado en Güiria.
Martínez tenía dos familias. Una de ellas lo honró con una misa y rezó durante ocho días por su descanso eterno, mientras que la otra no acepta su muerte y niega que haya viajado en la lancha.

Este ataque del 2 de septiembre fue el primero de varios “ataques cinéticos” —operaciones letales directas contra embarcaciones sospechosas de narcotráfico— anunciados por el presidente de EE. UU., Donald Trump, justificadas como parte de la campaña contra el “narcoterrorismo”.
El chavismo lo calificó como “agresión imperialista”, y el hecho generó debates sobre legalidad y soberanía internacional.
Dos tragedias
En el pueblo, sin embargo, aseguran que Martínez se embarcó por necesidad económica. La misma necesidad que llevó a cinco de sus familiares —tres hijos y dos nietos— a abordar el bote “Mi Recuerdo”. Esta embarcación naufragó el 6 de diciembre de 2020, y dejó un saldo de 30 muertos.
Martínez era el propietario de esa embarcación. Tras el naufragio fue detenido por la Fiscalía, pero más tarde quedó en libertad.
Así, la figura de “Che” Martínez atraviesa las dos tragedias recientes que marcan la memoria colectiva en Güiria —un pueblo costero de tradición pesquera, ubicado a escasos kilómetros de Trinidad y Tobago—: el naufragio de 2020 y el ataque del 2 de septiembre.
En torno a él se hilvanan historias de duelo, negación y también de resistencia, lo que lo convierte en un símbolo de la vida dura en la costa oriental del país.
Desde finales de agosto, al menos ocho buques de superficie estadounidenses, incluidos destructores, cruceros y portaaviones anfibios, junto con activos aéreos y la 22.ª Unidad Expedicionaria de Marines, mantienen presencia en el Caribe oriental. Ahí realizan constantes patrullas antinarcóticos y ejercicios como UNITAS 2025.
Las rutinas de pesca se mantienen
Casi un mes después del bombardeo estadounidense, los habitantes de la Península de Paria no han modificado sus dinámicas de pesca pese a la inseguridad en altamar.
No obstante, persiste la denuncia sobre la escasez de especies como la sardina. La sardina —base de la dieta popular y uno de los productos más baratos de la mesa venezolana— ha disminuido drásticamente. Esto afecta tanto a pescadores como a consumidores.
Los pescadores realizan sus faenas hasta cinco millas de la costa o, en algunos casos, se desplazan hasta 50 millas para capturar otras especies en las cercanías del Archipiélago Los Testigos, como ocurre en el pueblo de Guaca, municipio Bermúdez.
“Nadie le tiene miedo a nada ni a nadie, los pescadores salen tranquilos a faenar porque están pendientes de sobrevivir”,
destacó Heriberto Rodríguez, presidente de la Asociación de Pescadores del municipio Cruz Salmerón Acosta.
En la Península de Araya, la comunidad pesquera trabaja en el Golfo de Cariaco, desde Punta Arenas, Araya y Punta Araya, hasta Macanao, en la isla de Margarita, adonde se trasladan hasta tres millas de la costa para capturar especies.
Más allá de las faenas, la escasez de especies y la presión del combustible, la pesca artesanal en Sucre se enfrenta a un contexto mayor: la pobreza estructural, que obliga a muchos jóvenes a migrar en botes precarios hacia Trinidad y Tobago, el contrabando de gasolina —uno de los negocios ilegales más extendidos en la frontera marítima— y la presencia del narcotráfico —que ha convertido al Caribe oriental en una ruta clave para el tránsito de cocaína hacia Estados Unidos y Europa—.
Todos estos son factores que condicionan la vida de los pescadores y explican por qué la inseguridad en altamar no logra frenar su rutina diaria.

Vieja preocupación
En el sector pesquero persiste la inquietud por la falta de garantía en el suministro diario de gasolina. “El Estado venezolano tiene a los pescadores más presionados y sobornados porque tienen que ir de un lado a otro a buscar 120 litros de gasolina, que no alcanzan para trabajar”, afirmó el pescador José Jiménez.
Cuestionan, además, que el Gobierno los obliga a asistir a actos oficiales contra las amenazas imperialistas a cambio de combustible.
“Nos hacen correr desde la mañana hasta las 3:00 p. m. e incluso llaman a las 8:00 p. m., porque tenemos que ir hasta La Marina para salir en fotos y videos en El Monumento de la avenida Perimetral en Cumaná, para decir que apoyamos al Gobierno; de lo contrario, no nos dan gasolina”, enfatizó.
Fuentes extraoficiales informaron que las embarcaciones industriales están paralizadas por la falta de combustible. Hace tres meses, el Gobierno, a través de Pescaba, les asignó gasolina. Pero para volver a surtirse deben pagar o abonar $0,43 por litro subsidiado. Según el tamaño, cada barco debe cubrir entre 50.000 y 80.000 litros.
En junio, Pdvsa aplicó un plan piloto en el que la estatal financiaría el costo del combustible y los pescadores pagarían a la empresa después de comercializar el pescado. Sin embargo, actualmente los industriales deben pagar la gasolina a precio dolarizado.
Pese al luto y las dificultades, los pescadores de Güiria y de toda la Península de Paria siguen zarpan todos los días. Lo hacen sin garantías, con miedo disimulado, pero con la certeza de que el mar es su única forma de sobrevivir.
En cada bote que se aleja de la costa —cargado de esperanza, deudas y riesgos— resuena la contradicción de un pueblo que no deja de pescar, aunque el peligro se esconda detrás de cada ola.


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