Desde temprano habitantes de Catia incumplen el aislamiento social y emprenden un peregrinaje para abastecerse de agua, buscar comida y llenar las bombonas de gas. Las graves fallas de suministro de los servicios básicos, sumado al cierre de negocios y locales como parte de la cuarentena social colectiva, los obliga a salir en plan de supervivencia a riesgo de contraer COVID-19.

Caracas. Exequiela Rausseo, de 85 años de edad, es una de las primeras habitantes de Las Lomas de Catia al oeste de la ciudad. En unos meses cumplirá 62 años viviendo allí. Llegó recién casada al complejo diseñado por Carlos Raúl Villanueva en 1958 poco después de la caída del general Marcos Pérez Jiménez. Para ella, que ha vivido seis décadas en el mismo sitio, el COVID-19 es un hecho inédito que no se compara ni con el terremoto de 1967.

«No había visto tanta desolación. La calle parece arrasada. Se siente la soledad y el miedo. Creo que algo hay que aprender de esto porque pese a tantos avances estamos acabando con nosotros mismos«, dijo desde su vivienda ubicada en la parte alta del sector. 

En esquinas y avenidas vendedores ambulantes burlan los perímetros de seguridad impuestos por las Fuerzas Armadas Especiales (FAES) y la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) para vender productos y verduras a bajos precios o por trueque. Lo hacen de forma disimulada porque si los pillan, se los llevan detenidos. 

Los más arriesgados suben a pie hasta las partes altas llevando el cargamento sobre los hombros. «¡Plátanos para el cambio, un producto por cinco plátanos!», grita uno de ellos en la entrada del bloque 4 de la urbanización Lomas de Urdaneta. Pero nadie responde, la gente evita en lo posible el contacto.

En las comunidades populares habituadas al acelerado ritmo marcado por la necesidad del rebusque, la rutina comienza apenas amanece. Las restricciones de las autoridades sanitarias son acatadas a medias y no por simple capricho. Quienes salen a comprar, cargar agua o llevar las bombonas lo hacen temprano y regresan a refugiarse en sus hogares antes del mediodía. 

A 14 días de encierro solo prevalece el silencio. En los pasillos prestos al cuchicheo cesaron las reuniones entre vecinos. No hay celebraciones, cantos litúrgicos en la iglesia, ni tampoco niños correteando en la vereda. Solo algunos rostros se asoman en los balcones.

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El COVID-19 trastoca la vida de millones de personas en Europa, Asia, América y el Caribe. Las 21.500 muertes y su presencia en 194 países evidencian el alcance de una pandemia que enfrenta al ser humano a su propia fragilidad, sin distingo de sexo, raza, credo, edad o condición social. Desde este 24 de marzo se han registrado 37.700 nuevos contagios en el mundo. Aproximadamente, 1700 millones de personas están en aislamiento, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

vecinos de catia
Largas colas en el mercado de Catia para adquirir alimentos básicos en primer día de cuarentena. Foto: cortesía @lysaurafuentes
Necesidad versus prevención

En Venezuela, un país en emergencia, la llegada del virus que ya acumula 106 casos, pone en dos extremos de la balanza la prevención y la necesidad de sobrevivir en un contexto de precariedad, falla de servicios, inflación y escasez.

En abastos y pequeñas tiendas que abren hasta las 12:00 m. persisten las buenas iniciativas y se consiguen descuentos. Algunas ofrecen servicio de delivery para ayudar a quienes no pueden salir de sus hogares mientras que otras ofertan frutas, vegetales y verduras seleccionadas. En las bodegas los vecinos venden artículos de primera necesidad y promocionan la mercancía en redes sociales y grupos de mensajería.

La gente que subsiste de forma improvisada con los ingresos del día a día ve con ansiedad el desabastecimiento de algunos rubros y el cierre de la mayoría de los comercios. A eso se le suma la necesidad de abastecerse de los servicios básicos como el agua y el gas, que presentan graves fallas de suministro.

Poco antes de las 9:00 a. m. comienza el peregrinaje de los vecinos. Los viernes de cada semana llega el camión con las bombonas de gas a los distribuidores de El Cuartel y La Ciudadela. Los afortunados que viven cerca salen corriendo para hacerse con uno de los 250 cilindros, que en promedio carga el camión procedente del llenadero de Caricuao. Al resto le toca hacer la cola.

Sirmari Caldea, jefa de calle territorial de Las Lomas, explicó que a consecuencia de la cuarentena los consejos comunales que gestionan el suministro de gas a través del Clap evalúan la posibilidad de acercar los camiones a cada sector para evitar las aglomeraciones.

