Los cortes de electricidad no programados en Aragua obligan a periodistas y comunicadores a trabajar hasta la madrugada para evitar retrasos. Mientras el CNP exige respuestas a Corpoelec, la incertidumbre eléctrica sigue marcando la rutina laboral y comunicar se convirtió en una carrera contra la oscuridad.
Maracay. El despertador no sonó a las 6:00 a. m. como de costumbre. El lunes, 20 de abril, la ansiedad por ganarle la carrera a los cortes eléctricos lo hizo despertar a las 4:30 a. m. Redactar el guion del programa de radio se había convertido en un deporte de riesgo ante la incertidumbre de quedarse a oscuras, con el trabajo a medias y la frustración al límite.
A las 9:00 a. m., sobre el asiento de una mototaxi, la mañana le ofreció una falsa sensación de normalidad mientras llegaba a la emisora.
La jornada no era solo un recorrido físico: era una carrera contra el tiempo eléctrico, donde cada hora de luz definía si el trabajo periodístico avanzaba o se detenía por completo. En la radio, su primera parada laboral de aquel largo día, el internet fallaba, pero lograron salir al aire. Sin embargo, la verdadera historia le esperaba afuera.
A las 11:00 a. m. me interné en el centro de la llamada Ciudad Jardín. Mi destino era el centro comercial Galería Plaza, ubicado en el casco urbano, donde buscaba documentar cómo el sector gastronómico sobrevive al caos eléctrico. Al llegar, recibí una bofetada de ironía: la luz acababa de irse.
El ambiente en la feria de comida recordaba los tiempos de confinamiento por la pandemia. Televisores apagados, pasillos desolados y la mayoría de los locales con sus santamarías abajo. Pocos comercios resistían gracias al rugido de una planta eléctrica, equipos utilizados como fuente alterna de energía durante los apagones.
Se retiró cuando la primera gota de sudor le recorrió la frente. El aire allí dentro era denso, pesado, cargado de la incertidumbre de quienes ven sus productos dañarse en las neveras apagadas.
Ruido normalizado
Afuera, en la Avenida Bolívar, el sol de Maracay no daba tregua. Se cruzó con una colega y, durante los diez minutos de espera por el bus, la conversación se convirtió en el monólogo compartido de todo un estado: el agobio de vivir sin luz durante más de cuatro horas al día, una situación que altera desde la movilidad hasta la conservación de alimentos y el trabajo diario.
Caminó hacia la calle Santos Michelena y el paisaje parecía un campo de batalla logístico. El ruido ensordecedor de las plantas eléctricas invadía las aceras para contener una hemorragia de pérdidas que parece no tener fin.
La escena ya se ha hecho habitual. Comerciantes, pasajeros y vendedores ambulantes seguían su rutina bajo el zumbido de las plantas eléctricas y el calor atrapado entre los edificios. En Maracay, los apagones dejaron de ser una emergencia excepcional para convertirse en parte de la cotidianidad.
Llegó a casa a las 2:00 p. m. para encontrarse con la noticia que ya todos conocían: la luz se había marchado una hora antes. Almorzó a oscuras. Se bañó para espantar el calor, pero no logró apartar la “pensadera”. El trabajo se acumulaba. Su mamá le decía “viejo prematuro” porque se negaba a redactar en el celular; necesitaba el teclado, la pantalla, el ritual de la oficina que el sistema eléctrico le arrebata a diario.
Espera sin solución
Caía la noche y WhatsApp, la aplicación de mensajería más utilizada en el país, se convirtió en el muro de las lamentaciones. “Se fue la innombrable”, “comenzó el viacrucis” y “hasta cuándo” eran algunos de los estados que publicaban sus contactos.
A las 8:00 p. m., los postes de la calle parpadearon y se encendieron. ¡Llegó la luz! Pero la victoria fue agridulce. El agotamiento mental le ganó la partida y el cerebro ya no respondía. Apagó la computadora con el temor latente de despertar al día siguiente en un déjà vu de sombras.
En Maracay, y a lo largo de los 18 municipios de Aragua, la ciudadanía parece atrapada en un bucle de oscuridad. Los apagones, que en algunos casos se prolongan por más de cuatro horas continuas, sumergen a la región en una espera agónica. Nadie sabe cuándo volverá la luz, pero todos conocen la incertidumbre de vivir sin electricidad.
Ese deterioro también alcanzó la manera de trabajar y de vivir. Los periodistas aprendieron a medir el tiempo por la duración de las baterías, a guardar documentos con urgencia y a reorganizar sus jornadas alrededor de los cortes eléctricos. La rutina diaria comenzó a depender de un servicio impredecible que condiciona desde la productividad hasta el descanso.
A pesar de una realidad que golpea la calidad de vida, los periodistas siguen siendo la voz de los olvidados. Informan con la convicción de visibilizar los reclamos ciudadanos y señalar la falta de voluntad política de las autoridades.