La medida responde a la necesidad de acatar la cuarentena social colectiva decretada desde el 14 de marzo, en una comunidad que supera por edificio las 500 personas en promedio. Caldea indicó que solo del centro de distribución ubicado en La Ciudadela se abastecen los 12 bloques de Las Lomas, la comunidad Santa Teresita, Fontivera y Jacinto Convit.

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A pocos metros de la fila por el gas, un grupo carga con tobos y recipientes para almacenar agua. En la zona se cumple con el plan de racionamiento, que al principio sería temporal y que ya tiene más de cuatro años ejecutándose.

Los jueves de cada semana entra el agua y se va los domingos, pero los vecinos de los pisos altos deben esperar hasta 24 para que el flujo del suministro llegue a sus hogares. La deteriorada red de tuberías compromete el abastecimiento en los complejos urbanísticos expuestos al deterioro.

Pese a que algunos habitantes disponen de tanques no todos corren con la misma suerte. Cuando se les acaban las reservas los vecinos compran botellones entre 5 y 10 dólares o se movilizan hasta la oficina de atención de Hidrocapital cercana a la laguna de Catia para llenar los envases.

No todos pueden permitirse guardar la cuarentena porque no tienen ingresos fijos. Foto: Luis Morillo
Compras nerviosas y ánimos caldeados

Aglutinados junto a un mostrador dos mujeres y un hombre mayor se disputan el turno en una cola. La espera por comprar medicinas lleva más de dos horas y muchos van por los antihipertensivos. Pero quedan pocos y cuando el farmaceuta anuncia que se agotaron ocurre una pelea. Hay gritos e insultos.

Es un día de aparente normalidad en plena cuarentena dentro de una farmacia ubicada en Catia, al oeste de la ciudad.

Este 24 de marzo el mercado principal, abastos, tiendas y farmacias amanecieron con sus santamarías abajo, lo que generó una incertidumbre que se extendió hasta las redes. Miles de internautas se quejaron y compartieron fotos del bulevar de Catia fuertemente custodiado por varios contingentes de la GNB y las FAES.

Concepción del Pilar, habitante de la parte alta de Las Lomas, relató que al llegar a la laguna de Catia tuvo que devolverse a su casa porque los accesos estaban restringidos.

Lo único que pudo hacer fue comprar en una panadería cercana a su urbanización. Con 400.000 bolívares que le quedaban en la cuenta solo le alcanzó para comprar medio kilo de queso y dos panes para almorzar y cenar al menos dos días, calcula.

Mariana Romero, otra vecina del sector, asegura que el aislamiento social aunque es una medida necesaria, repercute en la estabilidad de adultos mayores.

Mi papá tiene 92 años y no entiende lo que sucede. Está acostumbrado a salir a caminar todos los días y si no lo hace se pone agresivo e intransigente. He tenido que ceder y sacarlo pese al peligro varias veces«, contó.

A pesar de las restricciones, entre vecinos prevalece el apoyo y las buenas ideas. Los líderes comunales se han movilizado para divulgar información a través de redes sociales y parlantes. El 21 de marzo un grupo de voceros vecinales pasó puerta por puerta para distribuir tapabocas gratis, confeccionados con tela que una tienda textil facilitó a la comunidad.

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Desinfectados de pies a cabeza

Sin embargo, el cierre de locales y comercios no se prolongó a este 25 de marzo. Información divulgada en grupos de WhatsApp por los consejos comunales notificaron a los vecinos que la medida se haría por día en distintas parroquias.

«El operativo que está haciendo las FAES, la PNB y los cuerpos de seguridad es solo por el día de hoy. Se confirma que es por parroquia y hoy le toca a Sucre, totalmente restringido el paso hacia Propatria y Catia. No nos alarmemos ni generemos confusiones. Quédense en casa», se lee en el comunicado.

Oficial o no, este 25 marzo el panorama fue distinto. Tiendas y locales en Catia estuvieron abiertos hasta el mediodía, igualmente custodiados por los cuerpos de seguridad que bloquearon varias entradas al Mercado principal para reducir la circulación de personas. Una medida contraproducente, pues la gente se abarrotó en la única puerta de acceso libre.

Al entrar al mercado mientras hacíamos la cola la guardia nos roció de pies a cabeza con agua que olía a cloro. Fue raro pero comprendo que hay que hacerlo para estar protegidos del virus«, contó Vereliz Prada, habitante de Las Lomas.

Superadas las restricciones de circulación, en farmacias, locales, abastos y tiendas, los vecinos de la comunidad hicieron sus compras como es habitual. Con largas colas, desorden, bullicio y enfrentamientos pero desinfectados de pies a cabeza. Un día cualquiera en Catia desde que se decretó la cuarentena, un hecho nunca antes visto en la historia de Venezuela.

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