Retraso constante
Los cortes eléctricos no programados en el estado Aragua representan un desafío estructural que va mucho más allá de la simple falta de luz. Para un periodista en Maracay, estas interrupciones impactan directamente en la capacidad de producir, verificar y difundir información en tiempo real, una dinámica esencial para medios de comunicación, emisoras de radio y plataformas digitales.
En la actualidad, la jornada del comunicador social no termina al salir de la oficina o de patear calle. Con frecuencia se extiende hasta altas horas de la noche para cubrir varios frentes laborales. Sin embargo, este esfuerzo se ve saboteado por apagones de entre cuatro y cinco horas, que retrasan inevitablemente la entrega de sus trabajos.
En medio de esa dinámica, muchos trabajadores de la comunicación terminaron adaptando sus horarios a la incertidumbre eléctrica. Algunos adelantan labores de madrugada para aprovechar las horas con servicio; otros dependen de plantas, baterías externas o conexiones prestadas para cumplir con sus responsabilidades.
La planificación dejó de responder al reloj y comenzó a depender de cuándo regresa la electricidad.
Es el caso de Antonella Lopano, quien desde su rol como social media manager gestiona diversas cuentas digitales. Para ella, las deficiencias del servicio eléctrico no solo representan una molestia, sino un freno directo a su productividad que, desde hace semanas, le impide generar contenido con la regularidad que sus clientes exigen.
“Si bien en la oficina tengo planta eléctrica, cuando llego a mi casa no. Si no tengo el teléfono o la laptop cargados no puedo laborar. Obviamente eso retrasa todos los trabajos de los clientes”,
enfatiza.
Además de trabajar con redes sociales, Antonella también se encarga de la edición de video, una labor que demanda comunicación constante con sus clientes. Quedar a oscuras paraliza este proceso, lo que dificulta realizar los ajustes y correcciones que el contenido exige.
La experiencia de Antonella es compartida por muchos. En un contexto marcado por apagones prolongados, resolver tareas cotidianas como editar un video, enviar un archivo o sostener una reunión virtual se convirtió en un desafío permanente para quienes dependen de la conectividad y los equipos electrónicos, herramientas indispensables para producir contenido y comunicarse con clientes o audiencias.

Resolver en medio de la oscuridad
Comprar UPS, sistemas de respaldo eléctrico para proteger equipos, power banks, baterías portátiles para recargar dispositivos, usar el celular hasta que se apague o trasladarse a sitios con electricidad son algunas de las alternativas que emplea José Ignacio Moreno, periodista y gerente de producción de una radio en Maracay, para intentar cumplir con sus obligaciones en medio de un apagón.
“Esto hace que uno tenga que trabajar hasta en las madrugadas. Aprovechar la mayor cantidad de tiempo posible para resolver el trabajo y recuperar el tiempo pérdido”, puntualiza.
Su trabajo se ve afectado de distintas maneras por los cortes eléctricos. Debe grabar, elaborar guiones y producir campañas, responsabilidades que dependen de la creatividad y están dirigidas a una audiencia, pero que se ven interrumpidas al quedarse sin electricidad.
Perder contenido que requiere largas horas de dedicación genera frustración. Ante este panorama, José Ignacio debe empezar de cero e intenta rescatar algunas ideas que aún permanecen en su memoria.
“Hay ideas que se me ocurren al instante y las escribo para avanzar, pero se retrasa muchísimo el trabajo. En el caso de la grabación se pierde y se sabe que un trabajo de producción radial amerita una preproducción, redacción de guiones, edición y montaje, para tener el trabajo final que saldrá al aire. Es un proceso largo y cuando se va la luz es mucho más largo”.
Historias como la de José Ignacio reflejan cómo el deterioro eléctrico terminó alterando incluso los procesos creativos. Lo que antes formaba parte de una rutina laboral ahora depende de cuánto dure la batería de una laptop o de si la electricidad regresa antes de perder una grabación.

En busca de respuestas
El Colegio Nacional de Periodistas (CNP) Aragua ha enviado en varias oportunidades comunicados a la Corporación Eléctrica Nacional (Corpoelec) para solicitar un cronograma oficial de racionamiento, debido a que el ejercicio del periodismo también se ve afectado.
“Un corte no conocido es tiempo que se pierde en medios de comunicación tradicionales, la mayoría no cuentan con una planta y los que cuentan deben hacer una inversión importante de combustible. Los colegas que trabajan de manera independiente pierden su tiempo”, destaca Eilyn Torres, secretaria general del CNP en el estado.
La organización gremial desearía que no existiera racionamiento. No obstante, la situación se agudiza cada vez más, por lo que exigen una agenda programada que indique los sectores que quedarán sin servicio, para que los comunicadores sociales y la ciudadanía puedan ajustarse.
Mientras las solicitudes de información oficial continúan sin respuestas claras, los apagones siguen marcando la rutina de quienes intentan informar en medio de la oscuridad.
Esa noche, cuando los postes volvieron a parpadear en Maracay, también regresó la misma pregunta que atraviesa cada jornada: cuánto tiempo durará la luz antes de que todo vuelva a apagarse.


